These Boots Are Made for Walkin’ (I) – Relato lésbico

Si dijera que me arrepentía de haber dejado el pueblo en el que me había criado para mudarme a la Ciudad Condal estaría mintiendo. Mi familia se las apañaba sin mí, y mis aspiraciones iban más allá de un campo de cultivo y el pequeño negocio de mi madre. Aun así, que ella hubiera intentado enseñarme tantas veces cómo se hacían los zapatos de manera artesanal me había abierto las puertas al trabajo más emocionante que he tenido en mi vida.

Cada mañana pedía un café para llevar en el Starbucks que había enfrente, luego entraba en el edificio majestuoso en el que trabajaba entonces. La historia de aquella galería se remontaba casi dos siglos atrás y, prácticamente desde el principio, había sido un lugar de referencia para la moda y el lujo.

A las 11 del primer día laborable de enero yo ya me encontraba en la sección de calzado, en el piso superior. Sonrisa puesta, uniforme impecable. Miré a mi alrededor para asegurarme de que el espacio estaría al gusto de las clientas. El edificio estaba repleto de salas y antesalas, lo cual garantizaba intimidad y una separación de espacios que agradecía. La mayor parte del día me encontraba sola en aquella estancia grande y luminosa, con ese sofá enorme de estilo art-déco que había en el centro.

Quedaban unos minutos para mi descanso cuando vi entrar a la primera clienta del día. Vestía un traje sastre de color negro y no debía de tener más de treinta. Conocía perfectamente a ese tipo de mujeres: buscaban zapatos de tacón, más cómodos y bajos que los que ya tenían, pero igual de imponentes. Misión imposible la mayoría de las veces.

No obstante, tras echar un vistazo rápido a la sala, la rubia se dirigió a los estantes donde se encontraban las botas. Arqueé una ceja por la sorpresa mientras la observaba. El traje era entallado, se aferraba a su cuerpo como un guante. Me pregunté si se lo habrían hecho a medida en el atelier de sastrería de la planta baja. Solían trabajar con hombres, pero en alguna ocasión había coincidido con los oficiales y me habían contado que, de vez en cuando, tenían encargos para trajes de mujer. Los pantalones dejaban sus tobillos al aire; su piel parecía tan suave que dejé de respirar un par de segundos.

—Buenos días, ¿puedo ayudarla? —dije en mi tono más amable para obligarme a salir de aquella fantasía. En algún compartimento de mi mente mi imaginación seguía haciendo de las suyas.

—Quiero estas —Señalaba unas botas negras altas sin mirarme. Su voz era grave y podía detectar restos de otro idioma. Debía de ser una de esas ejecutivas que se pasaba el día hablando en inglés.

—¿Cuál es su número?

—Treinta y ocho —Al fin, sus ojos conectaron con los míos. Me perdí en el color de sus iris, parecidos al de la miel que producían las abejas en el pueblo—. Me han ascendido y mis amigas van a preparar una fiesta para celebrarlo. ¿Son una buena elección?

—Estas mismas son la treinta y ocho —susurré, refiriéndome a las botas—. Son las Hynde Cuissard de Gianvito Rossi. Hechas en Italia, piel de ante, tacón ancho de ocho centímetros y medio y suela de cuero. Es una opción que transmite elegancia y le asegura confort para su fiesta, señora.

Un gesto de picardía permaneció en mis labios, aunque hubiera terminado de hablar. Lo supe por cómo su rostro cambió de expresión, primero a una divertida que más tarde se transformó en una capa de frialdad.

—Señorita.

—Señorita —Bajé la cabeza ante su mirada imponente y su tono cortante.

—Perdona. Son demasiados cambios en poco tiempo, me tienen irascible —se explicó, incluso sonaba arrepentida—. Me llamo Nora.

—Yo soy Adela —Sonreí—. Haré todo lo posible por hacerla sentir mejor. Puede sentarse y probarse las botas para ver si le queda bien este número. También las tenemos en las tallas treinta y siete y medio y treinta y ocho y medio.

—Gracias, Adela.

Me quedé de pie frente a ella, presenciando la forma en que se quitaba los zapatos de salón del mismo color que su traje. Lo hizo con destreza, seguro que repetía aquella acción a diario. Tomó una de las botas por la caña y me buscó un tanto confundida.

—¿Cómo se ponen?

Al fin. Al fin tendría una excusa para estar más cerca de ella. Me arrodillé con toda la elegancia de la que fui capaz y cogí la bota que sostenía. El roce de nuestras manos fue eléctrico. Preparé la apertura de la caña, luego la coloqué en la punta de su pie y la fui deslizando hacia arriba. Su piel era tan suave como había imaginado, y tuve que contener un suspiro cuando mis dedos descansaron en su muslo una vez la bota estuvo en su lugar. La piel de ante se aferraba a su pierna como aquellas botas solo se hubieran diseñado para ella. Repetí la acción con la del pie izquierdo, esta vez con contacto visual. Me demoré más en ponerlas del todo, y Nora no pareció tener prisa. En lugar de la incomodidad propia de lo que éramos, dos desconocidas, sentí como si algo más estuviera ocurriendo entre ambas.

Deseché ese pensamiento, como tantos otros que habían cruzado mi mente en situaciones similares. Mi excepcional imaginación había sido un don cuando era una niña, pero de un tiempo a esa parte me hacía crear miles de escenarios posibles al gusto de mi deseo. Seguro que aquella mujer tenía asuntos más importantes que atender que yo, seguro que incluso tenía amantes que la esperaban con ansia para complacerla. Yo solo era la dependienta de aquella galería de lujo, como máximo su persona de confianza en la sección de calzado. De lunes a viernes, de 11 a 20. Fuera de ahí, no existía la magia.

—¿Cómo las siente? —dije en un hilo de voz.

—Parece que es mi talla, sí.

Me incorporé tratando de respirar. Ella miraba su reflejo en un espejo que había frente al sofá y giraba las piernas para verse desde todos los ángulos.

—Puede caminar un poco por la sala para probarlas mientras le traigo algo de beber. Vengo enseguida.

La miré una última vez allí sentada antes de abrir una de las puertas que había al fondo, que llevaba a una pequeña sala donde había un refrigerador para las bebidas de las clientas. Suertudas. Solo cuando abrí la puerta para sacar el champán me di cuenta de que Nora estaba detrás de mí, pues el suelo de moqueta que cubría toda la galería diluía la mayoría de los ruidos, como los de sus pasos al seguirme. Fue una sensación extraña, pero algo muy cálido se me esparció por dentro.

—¿Todo lo posible? —dijo la mujer, y detecté en sus ojos un componente que no había visto hasta ahora. Vulnerabilidad, timidez o… deseo.

—¿Disculpe?

—Has dicho que harías todo lo posible por hacerme sentir mejor. —Cada palabra que salía de su boca había sido liberada de forma precisa, como si temiera mi reacción.

Como si yo fuera a huir de allí, como si quisiera hacerlo.

—Así es, señorita.

—Hay algo en lo que podría ayudarme.

Ya puedes leer la segunda parte aquí: These Boots Are Made for Walkin’ (II) – Relato lésbico

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Sobre Thais Duthie

Escritora hecha a sí misma, amante de la noche y los lugares desconocidos, ha hecho de su versátil pluma una herramienta para conquistar nuestros corazones.

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