Veinte metros de eslora (II) – Relato lésbico

Ya puedes leer el desenlace de este affair veraniego en un yate.

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Relatos lésbicos

Veinte metros de eslora (II)

A través de la elegante caja, vi un juguete de color rosa. Solo cuando las manos ansiosas de Isa lo sacaron del estuche, reparé en su forma, una especie de pinza con un extremo más grueso. Una descarga viajó por todo mi cuerpo. Los ojos azules de Isa, en cuya profundidad no había caído hasta el momento, me miraron pidiéndome permiso.

—Pónmelo, vamos —susurré antes de que mis labios fueran directos a los suyos.

En su boca degusté el deseo, el ansia. Me pregunté cuánto tiempo hacía que me veía así, más allá del uniforme y de mi presencia casi invisible en las galerías.

—Tienes que tumbarte.

Sus manos tomaron mis caderas y me acompañaron para que me colocara a su lado. La forma en que me tocaba, presionando los botones apropiados para que mi anatomía siguiera sus órdenes, me hizo humedecerme más. Me sentía en sus manos.

Una vez mi espalda estuvo contra el cuero del sofá, Isa no se anduvo con rodeos. Aprovechó la elasticidad de mi vestido para dejarlo recogido en mi cintura y dejarme prácticamente desnuda. Mis pezones se erizaron con la brisa que acariciaba mi piel. Apenas me había tocado, pero ya sentía cómo el orgasmo comenzaba a construirse en mi interior.

«Va a volverme loca».

La rubia estableció contacto visual de nuevo. Sus manos se movían erráticas en la cara interna de mis muslos al tiempo que separaban más y más mis piernas. Gemí ante la perspectiva de que fuera ella quien introdujera el juguete en mi vagina. ¿Cómo de excitante sería aquello? Me removí bajo sus caricias, las de sus dedos inquietos, que no tardaron en encontrar la tela de mi ropa interior. El pequeño tejido del tanga debía de estar empapado, y lo confirmé cuando Isa murmuró algo ininteligible mientras me tocaba por encima.

—¿Eres consciente de lo lista que estás para mí, Adela?

Su rostro estaba atravesado por un rayo de sol. Le daba una apariencia divina. Mientras me sacudía y le decía que sí, ella tomó los bordes del caftán y se lo quitó por encima de la cabeza. No llevaba nada debajo, ni siquiera un biquini poco discreto. El bronceado hacía que su piel brillara, o tal vez hubiera usado algún cosmético para lograr esos destellos. Fuera como fuese, al alargar mi mano la sentí suave. Aterciopelada. Ella cerró los ojos hasta que terminé de pasear mis dedos por su abdomen.

—Muy muy lista…

Tras lo que pareció un momento de debilidad, Isa tomó mi tanga, arañando mis caderas en el proceso, y lo deslizó por mis piernas. Volvió a separarlas y observó. Se relamía los labios, su pecho subía y bajaba, el índice se le escapaba hacia mi entrepierna. Delineó un camino sinuoso en mi sexo antes de esparcir mi humedad por toda la zona.

Verla fuera de mi hábitat natural, mi puesto de trabajo, resultaba extraordinario. Por lo que había visto de ella nunca habría dicho que le gustaba mandar en el sexo, ni siquiera tomar la iniciativa. Y ahora su ansia por tomar las riendas lo estaba empapando todo.

Tomó el juguete, que había quedado olvidado a mi lado, y lo abrió un poco. Se llevó el extremo más estrecho a la boca, lamiéndolo con ímpetu. Sus labios se apretaban sobre el vibrador y deseé que en lugar de un pedazo de silicona fuera mi clítoris. Al poco lo liberó, tomó una bocanada de aire y se mordió el labio. Su mirada volvió a mis pliegues y, con sumo cuidado, los separó, dejando mi entrada lo más accesible posible. Colocó la punta en mi entrada y la fue introduciendo con una lentitud desesperante.

Prácticamente no notaba el juguete hasta que colocó el extremo más grueso sobre mi clítoris y lo puso en marcha. Una suave vibración hizo que me arqueara completamente.

—¡Joder!

Primero me mandó callar con un «shhh» distraído, luego se colocó sobre mí. Lo hizo de tal manera que su intimidad quedó contra la mía, y pude sentir en mis labios lo mojada que estaba ella también. Sus dedos se colaron entre ambos cuerpos y separó sus pliegues para que el juguete la estimulara a ella también. Luego aumentó la velocidad del motor.

Gimió contra mis labios y noté como si ambas vibráramos. El peso de su anatomía, en lugar de hacerme sentir prisionera, me relegaba a una posición donde yo ya no tenía el control. Se lo había cedido, sin palabras. Me había entregado. Por ello acepté sin réplicas cuando entrelazó los dedos con los míos y llevó mis manos sobre mi cabeza. Tan solo cuando me tuvo inmóvil y en silencio —apenas se oían las olas del mar contra la quilla del yate—, sus caderas comenzaron a moverse. Primero fueron embestidas precisas acompañadas de las caricias de sus labios en mi cuello, pero en cuanto sus dientes mordisquearon el pedazo de piel sobre mi pulso acelerado se tornaron desesperadas.

Me pregunté si con aquella misma pasión, elegancia y maestría surfeaba en las playas de Zarauz de las que me había hablado alguna vez. Si sus pechos pequeños se rozaban contra la tabla de bodyboard como ahora lo hacían contra los míos. Si sus manos sostenían con esa firmeza la pala de paddle surf del modo en que lo hacían con las mías.

Una bandada de gaviotas cruzó el cielo con sus graznidos justo en el preciso momento en el que todos mis sentidos se rindieron al placer. Sostener su mirada se había vuelto misión imposible por mucho que quisiera ver sus ojos tan cerca del límite. Los gruñidos que Isa liberaba se amortiguaban en cualquier pedazo de mi piel que quedaba cerca de su boca: mentón, barbilla, mejillas.

—¿Me quieres dentro? —dijo entre dientes cerca de mi oído, y luego lamió el camino que la llevaba de vuelta a mis labios.

—Por favor.

Liberó una de mis manos solo para recuperar la suya. Creando huecos imposibles, la deslizó entre mis piernas y sumergió dos de sus dedos dentro. Junto al juguete me sentía llena, tan estimulada y excitada que el clímax llegó como una tormenta inesperada. Por muy preparada que me sintiera, arrasó con todo y luego me precipitó al arcoíris más bonito que me había atravesado en mucho tiempo.

Todavía con lo que quedaba del orgasmo en mi cuerpo, repliqué sus movimientos con mucha más torpeza y sin rodeos. Gimió hondo cuando me abrí paso, la sentí estrecha. Su interior abrazaba mis dedos, y al poco sus músculos se contrajeron más a mi alrededor. Jadeó, clavó los dientes en mi hombro y se dejó llevar. Sus caderas se movían con un destino claro: la liberación.

Llegó unos segundos después y me pareció que podía sentirla también en mis terminaciones nerviosas. Se apartó rápido del juguete por el exceso de sensibilidad, y su sexo quedó contra mi muslo. Dejé que se quedara sobre mí mientras nuestras respiraciones volvían a su estado natural.

Cuando pensaba que todo había terminado y la tormenta amainaba, retiró el juguete sin miramientos para llevarlo a su boca. Degustó los restos de mi orgasmo, yo sentí cómo todo volvía a arder.

—Me encanta tu inocencia —susurró incorporándose, y luego añadió—: que pienses que hemos terminado cuando solo acabamos de empezar.