Alto y claro: ¡Yo me masturbo!

Recuerdo una charla a la que asistí sobre comunicación corporativa. En un momento determinado, el ponente, con toda naturalidad, dijo que antes de dormir se hacía “una pajilla para relajarse”. No explicaré cómo derivó el asunto de la comunicación a la masturbación porque, realmente, no es relevante. Lo destacable –y relativamente sorprendente– de la anécdota fue la reacción del público. Un auditorio formado por personas adultas universitarias se llenó de risitas adolescentes. Imagino que no os sorprende demasiado porque, sí, aún nos resulta vergonzoso hablar de la masturbación. Mejor dicho, de sexo en general.

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Una práctica antigua y rodeada de mitos

La autosatisfacción es una práctica tan antigua como la humanidad. Y si me apuras, hasta antes de ella. Una de las leyendas de los orígenes del mundo en el Antiguo Egipto cuenta que, al principio, estaba el dios Atum, que decidió crear el Cosmos y lo hizo a través de la masturbación. De su líquido eyaculatorio nacieron sus hijos Shu, masculino, y Tefnut, femenina. Con ellos aparecen la diferenciación sexual y, a partir de ahí, el resto de la procreación como la conocemos.

Además de antigua, es una práctica tradicionalmente rodeada de mitos. Los pelos en la mano, los granos en la cara y la ceguera ya los tenemos superados. Pero hay otros que aún siguen vigentes: la masturbación como una práctica erótica inmadura, de jóvenes; como algo que no tiene sentido si se tiene pareja estable; como más propia de hombres que de mujeres o como un ejercicio que disminuye el deseo sexual. Que a nadie le genere dudas: todas estas afirmaciones son falsas. La masturbación nos acompaña toda la vida, se puede realizar teniendo pareja o incluso como juego en pareja; hombres y mujeres la practican y no disminuye el deseo, al contrario, puede aumentarlo.

Si a la mala prensa le sumamos que seguimos siendo una sociedad tímida a la hora de hablar de sexo, pues ya tenemos el ambiente propicio para que surja el miedo a admitir la autosatisfacción. Un miedo relativo, de acuerdo, pero que ahí está, teñido de vergüenza o de risitas adolescentes.

¿Y las mujeres?

Me pregunto qué hubiera pasado en la conferencia si el ponente hubiera sido la ponente, es decir, mujer, y hubiera dicho que se masturbaba. Seguro que igualmente se habrían oído risas vergonzosas y… ¿El comentario se habría valorado igual? Si comúnmente aceptamos que los hombres se masturban, en el caso de las mujeres ya es otra cosa. Por pudor, porque la sexualidad femenina tradicionalmente ha estado más oculta, por cultura, se habla poco de la masturbación femenina, cuando los datos nos dicen que el número de mujeres y hombres que practican el noble arte del onanismo es similar. Es lógico que así sea, una vez nos igualamos en la forma de entender y vivir la sexualidad, vemos que no somos tan diferentes en cuanto a deseos y necesidades.

¡Yo me masturbo!

Masturbarse ayuda a conocer nuestro propio cuerpo, mejora nuestra sexualidad y nos proporciona placer. Además, propicia la segregación de endorfinas (lo que aporta sensación de bienestar), reduce el estrés y facilita el sueño. En las mujeres alivia los dolores premenstruales y menstruales. Quererse a uno mismo es muy recomendable.

No creo que haya que llevar una pancarta proclamando nuestros gustos sexuales. El sexo forma parte de nuestra parcela de intimidad, pero no debe ser algo tabú. Y si surge en una conversación, no debería generar vergüenza hablar de la masturbación o contar alguna experiencia propia. Al fin y al cabo, no nos mostramos tan pudorosos cuando se trata, por ejemplo, de hablar de sentimientos o cuestiones de pareja, que también son cosas muy íntimas.

La masturbación es una erótica común en hombres y mujeres. Es algo que hacemos desde pequeños y que se mantiene durante toda la vida. Es, además, una práctica sana y aconsejable. Entonces, ¿por qué el miedo o la vergüenza a admitirlo? Al contrario, deberíamos estar orgullosos porque como dijo Woody Allen en su película Annie Hall, “masturbarse es tener sexo con alguien a quién amas”.

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