Horas canónicas – Relato erótico

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Relatos eróticos

Horas canónicas

Mi buzón de correo siempre echaba humo cuando una misiva tuya lo llenaba. Así me lo imaginaba. Incendiado. Por el deseo ardiente contenido en cada una de tus palabras. Y el plástico del ordenador derritiéndose cada vez que nos masturbábamos online, el uno frente al otro, sin mediar palabra. Siempre me pedías por escrito que pusiera una almohada debajo de mi culo para que pudieras ver mejor mis dedos desentrañar un coño complejo y mojado. Así nos conocimos. Por internet. Y así decidimos alimentar esta relación. Como the good old school, me decías. De manera epistolar, usando lo mejor de las nuevas tecnologías. Y así estuve meses con la mano hundida en mi coño, las piernas temblando, débiles, contrayéndose en breves espasmos, los pómulos rojos y la boca seca. Leyéndote. Conectados en una oscuridad rota por la luz del ordenador, me pedías darme la vuelta y mis muslos me pesaban. Mi pelo se derramaba por el colchón y por mi cara sudada al cambiar de postura y al arquear exageradamente la espalda para que pudieras ver bien mi culo. Tu sombra parecía una aparición fantasmagórica. Ábrelo bien, decías. Quiero verlo palpitar para mí. Y yo obedecía. Imaginaba tu boca en mi cuello y luego tu aliento cerca de mi ano. Olías a Heineken y tres paquetes de tabaco. Oprimías con una mano mi nalga mientras jugabas con tu polla. Y susurrabas algo que sonaba a rezos vespertinos. Luego, te ponías a tatarear una canción con el mismo ritmo con el que te movías. Una misa cantada, quizá. El fervor y la obstinación eran los hilos que agitaban tus caderas. Intenté mirarte en más de una ocasión por el rabillo del ojo pero siempre me lo impedías aplastándome la cara contra la almohada. Para eso sirven las almohadas. Para matar a alguien en su sueño o ahogar gemidos. Me decías que chorreabas y apestabas a sexo. O a lo mejor era yo. A veces, me confundía el repique del Malware indicando que había caducado y que tenía que reiniciar el ordenador. Llevo ya años sin actualizarlo.

Mientras estrujaba las sábanas blancas y comía tejido, mi cabeza seguía el estribillo de tu canción contra el cabezal de la cama. Este ruido y el de las aguas de mi coño te volvían loco. Siempre aparecían en mis fantasías, por un momento, las gaviotas picoteando mi espalda. Pero eras tú, arañándome, marcándome como un poseso. Luego te bañas en el mar y te jodes si las heridas pican con la sal, me comentabas, serio. El mar está lejos y tú tan cerca, te respondía. Tan cerca. Eran las pocas palabras que conseguía pronunciar.

Me agarrabas el pequeño colgante en forma de cruz que tamborileaba entre mis tetas, lo arrancabas y me lo metías en la boca. Y me impedías escupirlo hasta que estuviera completamente empapado de saliva. Así que no podía gritar, sino emitir gruñidos como un animal perseguido por tus malditas manos. Y me agachabas aún más la cabeza, si cabe, para deslizarte mejor entre mis piernas, arropándome así con todo tu cuerpo. El olor a metal del colgante empezaba a desteñir en mi lengua. Era un sabor a guerra. Aquella que teníamos en esta cama, separados por una pantalla azulada y unas trincheras imaginarias. Un bamboleo extraño de dos cuerpos porque uno quería ser más carnívoro que el otro. Y yo, con la cruz en la boca, intentando no deglutir y destrozarme la tráquea.

Cuando estabas a punto de correrte, ponías una mano sobre mi frente para tirar de mi cabeza hacia atrás y mirarme fijamente a los ojos. Te notaba cada vez más grande e imponente desde ese ángulo. Luminoso, incluso. Era difícil sostener esta postura y se humedecían mis ojos. Odiabas eso. No es el momento de ponerte a llorar. Encierra las putas lágrimas en el armario, me soltabas. Y Aguantaba. Aguantaba parpadeando varias veces mientras me dabas la vuelta para follarme la boca hasta que no quedara una sola gota de tu leche.

Solo después, encendías otra lámpara de tu habitación para que pudieras enseñarme cuán irritado te habías dejado la polla. Me pedías que escupiera el colgante bañado de mis babas. Solo después de todo eso. Solo en ese preciso momento. Y tu polla volvía a hincharse.

Podíamos pasar horas y horas así. Toda la noche. Contigo era como visitar un país que desconocía, despertar en el hogar de un desconocido y sentirse en casa. Con el eco de los maitines. La liturgia de tus horas.

The good old days…