La sexualidad después de un cáncer de próstata

Antes de empezar a entrar en materia, me gustaría, a fin de que nadie se preste a errores, dejar claras algunas cosas:

Yo soy sexóloga. Quiero decir con esto que mi ámbito de actuación no es la urología o la andrología y, mucho menos, la oncología, por lo que la breve información que aquí se va a ofrecer proviene de distintas fuentes, como de amigos profesionales, que sí tienen ese ámbito de actuación. Personas cercanas que han padecido este problema o pacientes que han venido a verme, en mi condición de sexóloga, para intentar reeducarse y retomar una vida sexual satisfactoria después de un traumatismo de la magnitud de un cáncer de próstata. Con ello, lo que quiero decir son dos cosas:

  • La primera que, en caso de que algún lector se encuentre en la situación de haber sido tratado de un cáncer de próstata, la información que sigue puede serle de utilidad u orientación, pero que quien de verdad tiene la última palabra sobre el asunto es el médico urólogo o el oncólogo urólogo que lo ha tratado.
  • La segunda cuestión es que las consecuencias del cáncer de próstata, en cuanto a la sexualidad del paciente y a su ejercicio, no suelen ser menores; en la gran mayoría de casos se puede retomar una vida sexual satisfactoria, pero exige de voluntad, esfuerzo y de asumir algunas particularidades derivadas de los tratamientos realizados para combatir la enfermedad… Un cáncer de próstata no es, pese a lo que algunos quieren dibujar, torcerse un tobillo esquiando en Saint Moritz.

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Los tratamientos en el cáncer de próstata y sus consecuencias

Lo primero que conviene destacar es que un cáncer de próstata, como puede serlo uno de útero o de ovarios en una mujer, no es algo siempre igual. No se trata, por tanto, de una categorización con unas propiedades siempre iguales como podría ser las de una molécula de agua. Existen infinidad de variaciones en la enfermedad, en el nivel de gravedad en la que es detectada, en la evolución que manifiesta y en la manera en la que incide en el individuo y, por tanto, los tratamientos, si bien se pueden agrupar de manera más o menos estandarizada, son también múltiples, combinados y con efectos en la sexualidad de un paciente, que pueden tener una enorme diversificación, intensidad e incidencia. Naturalmente, estos tratamientos difieren en su aplicación en función de la gravedad del problema en el paciente y de su evolución clínica tras las primeras intervenciones, pero podrían dividirse en:

  • Tratamientos locales, como la cirugía o la radioterapia.
  • Tratamientos sistémicos, como sería la privación androgénica (ADT) y/o la quimioterapia, así como una combinación de intervenciones locales y sistémicas.

Con relación a la cirugía, que suele ser la actuación más frecuente cuando el problema aparece, esta suele consistir en una prostatectomía radical (la extirpación de la próstata y de las áreas subyacentes que puedan estar afectadas). Dicha extirpación se puede realizar de manera tradicional (a «cielo abierto», como suele denominarse) o de una manera menos traumática, como es a través de laparoscopia (bien directamente por el cirujano o bien, más recientemente, con la asistencia y el apoyo robotizado). El segundo método es, lógicamente, mucho menos traumático que el primero, pero en ambos casos suelen conllevar problemas de mayor o menor intensidad en la futura sexualidad del paciente. La extirpación, como dijimos, se suele llevar por delante, en algunos casos, no solo la próstata, sino tejido adyacente, nervios y vesículas seminales, por lo que las consecuencias son, además de la ausencia de eyaculación (que no significa imposibilidad de alcanzar el orgasmo), la disfunción eréctil y cuestiones complementarias como la incontinencia urinaria.

La radioterapia, dentro de los tratamientos locales y en las múltiples variantes en las que se puede aplicar, también suele tener consecuencias para la sexualidad del paciente, en forma de molestias en toda la zona, que incluyen sangrado, meteorismo, dolor uretral, mayor frecuencia en la micción incontinencia fecal. así como una disfunción eréctil que suele ser permanente y que puede empezar a manifestarse bastante tiempo después de haber realizado el tratamiento. Los tratamientos sistémicos (básicamente, la terapia de privación androgénica –ADT– y la quimioterapia) también suelen llevar adheridos numerosos efectos adversos a la respuesta sexual del sujeto que incluyen desde la disfunción eréctil, caída del deseo sexual y muchos más, que empeoran, en general, la calidad de vida y rendimiento del paciente y, por tanto, el desarrollo de su sexualidad. Pero, y aquí vienen las buenas noticias, la mayoría de estos efectos puede remitir o amortiguarse una vez pasado el tiempo suficiente desde la conclusión de los tratamientos.

¿Cómo son «las sexualidades» después de un cáncer de próstata?

Como vemos, el panorama del terreno de la sexualidad no es muy alentador, pero ello no significa que sea irremediable. Básicamente, estos efectos adversos los podríamos agrupar en dos grandes líneas:

  • Los funcionales (como es la disfunción eréctil).
  • Y los psicológicos, derivados de una pérdida de confianza en sí mismo (por ejemplo, por la imposibilidad de eyacular), de una menor autoestima, por la merma del rendimiento o el bloqueo de la sexualidad, por un miedo anticipativo a que algo desagradable pueda suceder…

Todo ello se concreta fundamentalmente en una caída del deseo sexual. Ambas cuestiones y a través de un proceso de reeducación sexual que lleve al paciente para asumir la nueva situación y aprender a desarrollar una sexualidad compatible con ella son, conviene decirlo, perfectamente superables con un poco de voluntad y esfuerzo por parte del paciente y de talento por parte del terapeuta.

La disfunción eréctil, según sea su nivel de recurrencia, puede tratarse en el plano orgánico a través de múltiples soluciones que, pasando por las sencillas «bombas de vacío», van desde la toma de los conocidos inhibidores de la fosfodiesterasa 5 (algo que suena muy extraño, pero que son las pastillas de sildenafil [comercializado como «Viagra»], de tadalafil [«Cialis»] o de vardenafil [«Levitra»]), hasta el uso de alprostadil, bien por la introducción en gel a través la uretra o bien mediante una inyección en el tallo del pene, que se puede realizar el propio paciente. Ambos métodos garantizan la erección cuando la estructura eréctil no ha sido dañada o extirpada y el paciente siente deseo. En caso de que la citada estructura haya sido dañada o extirpada, se puede recurrir a los implantes en el pene que, funcionalmente, reproducen dicha erección. Implantes de los que hay numerosas opciones adaptables a cada caso, como varillas o prótesis inflables.

Tarea algo más compleja es que el paciente quiera retomar la puesta en práctica de su sexualidad y, para ello, tenga que reactivar y trabajar su deseo erótico. En este terreno, tanto la farmacopea como la cirugía sirven de bien poco y está en la mano del propio paciente y en la habilidad del terapeuta sexólogo el que poco a poco se vuelva a despertar el apetito.

Un mensaje final

El mensaje final, y con esto concluiríamos, es el siguiente: el haber pasado por un cáncer de próstata es un trago muy duro para el hombre, sobre el que no se puede banalizar dando dos o tres consejitos de pacotilla y haciendo recaer toda la responsabilidad en la rehabilitación de la sexualidad en el paciente, pero es algo sexualmente superable. Indiscutiblemente superable.

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