Lanza a tu brujo monedas (I) – Relato erótico

El relato que vas a leer está inspirado en la Saga de Geralt de Rivia o Saga del brujo del escritor polaco Andrey Sapkovsky y en los videojuegos y serie de Netflix, The Witcher.

Además, la acompañamos con una banda sonora muy especial para que puedas envolver este sensual relato en su propia música.

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Lanza a tu brujo monedas (I)

Reino combinado de Lyria y Rivia, Continente, durante el primer crepúsculo del Lobero.

«Escuchad pues, cuando acaezca el tiempo de la espada y el hacha, la época de la tormenta salvaje, el ardoroso y roto corazón aguardará a la muerte renacida en un lecho de escamas doradas y tubulares puñales. El campeón engendrado por la blasfemia rubricará vetustas promesas enmascaradas de sorpresas, firmadas con la sangre de los hombres».

Por el profundo agujero de un falso y sacro pozo horadado en roca viva, se colaba sinuoso el mortecino relente de la luna. Sus aguas telúricas, enriquecidas de monedas cargadas de deseos, fluían a lo largo de millas subterráneas cuyo origen se hallaba en las Montañas Azules.

Kraven, con los ojos eclipsados por los párpados, exhaló, sentado en la poza y elevado por un sitial de monedas que refulgían con una gualda refracción que jugaba con el vapor que nublaba la terma. Recostado en los bordes pedregosos tras de sí, izó la testa de cabellos brunos a excepción de un mechón cetrino. Por su mente nadaban los recuerdos de la muy tierna infancia que no habían sido corrompidos por la ponzoñosa Prueba de las Hierbas y que, sin embargo, sí le restaban borrosos. Se rememoraba llorando a pleno pulmón, ensordecido por los gritos de la turba que lo encomendaba a ser sacrificado, engullido por la monstruosa Serpiente a cambio de que esta cesara la epidemia de peste que amontonaba más y más cadáveres en las carretas. Sí, se recordaba invocando desesperado viejas leyes que había oído narrar de las bocas desdentadas y raídas por la vejez, y que, por supuesto, un mocoso de su edad no entendía. Jurando que sería bueno y que haría o entregaría…

—Hasta lo que no puedo tener —recitó Kraven las incongruentes palabras; la ronquera de su voz reverberó en el empedrado a su alrededor.

Su macizo cuerpo, mapeado de cicatrices, evidenciaba el dolor que sentía al recapitular y se tensaba con cada reminiscencia. En efecto, se recordaba sacudiéndose en un vano intento por zafarse de los brazos que traicionaban el significado de «maternos» y cayendo e impactando en el agua, la misma que ahora le arribaba a la mitad del torso asperjado de ensortijado vello y en el cual aullaba un lobo capturado en un medallón. Cuán agudo le había resultado el dolor entonces al manifestarse en la rojez de la sangre en nariz y boca, orificios por los que el líquido del pozo había entrado, pretendiendo anegarle los alvéolos, arrebatarle la vida y facilitarle la digestión al monstruo al que iba ofrendado. Atestiguado por el destino, y en contrapunto a unas extremidades frías e hirientes, sintió un abrazo amoroso que lo salvaba del ahogo y lo llevaba consigo junto al sonido melódico de una voz arrulladora y seseante, y unos ojos que lo desampararon al depositarlo a orillas del río, retirado de la torre del homenaje de Kaer Morhen.

Las aguas concibieron anillos en la superficie y la magia pirueteó en el ambiente, aguzada al igual que los filos de sendas espadas de plata y acero que dormitaban en las vainas, al lado del montón de sucias ropas y embarradas botas.

—Muéstrate… —conminó Kraven, alzando la cabeza, y abrió los ojos. Uno de ellos carecía de iris, solo era una renegrida pupila, mientras el contrario lucía el común centro y un iris verdoso, en dualidad con su cabellera. Aturdido por la extraña concentración mágica, el brujo carraspeó, sacó la zurda del agua e hizo brincar un gulden que Vesemir le había desembolsado en recompensa al liquidar a su primer gallotriz—. Muéstrate de una jodida vez —espetó. Desde que había iniciado La Senda, siempre se había sentido atraído por aquel lugar y por lo que lo ocupaba.

«¡Plop!», prorrumpió la moneda norteña antes de zozobrar.

Destellos áureos convergieron en un punto en concreto del agua y dieron paso a una multitud de gotitas que se suspendieron en el aire adelantando a una coronilla sembrada de largos cabellos rucios, seguidos por un rostro de rasgos hermosos, de acentuados pómulos, ojos cerrados y labios generosos. La figura prosiguió irguiéndose y reveló unos pechos injuriadores de hambrunas en contrapartida a la llanura árida del vientre. Aunque, si uno no se embelesaba con el arrobador aspecto de los senos coronados de erectos y sonrosados pezones, advertiría que, en el centro del pecho de esta, detrás y un poco a la izquierda del esternón, palpitaba una especie de telliz.

Continuó elevándose y con ella el cortinaje de gotas, ajenas a las cuentitas transparentes que le lamían la centelleante piel y el vello del pubis, de tono exacto al de la cabellera, y le arribaban a los torneados muslos. Se detuvo, suspendida sobre las aguas, salvo por las puntas de los dedos de los pies.

A fe de que el miedo no era cosa de los suyos (o eso se decía), Kraven permaneció inmóvil ante la aparición. Ahí no era capaz de ejecutar signos y eso debería suscitarle resquemor. De hecho, por no funcionar no lo hizo ni la poción que había ingerido, y por ello sus ojos no se habían tornado negros después de adentrarse en el pozo por medio de una escarpada entrada al otro lado de la ladera, dentelleada en la roca. Sabiéndose vulnerable, decidió abrazar el destino desnudo, y nunca mejor dicho. Guardó silencio y la contempló con la incertidumbre reflejándose en la marcada línea de su quijada, tiznada de barba de diez días.

—Lanza al brujo monedas —canturreó ella; su voz era seseante y rica, envolvente como el sopor del alcohol. De las palmas le brotaron aquellas de las que cantaba, monedas que regresaron al fondo en una incesante lluvia. Abrió los ojos para mirarlo y sus iris, más apaisados de lo usual, vibraban en una marea glauca—. Oh, valle opulento —tarareó, avanzando levitante, acompañada de la cortina de gotas y del run-run de sus pies que delineaban surcos en el agua—. Oh, oh, oh… —sonrió, frenándose cerca, muy cerca del que apodaban el Azote de Cienfuegos. El sobrenombre le venía por haber combatido en una antigua cripta de Temeria a unos ghuls (exagerados cien para el relator de la hazaña) con la espada de plata prendida en llamas. Lo curioso del asunto era que nadie sabía (ni el propio Kraven) cómo el filo se había encendido.

—Te equivocas de brujo—advirtió. Geralt de Rivia ostentaba tal fama que ensombrecía la existencia del resto, efímeros vástagos de la Escuela del Lobo. El deseo le hormigueó en el bajo vientre, se desperezó en la linde con su ombligo y se irguió entre la atlética largura de las piernas. Su desarrollado sentido olfativo detectó trazas perfumadas de una mujer… Y, convencido de que estaba delante la misma criatura del pasado, procuró concentrarse en resolver el enigma que ella entrañaba, ya que del surtido bestiario que infestaba el Continente no la encajaba en ninguna categoría. No era una maga, tampoco una sirena, ni una súcubo y, desde luego, no una kikimora, un encubierto djinn o una arpía. Quizá se tratase de…

—Vaam —le interrumpió los pensamientos formulando el nombre, que le danzó en la lengua y saltó de un diente a otro. Ella ladeó la testa observando al mutante repantigado. Sus aguas no habían logrado deshacerlo de toda la suciedad que lo manchaba, empecinada en proseguir en la piel de este. Bien, ella comprendía la roña. En el interior de los antebrazos del brujo podrían hacerse polvo los cascotes de las más altas torres de los castillos invernales; en su torso, enderezarse troncos combados por el furioso viento, y en su vientre, pulir pedruscos para obtener gemas y diamantes—. La canción es pegadiza —dijo con sorna.

—De mí no cantan hazañas. Las cuentan, pero no las cantan —puntualizó Kraven, hundiendo las manos en el calor. Disimuló en el instante en que los dedos de su mano derecha palparon algo distinto a las monedas que caían profusas de las manos de ella. Semejaba marfil; lo tocó, sintiendo el engrose de la raíz que se afinaba hasta el punzante final—. Vaam —repitió, picoteado por un escalofrío que le contaminaba la medula espinal y le endurecía la verga, tanto como para convertirla en un cayado que separaba las aguas. El nombre proferido le tañó en los oídos, sonándole a equivoco. Quizás porque lo confundió con la fábula de Mava, que había escuchado a medias en una taberna de Dravograd, desde la oscuridad aislada de un rincón y cerveza en mano, servida en una jarra desportillada. Esta exponía y adornaba la calamidad de una virgen —bueno, virgen hasta que había dejado de serlo— que había malogrado los poderes que la inocencia le otorgaba en canje de un amor que enseguida le fue apostatado, despedazándole el corazón…, y Kraven no sabía más.

—¿Y quieres que lo hagan? —preguntó ella. El odio por parte de los humanos hacia los brujos era vasto y conocido, y, pese a los pocos que quedaban tras el saqueo a Kaer Morhen, no se había diluido—. Dícese que tú y los tuyos sois mutantes privados de sentimientos e inmunes a cualquier clase de dolor —añadió—. Yo discrepo, Azote de Cienfuegos —asintió, recogiendo los dedos en las palmas, y el caudal de sus manos se secó cuando Kraven se izó de la poza tan raudo que a Vaam le supuso un parpadeo.

Era parco en palabras, mas no en actos. El brujo, zurdo, la aprehendió por el cuello, sin violencia y ni mucho menos de un modo que se esperara por parte de un mercenario cuya destreza en el mercado era distribuir la muerte.

—No —respondió; no quería que las cantaran. Comprobó que ella era templada y de piel tersa. Desfiló los dedos a la yugular, midiéndole el pulso, más rápido que el suyo, cuatro veces más lento que el de un humano. La vida solitaria, deambulando de pueblo en pueblo en un devenir de monstruos a cambio de dinero, lo relegaba a la esporádica compañía de un reducido número de rameras que demandaban un incremento económico por ejercer su oficio con él. Por eso, Kraven no estaba hecho a la terneza o  galantería. La verga le cimbreó, engruesada desde el nacimiento y galopando sobre los colmados testículos, exigiéndole consuelo. Enarboló la otra mano y,  dubitativo, terminó posándola en el semblante de Vaam, para seguir el arco de sus labios.

—¿Y qué es lo que sí quieres? —interpeló ella, discerniendo a la perfección las notas olfativas que componían el aroma que el brujo desprendía: acero, barro, piel mojada por la niebla y secada tardía al aletargado sol; a caballo alimentado de patas jóvenes y a salvo fuera del laberintico emplazamiento, a sangre propia y de otros tantos, a vino rancio y a la salinidad de la transpiración y excitación, y, sobre todo, a destino y a óbito. Vaam unió su vientre al de él convirtiéndolos en dos cines que se cortejaban al son del baile de sus respiraciones y les rodeaban los ombligos. Ahuecó una ínfima parte de la gran mano de él bajo la suya, que se mecía en su cara, y friccionó la nariz contra ella.

—Ambos sabemos que no concedes deseos —arguyó Kraven; era lo único de lo que estaba convencido. Paladeando una debilidad de espíritu que le arañaba más allá del pubis, entornó los ojos. Recorrió el cuello de Vaam hacia abajo y descendió por la delicada complexión del esternón y por encima de la retumbante coraza hasta colgarse del rico flanco del seno—. Es inútil… —farfulló, con su erección queriendo anidar en ella, hibernando en su ardentía y corriéndose para desencadenar la primavera—… desear nada. —La fricción de la nariz en la suya lo animó a encaramarse a la boca de ella; aspiró su aliento y la besó.

Vaam jadeó cuando la boca de Kraven cayó sobre la suya, devorándole la sonrisa. Su suspendido cuerpo cedió al de él y estalló en un rocío que salpicó las aguas bajo sí. Conmovida por la tentativa de ternura por parte de él, le rozó los desgastados nudillos de la mano que este tenía en su pecho y, con la hermana, le acarició la mandíbula para que suavizara el empuje de los labios. Gimió, con las contracciones batanándole el sexo, incursoras del flujo que afloraría de los tiernos pliegues. Asaltada por la masculina lengua, hincó los pechos en el torso de él y sus tiesos pezones, los muy ilusos, quisieron roer los pectorales de Kraven, y lo que consiguieron fue ser cosquilleados por las caracolas vellosas. Las sombras de sus pestañas se alargaron al cerrar los ojos, acunándose en la boca del Azote de Cienfuegos.

El destino los había anudado tiempo ha, los cuervos lo habían graznado aleteando en los vientos de la guerra, cayendo como cenizas y apilándose cual nieve, llorado en la sangre de los reyes derrocados, yaciendo inertes a los pies de los fríos tronos. Oh, la historia, la balada de su destrucción iniciada por un beso, por un dulce beso…

«¡Necio!», le bramó desgañitada la cordura, y Kraven la desoyó. Extendió la mano en el seno de Vaam y lo apretó, estimulando el pezón. Incontenible, pujó las caderas y timbró la piel de ella con la presimiente. Sumido en su beso cada vez más vehemente, emitió un gruñido, que no un gemido, y no por no sentir placer, sino por la intensidad del mismo. Él acostumbraba a ser el cazador, y ahora era consciente de que era presa.

El plateado medallón en el nervudo cuello del mutante hizo contacto con la piel de Vaam, que comenzó a quemarse como si se hallase bajo un hierro al rojo.

—El dolor del corazón es un claro indicador de la vida… —susurró echándose lo bastante hacia atrás para que el colgante no la lastimara. La piel se le regeneró afín a la de un reptil que mudaba de vestiduras—. Pero de eso, bien sabes tú, Azote de Cienfuegos —dijo, sujetándose a él por un antebrazo mientras sumergía la diestra en las profundidades abisales entre sus vientres y le sobrevolaba la boca, reclamándole un nuevo beso. Buceó unas pulgadas, solo eso, y tomó en la palma la pesadez revenada de la verga.

Kraven rezongó al romperse el beso, abrió los ojos e inclinó la testa al testimoniar la regeneración de la piel; sin duda alguna, aquello significaba que Vaam era un… «Monstruo», martilleó cínica la conciencia, y él jadeó, rehén en las manos de Vaam, que lo acariciaban, masturbándolo. Rechinó los dientes, inestable de pie en el lecho de monedas, cuando el verdadero tesoro no era el que antaño había surgido de las palmas de ella, sino el que le proporcionaba una mano al trabajar en su erección y la otra al masajearle la envoltura testicular. Frunció el ceño, constreñido por el agarrotamiento que le carcomía las rótulas y le trepaba piernas arriba, embravecido. Masculló algo inteligible y se aferró a su pecho, anclando la diestra en la arista de la cadera de Mava. La infecunda semilla brincó fuera de su uretra y cabrioló en torno a los imparables y delgados dedos hasta ahogarse en el pozo.

Vaam le apuró el clímax, cosechando los copiosos y blanquecinos caños. Kraven, en su grandeza, casi parecía débil conforme se desleía bajo su toque.

—Vaya… —murmuró; extrajo los postreros copos y lo probó al liberarle la verga, todavía dura—. ¿La resistencia de los mutantes es un mito, al igual que la existencia de mujeres lobo? —se fanfarroneó de las habilidades sobrehumanas de este y no de las inexistentes hembras licántropas.

El Brujo resolló al mirarla a través de una tempestad desatada en sus dispares cristalinos. Comparable al sonido de una espada tajando el aire fue el silbido de sus brazos al estrecharla, girarla y asentarla semitumbada en la piedra, próxima al montón de ropas. La mofa de Vaam no había hecho más que enardecerlo, y por mucha agua que ella tuviera, no sería suficiente para apagar su fuego. Se reclinó sobre ella, se cató en sus labios y, haciéndose sitio entre sus piernas,  inició un camino de besos de mentón a cuello, pasando por el áureo caparazón y directo a los pechos. Lengüeteó uno, le mordisqueó el pezón y lo succionó. Evitando males mayores, hizo lo convenido con el otro.

Las fieles gotitas la siguieron a la roca en la que se acomodó, apoyándose en los codos, con un pie hundido en el agua y el otro bifurcando con la pantorrilla la cadera del brujo. Vaam gimió, y las vacilaciones se enredaron en las finas hebras de su pelo. Retembló, gozosa; los besos de él creaban constelaciones en su piel erizada, marcándola como la estela de la cola de un cometa. De tanto en tanto, con Kraven en los confines de su cóncavo vientre, la tocaba el medallón que le pendía del cuello, compeliéndola a sustituir un lienzo por otro. El lobo que aullaba en la argentada pieza era ridiculizado por las grandes fauces abiertas del mutante al abordarle el triángulo velloso predecesor de los redondeados muslos.

Kraven cernió los brazos por debajo de las piernas de Vaam, la inmovilizó con los tobillos aupados en los hombros y se arrodilló. La olió, rugiéndole el hambre en el estómago, y todo y así, pensó en que los gualdos tirabuzones del pubis de ella podrían hilvanarse en una rueca con el fin de producir filamento que muchos confundirían con hilo de oro.

—Veamos qué tal la tuya —se pronunció, en alusión a la «resistencia», segundos previos a soterrar la cabeza a la sombra de los femeninos muslos. Besó el perlado clítoris y, desempeñando su sinhueso la función de abrecartas, separó una doblez de otra, acariciando con la lengua la angosta apertura.

Ya puedes leer la segunda parte aquí: Lanza a tu brujo monedas (II) – Relato erótico