Mujer relajada con los ojos cerrados durante un momento íntimo en la perimenopausia

Sexo y perimenopausia: comprender el deseo, el cuerpo y la excitación

La perimenopausia no irrumpe de forma clara ni se deja fechar con precisión. Llega como llegan muchos cambios importantes: de manera progresiva, casi imperceptible al principio, hasta que un día algo ya no funciona exactamente igual y aparece la pregunta.

Suele situarse, de forma orientativa, entre los 40 y los 50 años, en los años previos a la menopausia. Pero más allá de la cronología, lo relevante es entender que no se trata de un momento puntual, sino de un proceso de reorganización. El cuerpo entra en otra lógica.

Desde la sexología, entendemos que no se trata de «una pérdida», sino simplemente de una transformación. El cuerpo no deja de ser sexual; cambia la forma en que responde, en que se activa, en que se deja afectar por el deseo.

Comprender esto no elimina las dudas, pero sí evita interpretaciones innecesariamente alarmistas. Porque muchas de las preguntas que aparecen en esta etapa no tienen que ver con que algo vaya mal, sino con que algo ya no funciona como antes.

El deseo: cuando deja de ser automático y espontáneo

Uno de los primeros cambios que suele percibirse tiene que ver con el deseo sexual. No tanto su desaparición —que no es lo habitual—, sino su forma de aparecer.

Durante la perimenopausia, el sistema hormonal entra en una dinámica irregular. Los estrógenos y la progesterona fluctúan, mientras que la testosterona desciende de forma más gradual. Este reajuste modifica la manera en que se activa el deseo. Muchas mujeres en consulta lo describen con claridad: «ya no me viene solo».

Y ahí está la clave. Durante años hemos asociado el deseo a la espontaneidad, a ese impulso que surge sin previo aviso y que, de algún modo, valida la experiencia. Sin embargo, en esta etapa el deseo se vuelve menos espontáneo y más reactivo. Necesita contexto, estímulo, y cierta disposición. No irrumpe: se construye.

Este cambio, que a menudo se interpreta como una «pérdida», puede entenderse de otra forma. El deseo no desaparece, sino que se vuelve más sensible a las condiciones que lo rodean. Aparece cuando hay espacio, cuando hay atención, cuando el cuerpo y la mente están disponibles. Y eso implica algo importante: deja de ser únicamente algo que sucede para convertirse también en algo que puede favorecerse.

Un cuerpo que pide otro ritmo en la perimenopausia

Y si el deseo cambia de lógica, la excitación cambia de ritmo.

La disminución de estrógenos afecta a los tejidos vaginales y vulvares, responsables de la lubricación, la elasticidad y la respuesta vascular. Esto puede traducirse en menos lubricación espontánea, mayor tiempo necesario para excitarse o sensaciones distintas. Aquí es donde muchas interpretaciones resultan injustas con el propio cuerpo. Porque tendemos a leer estos cambios como un fallo, cuando en realidad son un simple ajuste. El cuerpo no nos está fallando. No. Está pidiendo otro ritmo.

Más tiempo no significa peor respuesta. Significa una respuesta que necesita desplegarse de otra manera: más progresiva, más acompañada, menos automática. Esto invita —casi obliga— a salir de la inercia y prestar más atención a la experiencia.

En este contexto, el uso de lubricantes o hidratantes no es un recurso de emergencia, sino una herramienta. Forma parte de una sexualidad que se adapta, no de una sexualidad que se deteriora. A ver si entendemos eso de una vez.

La irregularidad del deseo en la perimenopausia

Otro elemento frecuente es la variabilidad. Ese «hay días que sí y días que no» que tantas veces aparece en consulta. Lejos de ser caprichosa, esta irregularidad responde a la interacción de varios factores. El deseo en la perimenopausia está influido por lo hormonal, pero también por lo psicológico y lo relacional.

El cansancio, el estrés, la calidad del descanso, la percepción del propio cuerpo o la dinámica de pareja influyen tanto como las hormonas. El resultado es un deseo menos predecible, pero también más dependiente del contexto.

Y esto introduce un matiz importante: si el deseo depende más del entorno, entonces el entorno adquiere un papel central. No se trata tanto de esperar a que aparezca, sino de entender qué condiciones lo facilitan.

Lo emocional también es sexual

La perimenopausia no es únicamente un proceso biológico. Es también un momento de reorganización emocional. Pueden aparecer cambios de humor, alteraciones del sueño, mayor sensibilidad o una revisión —más o menos consciente— de la propia identidad corporal (lo que llegaremos a llamar, en menopausia, el «duelo transicional»). Del cuerpo que se tiene, del que se fue, del que está cambiando.

Todo esto forma parte de la experiencia sexual, por supuesto. Porque el deseo no es solo hormonal. Es también una especie de narrativa interna, de relación con el propio cuerpo y de la forma de habitarlo.

Es por eso que las vivencias en esta etapa suelen ser diversas. Algunas mujeres experimentan una disminución del interés sexual; otras, en cambio, describen una sensación de mayor libertad. Menos condicionada por la reproducción, más centrada en el propio placer. Ambas experiencias son válidas. Y ambas tienen sentido.

Ajustar sin resignarse

Adaptarse a la sexualidad durante la perimenopausia no implica resignación, sino ajuste. Significa dejar de exigirle al cuerpo que funcione como antes (porque ya no es el mismo) y empezar a preguntarse cómo funciona ahora. Aceptar que el deseo puede necesitar estímulo, que la excitación puede requerir más tiempo y que el contexto importa más.

Supone también ampliar el guion erótico. Salir de una sexualidad centrada únicamente en la respuesta genital inmediata y abrirse a una experiencia más amplia: sensorial, emocional y relacional.

Y ¡ojo con la relación con el propio cuerpo! Porque la autoimagen influye directamente en el deseo. Y, si hay pareja, la comunicación se vuelve fundamental para construir nuevas formas de encuentro.

Una sexualidad más consciente

Las preguntas que atraviesan esta etapa —¿Qué está pasando? ¿Por qué cambia el deseo? ¿Por qué el cuerpo responde de otra manera?— tienen una respuesta común: el sistema está cambiando, y con él, la forma en que se expresa la sexualidad.

Nosotros, los sexólogos, solemos sugerir (e invitar a) que la cuestión adecuada en esta etapa ya no sea «¿Por qué ya no es como antes?», sino «¿qué posibilidades aparecen ahora?». Porque la perimenopausia no marca el final de la vida sexual, sino el inicio de una etapa distinta. A menudo más consciente, menos automática, más vivida.

Y eso, lejos de ser una limitación, puede convertirse en una forma más bonita de vivir la sexualidad.

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