Porno – Crónicas Moan (by Eme)

¿Has pillado a tu pareja viendo porno? ¿La has cazado masturbándose? ¿Habéis probado a reproducir la escena? No te pierdas este relato con audio de Karen Moan.

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Porno

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Narración: Karen Moan

¿Cómo confesárselo? Cuando le pillé tuve que disimular, tuve que poner cara de asco, de sorpresa, tuve que… ¿Por qué? Pues no lo sé, supongo que viejas ideas… viejas, viejas. Le pillé al llegar de manera inesperada tras una cena de trabajo que se acortó por un inesperado dolor de tripa. Así que, al abrir la puerta de casa, todo era distinto. Se intuía algo de luz en el salón, las puertas del mismo y del pasillo cerradas, y de lejos, de lejos, gemidos. Me quedé paralizada, un bloque, no me lo podía creer. Estaba con alguien en nuestra casa, en nuestro salón. La parálisis mental, sin embargo, no fue física, mi cuerpo se movió autómata hasta la puerta, y abrí despacio… mi alivio fue tal que suspiré alto, altísimo supongo.

Estaba viendo porno… pero no como quien ve porno tranquilamente desde el sofá. Él estaba en la alfombra delante de la televisión, con la camisa a medias, el pantalón a medias y de rodillas, inclinado hacia atrás, sujetando su polla como una ofrenda hacia la pantalla en la que una mujer con curvas imposibles parecía tragárselo. Como en esas pantallas de publicidad japonesa que son en tres o cuatro dimensiones. Era hasta bonito, muy bonito. Si no hubiera conocido mi salón, la imagen se habría convertido en real, habría visto ese cuerpo en esa polla generosa que se ofrecía.

Mi suspiro/grito le alertó y todo se desbarató como aquel castillo de naipes que se sostiene por muy poco. Me miró agobiadísimo y ahí, ahí, ¡joder! puse mi asquerosa cara de asco. Y aún sigo sin saber por qué, ya que en vez de sentir asco, sentí ganas. Pero tenía que…

Él se desbarató al igual que la escena y entonces quiso levantarse, pero el pantalón entre medias le hizo esa zancadilla que provocó su ridícula caída, que también podría haberse convertido (o debería) en un momento de risas comunes. Y sin embargo, cerré la puerta y me fui indignada a la habitación. ¿Por qué? En ese momento enseguida respondí: porque a mí no se me ofrece de esa manera, tan jodidamente sexi, arrodillado, cerdo, vestido a medias…

En fin, que me sentí celosa y excluida, y también, muy muy cachonda. Así que los próximos días, semanas, mi actitud fue de digna mujer ofendida que, en cuanto podía, se metía varios dedos en el coño deseándole, deseándola, a aquella mujer en tres o cuatro dimensiones que era inmensamente bella y ocupaba toda nuestra pantalla de televisión. Quería follarles a ambos, pero no podía, no podía decírselo. Me ¿avergonzaba?

Y otro día, gracias a imprevistos de la vida rutinaria, fue él quién me pilló a mí. Vestida casi como había visto a «la otra», con un conjunto de lencería pequeñísimo que dejaba todo fuera. Yo había ido a comprarlo dos tallas más pequeñas por replicar una exuberancia imposible, pero aún así, el efecto funcionaba para mí. Y él entró, cuando yo le hacía en el gimnasio, y me pilló mirándome en el espejo, imitándola, y lo supo, y sonrió, y sonreí. Y entonces llegó la carcajada, y tras ella, nos vimos, con esas ganas de ese algo que pensábamos debíamos esconder, pero no…

Él empezó a desabrocharse la camisa y se la quitó a medias. Yo empecé a bajarle los pantalones y pensaba dejarlos a medias cuando su enorme erección se chocó con ese escote excesivo en el que se enredó, y entonces, con la voz de mas puta posible, le dije…

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