Devil is in the details – Relato erótico

Zambúllete en las profundidades del deseo con este magnífico relato de Valérie Tasso.

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Relato erótico

Devil is in the details

Dice que el diablo está en los detalles. Que su omnipresencia se percibe en cosas sutiles y que hace tiempo que vendió su alma por mí.

Dice que le encanta ver cómo mi centro de gravedad pasa de la pierna derecha a la izquierda, ligeramente, cuando estoy de pie, a su lado. Ese cambio de eje en mi rectitud es lo más erótico que ha visto jamás.

Dice que cuando me folla, siempre acaba llorando porque hay cierta pérdida en este acto. Que se vacía de todo. Podría ser un alivio pero, pensándolo bien, es muy violento. Quiere quedarse con algunos recuerdos. Por muy dolorosos que sean. Me explica que vaciarse del todo es como no haber existido y que el júbilo no se puede apreciar si antes no ha habido sufrimiento.

Dice que cuando me abandono, me ve tan frágil que podría aplastarme con solo hacer peso muerto. Que me transformo en un diminuto insecto que no podría esperar nada más que la agonía.

Dice que su deseo crece cuando me imagina muerta de placer. La muerte nunca le ha atraído, salvo cuando entrelazamos nuestros pies fríos en la cama. No puede darme más explicaciones al respecto.

Dice que cuando gozo, mi grito se vuelve demente. Como las hurracas en un jardín, bichos demoníacos en blanco y negro, que ni se molestan en esconderse en la hierba. Así de impertinentes son aquellos pajarracos que suele detestar. Ladrones de todo lo que centellea.

Dice que mi cabello huele especial, que un olor se ha instalado desde hace tiempo y confiesa que se estremece un poco. Aquel olor a semen que Teresa notaba en Tomás, en «La insoportable levedad del ser». Pero él me lo dice. No como Teresa que huele el pelo de Tomás y calla. Sabe que no es el único que me abraza algunas noches.

Dice que es un poco celoso pero que es natural. No llega a lo patológico. Afirma que no soy como las demás y que los hombres de verdad saben reconocer los diamantes que más brillan. Esos hombres son como hurracas acechando en el jardín.

Dice que no me perdonaría jamás si me cortase la melena. Quiere agarrarla siempre y tirar, tirar fuerte hasta que yo emita un gemido de dolor. Y que intente poner mi mano sobre la suya para relajar el movimiento brusco que ejerce sobre mis cabellos. Es cuando su polla se pone más dura.

Dice que cuando me ve, su cuerpo pide a gritos un refugio en el que pueda cobijarse. El sufrimiento del pasado retorna, siempre, de noche. Las tragedias son nocturnas, no puede ser de otra manera, y el final del día hace olvidar cualquier tipo de esperanzas. Me dice que lo debería saber bien. Sobre todo el domingo.

Dice que le encanta saberme encadenada a mi cuerpo, ser esclava de mi propio organismo y pedirle permiso cuando me entran ganas de orinar. Adora que ponga estas muecas para aguantar mi vejiga llena… e intentar cerrar las piernas. Dice que le produce un placer inmenso negarme este permiso, obligarme a dejarme llevar, a que salga el fluido, que le salpique y le queme la polla mientras sigue empujando.

Dice que me olvide de la moral. Que solo está hecha para los lisiados mentales, los tontos e imbéciles que suspiran, en el fondo, imaginándose como lo hacemos nosotros. Y que estos impresentables ansiosos del éxtasis ajeno seguro que cogen a plena mano sus pollas bullentes, se matan a pajas a escondidas y cierran los ojos cuando eyaculan sobre el suelo frío de sus cuartos solitarios, para no darse pena a sí mismos.

Dice que le pone mucho que abra la boca de par en par, que sorba su rabo y no lo deje escapar. Incluso después de haber eyaculado. Pero sobre todo, que haga estas pausas para observarle. Esas pausas largas con ESA mirada. Así, todo está perdonado; las hurracas, los demás hombres, mis gritos ensordecedores y el aroma traidor estancado en mi pelo.

Dice que se ha esforzado mucho en no amar. Que no me puedo imaginar cuánto. Y no por falta de esmero. No. Pero que híper racionalizar el no-amor ha producido lo contrario en él. Se queja de que un sentimiento le haya secuestrado.

Dice que cuando llego al orgasmo, mis ojos brillan con una luz especial. Y ve en mí a una niña traviesa a la que le gusta hacer payasadas. Pero le da miedo que los pajarracos esos, aquellos del jardín, puedan robarme esta mirada. Por eso me hace cosquillas. Para que me ría. Mis ojos se entrecierran y se vuelven almendras chinas, un exotismo de sabor sumamente salado que solo un hombre como él sabe apreciar. Si pudiera, me los chuparía hasta volverlos mate.

Dice que le encanta una palabra: ano. Que muchas veces ha introducido la lengua en él y que mayor confianza que en esta práctica no hay. Que a partir de ahora, yo no puede desconfiar de él, porque su lengua estuvo en mi culo. Este puto capullo de ranuras marcadas que no quería abrirse a su paso finalmente se rindió.

Dice que está escribiendo nuestra historia. Que ha encontrado un procesador de texto que hace de la escritura una experiencia muy agradable. Que quiere compartir lo escrito conmigo. Como se comparte el sabor de una fruta, como decía Borges en un poema precioso.

Y mientras yo espero el texto, la hierba crece lenta bajo las ventanas, las hurracas se vuelven gigantes enanos de jardín y la puerta se abre. Intento contar sus pasos que no sé si vienen o se van, pero el silencio ya se ha impuesto. Quizá si dejara los ojos abiertos, vería su silueta… Pero nada.

En el entumecimiento del sueño, he llegado a una conclusión: a veces, hay cosas que es mejor guardarse dentro.

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