La infinitud de las sombras – Relato erótico

En El sueño de una noche de verano, Hermia y Lisandro se fugan tras haber planeado casarse fuera del alcance de la ley ateniense y, por ello, quedan en un bosque a las afueras de la ciudad. Escapan. Intentan escapar… del tiempo cronológico. Porque quizá ese tiempo es el que no les permite la intimidad. Otras personas eligen la fantasía para evadirse, apropiarse, olerse o tocarse, otras, otros lenguajes secretos como el lenguaje de las sombras.

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La infinitud de las sombras

El verano tiene muchos días tristes.

Y la noche tiene sus horas melancólicas. Pero hay un momento particular, aquel que aparece después del crepúsculo. Justo unos minutos después. La habitación sigue acuciada por este calor infernal y por la mala leche que noto que me invade poco a poco. Hasta que te veo.

Estás, como cada noche, justo enfrente de mi ventana. Por mucho que alargara la mano, no podría ni pellizcarte, sin embargo, hago todo para interpelarte. He encendido la luz de mi dormitorio, como de costumbre, para que puedas ser el espectador más aventajado de mis espasmos teatrales. Empiezo a mecerme delante de mi ventana, en un camisón blanco que, con la luz, se vuelve transparente para ti. Apostaría lo que fuera de que es así. Canturreo cada vez más fuerte y sostengo mis caderas para que el movimiento sea rítmico y disciplinado.

Tu boca se entreabre, tus ojos van de un lado a otro. Pestañeas. Me incitas a seguir. Mi cuerpo se mueve cada vez con más ímpetu. La violencia de mi respiración parece alcanzarte porque tu flequillo atrapa el aire y empieza a moverse de lado. Si solo pudiera agarrarte fuerte…

Empiezo a flotar, sigo agitándome. Tus ojos saltones ya se clavan en los míos y reconozco este temperamento burlón de los ángeles. En el fondo, eres inefablemente extraño si lo pienso bien. Este ritual del baile nocturno a cien metros de tu ventana despierta en ti una familiaridad que olvidamos cuando nos encontramos al día siguiente delante de nuestros respectivos portales. Un saludo tímido con la mano, a lo sumo. Luego, eres pura interrogación, misterio y rigidez.

Mi sombra se alarga por la luz de mi habitación y esta se refleja de una manera curiosa sobre tu torso desnudo. Tatuajes de mentira. Mientras, muevo mis largos brazos para hacer figuras chinas en tu desnudez, soy consciente que tu piel es un asunto privado, pero no pienso cortarme. Sí, te estoy atracando. Bajas la mirada y observas las sombras. Las intentas secuestrar pero los movimientos de mis brazos son más rápidos que tus manos.

Te levantas y enciendes una luz tenue. Desabrochas el pantalón corto que llevas y la sombra de tu polla llena por completo mi boca, que muevo por delante y por detrás. Babeo y trato de respirar mientras los bordes de mi vestido se pegan como las grandes alas de un cisne contra la humedad viscosa de mi coño. Levanto ligeramente la cabeza y busco tus ojos. Pero solo veo nuestras sombras engrandecerse contra las paredes toscas del edificio.

Puedo sentir lo amargo de tus cojones mientras la sombra de mi lengua los lame. El sabor espumoso de tu gotear contra el suelo. Su textura. Y tú, inclinado hacia atrás, empiezas, ahora, con un movimiento frenético de tu pelvis. Pareces que vas a despegar como un avión en una pista corta. Eres la viva imagen de la eternidad, el aventurero desviado, el espíritu que habita la ventana.

Te paras un instante y me haces señas con las manos para indicarme que me dé la vuelta y me remangue el vestido. Quieres ver mi culo sudado. Te puedo observar a través de mi espejo, apoyado contra la pared de mi cuarto. Abro y cierro las nalgas con la ayuda de mis manos. Abro y cierro tus recuerdos de otras veces. Inflo la dentellada del instante, la infinitud y el letargo de la atemporalidad.

Pero no te puedes resistir a los pliegues secretos de mi culo. Allí te pierdes con un gruñido. Allí te aíslas. Veo las venas de tu cuello hincharse. Una mueca en tu rostro como si te tragara la tierra. Como si tuvieras pánico a ser aspirado por otra dimensión. Sin ventanas, sin calor infernal, sin paredes toscas, sin claroscuros. Como si te murieras. O como si algo muerto recobrara vida.

Me doy la vuelta para desperezarme y mirarte. Desde mi ventana, veo tu mano derecha cerrarse de golpe, como para esconder un tesoro. Veo puntos de luz en las sombras de tu cara. Y una sonrisa. Te pones a sonreírme con ternura. Luego, te das la vuelta y al cabo de poco solo diviso tu reflejo.

¿Y si el tiempo propio fuera algo así? Una secuencia de sombras, fragmentos que pasan y vuelven a pasar en la mente de dos cuerpos que se aman en una noche de verano. Y se mueren. Hasta el día siguiente.