Relatos eróticos

Sexo a cuatro bandas (Confesiones a una sexóloga) – Relato erótico

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No te pierdas la primera experiencia swinger de una pareja, en esta nueva entrega de Confesiones a una sexóloga.

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Sexo a cuatro bandas (Confesiones a una sexóloga)

Aquella noche mi pareja y yo decidimos probar algo nuevo.

Nos metimos en un cibercafé para tratar de contactar con alguna pareja con las mismas inquietudes que nosotros. A pesar de que no albergábamos mucha esperanza, en veinte minutos encontramos una que se encontraba casualmente en nuestra misma ciudad, buscando lo mismo que nosotros. Quedamos en un lugar concreto y fuimos a encontrarnos.

Nos vimos en la entrada de un pub. Tenían buena presencia: él alto, moreno, bien formado; ella era más bajita, delgada, con gafas y un poco introvertida. Tomamos unas copas, mientras conversábamos para ver si éramos compatibles. Costó poco decidir que pasaríamos un rato juntos esa noche.

Tras decirnos que se alojaban en un hostal cercano, los cuatro nos dirigimos hacia allí. La habitación era pequeña, con pocos muebles y una cama de matrimonio. Suficiente. La idea era tener sexo con la pareja del otro. El compañero de la chica me avisó de que era mejor empezar cada uno con su pareja, ya que ella estaba algo nerviosa. Yo también lo estaba. No paraba de preguntarme qué hacía allí, pero ya no había vuelta atrás y la excitación me empujaba. Nos tumbamos las dos parejas, una al lado de la otra y comenzamos a desnudarnos mientras nos besábamos.

Yo andaba quitando prendas entre beso y beso a mi pareja. Era algo rellenita, rubia con carácter, pero buen corazón. Pronto liberé sus grandes senos del sujetador, mostrando unos pezones abultados con una areola amplia y clara. En el derecho, lucía un piercing con el que me gustaba juguetear con la lengua. Mis manos recorrían y amasaban esos enormes y suaves senos, pellizcando sus pezones, y saboreándolos con mi lengua, que no tardó en bajar por su vientre abultado hasta debajo de su ombligo.

Llegué al borde de sus bragas para bajarlas y mostrar un pubis depilado y sedoso. Comencé a besarlo y a caminar con mi lengua por un lado de los labios mayores para pasar al otro lado y acabar hundiéndola en su húmeda y cálida vulva, hasta tropezar con su clítoris, que lamí con frenesí, provocando sus gemidos.

Al cabo de un rato miré hacia la otra pareja para descubrir que habían ido directos al grano. Él ya se encontraba detrás de ella, a cuatro patas, embistiéndola, mientras jadeaba al ritmo de las acometidas. Al poco le sacó su miembro para eyacular en uno de sus cachetes del culo. Era un pene de buen tamaño, más largo, aunque no tan grueso como el mío, con un glande voluminoso. El semen le chorreaba a la chica del glúteo al muslo mientras se colocaba boca arriba.

Entonces pude ver su cuerpo, con unos pechos poco voluminosos, pero coronados por unos pezones pequeños y saltones. Su pequeño coño lucía lampiño, sin que los labios menores sobresalieran. Era una preciosidad.

El chico seguía empalmado y ella se colocó encima de él y comenzó a cabalgarlo. Yo me dispuse a penetrar a mi chica ante la atenta mirada de nuestro compañero, que disfrutaba viéndome enterrar mi miembro en su vagina. En medio del desenfreno coital, me atreví a alargar mi mano hacia el trasero de la otra chica y me deleité con el suave tacto de sus nalgas, que subían y bajaban a lo largo del miembro de mi compañero. Mi mano pronto halló el ano de la chica y escuché que susurraba algo, por lo que decidí dejar de tocar esa zona y tratar de bajar un poco más. Sentí sus labios apretados contra esa polla y la llegué a rozar, pero retiré la mano.

Ambos se incorporaron y, tomándola por la cintura, la tumbó sobre mi chica de manera perpendicular, comenzando a bombearla mientras yo seguía penetrando a la mía. Al tener a la otra tan cerca, me animé y la besé con lengua, mientras le amasaba uno de sus pequeños senos y pellizcaba sus pezones. El chico volvió a sacar su polla para eyacular una vez más, esta vez, sobre su vientre. Aproveché ese momento para acariciar su pequeño coño, estaba empapado y tenía un tacto aterciopelado. La chica dio un pequeño respingo, ya que mi amiga aprovechó también para tocarle los senos, cosa que ella no esperaba.

Tras una mirada de complicidad, ella se subió encima de mí, mientras que su chico, que sorprendentemente seguía bien erecto, disponía a mi pareja a cuatro patas para penetrarla desde atrás. Cuando su chica se empaló en mi miembro, fue una sensación de cierta estrechez, calidez y humedad que me hicieron estremecer. Por fin estaba follando con aquella preciosa chica, mientras escuchaba jadear a la mía con las embestidas de nuestro compañero. No duré mucho antes de estallar, mientras le amasaba los pechos. Saqué mi pene, envuelto en el preservativo lleno de semen, mientras trataba de recuperar el aliento. Al poco, mi chica, con un grito, se corrió casi al unísono con el otro chico, que increíblemente volvió a eyacular, esta vez, dentro de su condón.

Nos quedamos un rato jadeando tumbados en la cama, casi mezclados y sudorosos. Al poco, mi chica y yo nos vestimos y nos despedimos de aquella parejita que permanecía desnuda sobre la cama.

Ese fue uno de los mejores momentos de mi vida, por eso deseaba contártelo. Narrarlo ha sido como revivirlo y volver a sentir la emoción de aquel entonces. Echo de menos esa época de mi vida en que el sexo era más divertido. Y es que jamás olvidaré aquella experiencia de sexo a cuatro bandas.