Lanza a tu brujo monedas (II) – Relato erótico

Esta es la segunda parte y desenlace del relato de Andrea Acosta inspirado en la Saga de Geralt de RiviaSaga del brujo del escritor polaco Andrey Sapkovsky y en los videojuegos y serie de Netflix, The Witcher.

Si no leíste la primera parte, puedes hacerlo aquí: Lanza a tu brujo monedas (I)

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Relatos eróticos

Lanza a tu brujo monedas (II)

Vaam gimió, sucumbiendo a las ganas de abandonarse al ávido asalto; dejó una mano en la piedra y condujo la otra a la cabeza de Kraven, siendo evidente, incluso para un obtuso, cómo el mechón cetrino del mutante refulgió bajo el tacto. En ciertos tramos de piel seca le brotaron escamas, consistentes y miméticas, afines al fondo del pozo. Prefiriendo la hostilidad a la debilidad, la rudeza en oposición a la delicadeza, Vaam admitió para sí, y solo para sí, que los besos desleales recibidos y culpables de su corrupción fracasaban estrepitosos en combate con todos los que el Azote de Cienfuegos no había recibido y, pese a ello, se desvivía brindándoselos a ella, alternándolos con la sinhueso. El descontrol en el caos crepitó a su alrededor, descolgó las gotas y les llovió encima.

—Sabes a grosellas —declaró Kraven, recreándose en el gusto acidulado y con un profuso trasfondo dulzón del sexo de Vaam.

Persistió propulsando la lengua de dentro a fuera del prieto recoveco, al ritmo que marcaba ella con la mano amarrada a su pelo que le dirigía la cabeza. Hambriento, recolectó los jugos embadurnándose el dedo índice y lo metió, rebañándolo como al fondo de un cuenco de gachas al tiempo que besaba, reiterado, la firmeza del clítoris. Para su asombro, descubrió que cuando presionaba la yema sobre la parte superior del sexo de Vaam, toda ella se encabritaba, jadeante. Táctico, el brujo mandó refuerzos, secundando al índice con el dedo medio.

El cabello húmedo de Vaam le hidrataba gran parte de la piel al desperdigarse por su desnudez, mas todo el resto se escamó. Lloriqueó, encorvándose, y el orgasmo jugueteó con sus entrañas espoleado por Kraven.

—Te reclamo para mí… —jadeó, prendida, demandando inconsciente un premio antaño prometido y atesorado por el pillo azar, enlazando su existencia con la del mutante.

Entornó los ojos, enfrascada en lo que sentía e ignorando que sus pupilas se dilataron de extremo a extremo, reptilianas. Los iris le rotaron como lo hacían los portales al abrirse a causa del hechizo invertido, fallando, resquebrajándose. Incontenible, gimió al alcanzar el clímax, y los orondos senos le rebotaron en el pecho con las costillas sufriendo por gestionar el espacio necesario para todo el aire que precisaban sus pulmones.

En honor a la justicia, estaban en paz en plena guerra.

Kraven no solo bebió el deseo de Vaam hecho licor, sino que este lo emborrachó, aderezado por la magia que delató en su mente destellos de huesos tarascados, dientes podridos, carne putrefacta y una ventura apostatada por miedo a un corazón de por sí despedazado.

—A grosellas con crema —afirmó; la jaló por las caderas y la condujo al agua. La aprehendió por los antebrazos, la aposentó a ahorcajadas sobre sí y se encajó de una sentada en su espasmódico sexo. Vaam le suponía un amanecer brillante, cálido y receloso en cuanto al deparar…—. Maldición —barboteó, ajeno a la verdad en la palabra y mareado por las contracciones en la ceñida vaina de esta. Remachó la palma en su nuca, le circundó el cuerpo con un brazo y estableció un primer embate.

Vaam tarareó, y no una sonata o una balada, tarareó el nombre de él desprendido de apodos o de descalificativos. El agua le lavó los vestigios reptilianos, mas le mantuvo la mirada ofidia. Montada en la verga acorde al tamaño de Kraven (benditas/condenadas fueran las hierbas), resolló, amoldando los tirantes tejidos a la revenada incursión.

—En realidad… —gimoteó sacudiéndose con la acometida y claudicando al primitivo pensamiento que sentenciaba que no había otro lugar, otro hogar para el brujo que no estuviese entre sus piernas—. No has deseado nada, porque ya posees lo único que jamás podrías haber llegado a tener.

La magia chisporroteó, encendiendo centellas violáceas en los arrabales termales del agua, chapoteando al compás de los cuerpos que se acoplaban atestiguados por la grávida luna acomodada en su cenit a través del ojo del pozo.

—Bienvenida sea mi sentencia —masculló Kraven, ya que Vaam era acusación, juez y verdugo. Trasladó la mano de la nuca de ella a un lado de su radiante semblante y contó con el pulgar todas y cada una de las veces que esta suspiraba su nombre. Derrapó el brazo, desligándolo de la femenina cadera, y acarició la redondez de las pomposas posaderas, arremetida tras arremetida—. Te doy mi penitencia —rezongó, inmolando la diestra en el encuentro de sus cuerpos, ahí, él afilado y ella suave. Paró de contar y, tramposo, la besó, restando una de las invocaciones para sumarle un gruñido que anunciaba la salida de la infértil simiente.

Vaam quiso que Kraven mantuviera el colgante para que el dolor de la plata al morderla de vez en cuando se encargará de que no olvidara qué era y el porqué de su actual naturaleza y, a la par, para que el brujo tampoco lo pasara por alto, aunque él no conociera el motivo del mismo. Si este proseguía percutiéndole en los adentros con tanta ferocidad, sería capaz de exorcizar la maldición que le carroñaba los huesos y le pudría los añicos palpitantes del músculo acorazado en su pecho.

—Kraven… —gimió, naufragando una mano en los definidos oblicuos del mutante, áridos en unas dunas sumergidas en las aguas, y encumbró el placer amordaza por el beso.

Del telliz en la delantera de Vaam emergió una luz que horadó la espesura del vaho que lamía la superficie termal. La magia chascó en el ambiente, sofocándolo tanto o más que las respiraciones de los amantes.

Kraven la sostuvo, morando en ella tan profundo que nunca distinguiría dónde comenzaba uno y terminaba el otro. Aquello que lo había arrollado, martilleándole los sesos como un yunque en especial a lo largo de los últimos meses, se calmó, se desparramó en su ser igual que un bálsamo, un efectivo ungüento. La sensación de paz y reposo que lo embargaba era exacta a la que había experimentado en su día cuando Vaam lo meció en sus brazos al rescatarlo. Una por la que había implorado berreando, desgañitado, antes de ser precipitado pozo abajo. El brujo abrió los ojos, que ignoraba haber tenido cerrados hasta entonces, y reconoció el motivo de la desazón que habitaba en su interior… Él había rogado ser rescatado, amparándose en una costumbre vieja como la humanidad y que se hizo efectiva al cumplirse su súplica: «El derecho o ley de la sorpresa dicta que si alguien le salva la vida a otro alguien y se acoge a este principio, tendrá derecho a una compensación que el salvado ha de entregar al salvador». Desplomó una mano en el agua y sus dedos volvieron a toparse con el afilado marfil.

—No has deseado nada, porque ya posees lo único que jamás podrías haber llegado a tener. —Hizo suyas las palabras propaladas por Vaam y que se resumían en amor, que alguien, quién fuera, lo que fuera, lo estimara, algo que se le había negado desde la cuna al haber sido concebido fruto de la deshonra, rubricada en el mechón cetrino en su cabeza, y, seguidamente, privado de otra cosa que no fuera el desprecio de los humanos al ser transformado en brujo.

—Fue una vana respuesta dada a un niño con el agua nadándole en los pulmones… —bisbiseó Vaam, vencida en uno de los fornidos hombros de Kraven, cuidando de no entrar en contacto con el medallón. En ocasiones, y con esfuerzo (salvo en esos instantes), todavía era capaz de reptar en las mentes, inclusive en las de los brujos, un rasgo propio de las vírgenes Hijas de Fidid, dotadas de psicoquinesis, precognición y clarividencia, dispares en muchos factores a las hechiceras, por ejemplo, de la mítica Aretusa—. Y acepté a cambio tu «Hasta lo que no puedo tener» —gimió, con él coleando los últimos caños lácteos que le anegaban las entretelas y se colaban, copiosos y combinados con sus fluidos, entre las juntas para diluirse en las aguas.

Kraven ladeó la cabeza, besó la sien de Vaam y comprendió que estaba ligado a ella por la Ley de la Sorpresa. El destino, caprichoso, truncó las palabras alterando juramentos, maldiciones y componiendo profecías, fábulas y baladas. Meciendo los labios en el tempo de esta, empuñó el colmillo en el fondo de la poza y, raudo, extrajo la mano, presta a atravesar el caparazón que custodiaba el maldecido corazón. Impeliéndose fuera de ella, la separó lo necesario para estoquearla, no obstante…

—¿Acaso crees que consentiré una sola felonía más, brujo? —chistó Vaam conteniendo la estocada con la palma de su mano que, atravesada por completo por el colmillo, rezumaba no monedas, sino oro líquido en lugar de sangre. Creyéndose de nuevo traicionada y, para más inri, con la esencia del muy vil colmándola, se izó, levitando por las aguas que subieron de temperatura… La piel se le despegó como si fueran pétalos de flores cimbreados por un viento nacido de la nada, y permutó en escamas. Los brazos se le unieron al cuerpo, así como las piernas, y dieron lugar a una larguísima cola zigzagueante—. ¿Ibas a justificar tu acción como un mal menor? —siseó en un crujir de cráneo al ensancharse los huesos, malograrse los cabellos e irrumpir en la mandíbula superior los desafiantes colmillos a juego con la lengua bífida.

—¡Joder! —bramó Kraven, desconcertado y desarmado del tubular puñal.

Al verla cambiar de dermis, cayó en el uso del hechizo invertido, un encantamiento tachado de extinto y que ella había conjurado para presentarse ante sí, transfiriendo la apariencia asidua de la maldición por la humanoide. Con el defecto de que tal hechizo requería mucha magia para perdurar en el tiempo, y exigía, por tanto, un seguro en las gotitas, en el agua que la tocaba, y  que perdía efectividad conforme Mava se secaba y la concentración se  fugaba al correrse. ¿Cómo no se había dado cuenta antes? La fábula en la taberna, el mutilado corazón, las características de serpiente… Su instinto para el negocio le había fallado; menudo brujo estaba hecho que no había reparado en que, con toda probabilidad, estaba ante un arma que Nilfgaard querría en su poder y a la que retorcería hasta subyugarla, sin contar con las cuantías económicas que otros ofrecerían por la cabeza de Mava. Al ir a decirle que el único mal habido era el que la corrompía, el de la maldición proferida por los verdaderos monstruos escondidos bajo los rostros humanos que en su día había asesinado, notó algo que le reptaba por la garganta hasta la boca y se detenía en el rojizo lecho de la lengua…

—Mava, no nos hagas esto —gruñó, escupiendo su moneda de bronce en el poso de la mano con la que había pretendido asestarla.

Mava; ella había tergiversado hasta su verdadero nombre, sin embargo, lo que de ninguna manera podía falsear era el compromiso decretado por la Ley de la Sorpresa, pues de no honrarse, la suerte iría en su contra. Y a todo esto, el problema subyacente era que el dolor le nublaba el raciocinio, malogrando caricias, besos, embates…

—¡He aquí tu destino, brujo! —siseó; abrió la tremenda boca y se abalanzó a por el mutante.

Kraven, escaldándose hasta las pelotas, se levantó de la poza albergando por unos instantes la vana esperanza de ser capaz de dialogar con ella, algo que le fue denegado cuando Mava se arrojó a por él. La moneda de bronce brincó por encima de ambos, irresoluta, ni cara ni cruz.  Contuvo la carga, agarrándola por los colmillos y, en consecuencia, los ribetes le cortaron la piel. Todos y cada uno de sus henchidos músculos sufrieron, agarrotándose, las plantas de los pies le patinaron y resbaló…

El Lobo y la Serpiente cayeron al agua en un estruendo gualdo y carmesí, retando a la ventura.