La última clase de yoga (Parte 3): Namasté – Relato erótico lésbico

Ya puedes disfrutar el desenlace de esta intensa historia erótica.

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La última clase de yoga (Parte 3): Namasté

Las tornas cambiaron con una naturalidad inesperada. Después de lo que acababa de pasar y, sobre todo por su rol de profesora, pensaba que le gustaría llevar la voz cantante en todo momento. Me di cuenta de que no era así cuando, una vez me hubo liberado de las cuerdas, me tomó de las caderas y me hizo girar con ella hasta que quedó contra las espalderas. Mi sorpresa fue mayúscula, pero el morbo me hizo adaptarme enseguida al nuevo escenario.

No me resultó nada complicado rodear su cuerpo y subir por su espalda tonificada. Prácticamente podía notar todos los músculos que se encontraban en aquella zona con solo pasar los dedos y quise comprobar si ocurriría lo mismo si bajaba un poco más. Sus nalgas eran igual de firmes y me bastó masajearlas unos segundos para que levantara los pies del suelo y rodeara mi cuerpo con las piernas. Al sujetarse con los brazos en las barras de madera apenas notaba su peso. La posición me permitió tocar su trasero con mucha más libertad de que la que disponía antes al mismo tiempo que nuestras bocas volvían a encontrarse.

Aquellos besos no tenían nada que ver con los de antes. En mi caso, no solo habían pasado unos minutos, sino también un par de orgasmos que en lugar de calmar mi excitación solo la habían hecho crecer. Sentía sus pezones erectos rozándose contra mi piel y, cuando la tentación se hizo irresistible, me alejé unos centímetros para poder dedicarme a ellos. Ella reptó por mi cuerpo un poco más hasta que la altura fue adecuada para ambas. Mecí sus pechos antes de mordisquearlos por turnos.

En la misma estancia donde solo se oía la voz de la profesora con su clásico «observa tu respiración» ahora no había más que gemidos y suspiros. Parecía que yo no era la única que no tenía del todo controlado el pranayama a juzgar por la forma en la que hiperventilaba cuando succionaba uno de sus pezones. No quise meter cizaña y me limité a besar el espacio entre sus pechos una última vez al tiempo que acariciaba sus piernas a mi alrededor.

Con movimientos suaves le pedí que bajara hasta que tocó el suelo con ambos pies. Aun así, no era aquella la posición que tenía en mente. Ella había aprovechado mi obediencia como alumna, yo pensaba aprovechar su flexibilidad. Anduve unos pasos y cogí una esterilla, que estiré en el suelo frente a ella. Me observaba atónita, sorprendida con toda seguridad por mi despliegue de iniciativa y creatividad. Me lo tomé como una pequeña ventaja y, con aquella actitud de poder que sentía de pronto, la cogí de la mano y le indiqué que se tumbara.

Aproveché para acercarme a la cesta de los cinturones de tela para coger uno y luego se lo tendí. Me agaché y me deshice de sus bragas, lanzándolas a una esquina de la sala. Separé sus piernas con seguridad y descubrí su sexo húmedo, perfectamente depilado. Vencí la tentación de acariciarlo con los dedos, porque no era eso lo que tenía planeado.

Dediqué unos segundos a recordar cómo era aquella postura de yoga restaurativo que hacíamos en algunas ocasiones. Una vez nítida en mi mente, coloqué el cinturón y lo pasé alrededor de su cintura, hasta que quedó enredado en sus pies. De aquel modo quedaba inmóvil desde las caderas hasta los pies, con las piernas abiertas para que yo tuviera vía libre.

Por fin pude alargar el brazo y acariciar su intimidad mojada. Esparcí la humedad por toda la zona, con los ojos fijos en cómo mis dedos se perdían entre sus pliegues, hasta que me detuve sobre su clítoris. Hice movimientos circulares a su alrededor, sin querer tocarlo del todo todavía. Cuando olvidé si la tortura era para ella o para mí me di cuenta de que era el momento. Llevé uno de mis dedos a su entrada a punto para embestir con muy poco cuidado, pero antes de poder hacerlo la mano de la profesora rodeó mi muñeca para detenerme. La miré a los ojos pensando que habría hecho algo mal, pero tan solo negó y dijo:

—Me gusta más fuera.

A pesar de que tendría que improvisar, suspiré aliviada. Me quedé en la misma zona que acariciaba antes y jugué atrapando su clítoris entre dos de mis dedos para tentarla. A juzgar por la forma en que movía las caderas contra mí iba por buen camino. Dediqué algo más de tiempo hasta que me abandoné a sus gemidos y comencé a tocarla con más precisión y firmeza. Utilicé mi mano libre para pellizcar sus pezones y juguetear con ellos. Enseguida se retorció, clavó las uñas en mi brazo y se dejó llevar por el placer.

Ver cómo sus músculos se tensaban fue una experiencia única. Cada uno de ellos se marcaba bajo su piel como si de la escultura más realista se tratara, con aquella fuerza. Acumuló la tensión en toda su anatomía, casi podía tocarla, y luego la dejó ir. Detuve la caricias en su centro porque sabía, por experiencia propia, que seguir estimulando tras el orgasmo podía resultar molesto. Desplacé mis dedos hasta la cara interna de sus muslos y arrastré las yemas.

Deshice el cierre del cinturón con la otra mano mientras la profesora se recuperaba. Al cabo de unos segundos su mirada se clavaba en mí y me sonreía de aquella manera que podría haber deshecho un iceberg. Cero arrepentimiento por su parte, y todavía menos por la mía.

Nos levantamos en el silencio más absoluto, incluso nos ayudamos a vestirnos. Guardamos la colchoneta y el cinturón y, cada una con su bolso colgado del hombro, volvimos a besarnos. La despedida fue algo más larga de lo que me hubiera imaginado antes de empezar la clase de aquella tarde, pero no importaba. Su boca todavía tenía mi sabor y me recreé con la sensación mientras me daba un último beso corto en los labios y se despedía con un:

—Nos vemos en septiembre —dijo, justo antes de unir las manos frente al pecho e inclinar levemente la cabeza—. Namasté.

Namasté.

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Sobre Thais Duthie

Escritora hecha a sí misma, amante de la noche y los lugares desconocidos, ha hecho de su versátil pluma una herramienta para conquistar nuestros corazones.

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