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7 veranos después (Parte 2): Julie en el baño – Relato erótico lésbico

Acababan de reencontrarse por casualidad en Italia. 7 años más tarde.

Si lo deseas, puedes comenzar esta trilogía aquí: 7 veranos después (Parte 1): Julie en Siena

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Relatos lésbicos

Julie en el baño

«Cuánto tiempo». «¿Qué ha sido de ti en estos años?». «Ya veo que no vienes sola». «¿Qué te trae a Siena?».

Una avalancha de posibles contestaciones se agolpó en mi cabeza. Sin embargo, no era capaz de mediar palabra, pues seguía observando cómo los años habían tratado a Julie. Su piel estaba más pálida que antaño y había cogido algo de peso, lo suficiente como para que su cara se viera algo más redondeada. Quise tocar su piel y comprobar si se erizaba, como cuando nos besamos…

«Ahora vamos a entrar al Museo Cívico», oí desde mi posición, escapando de mis pensamientos con rapidez.

Aparté mi mirada de la de ella y eché a andar hacia el portón, al igual que estaba haciendo todo el grupo. El acompañante de Jules seguía fotografiando los detalles más insignificantes de aquella plaza y ella aprovechó para acercarse y decirle algo al oído. Dejé de espiarlos cuando entré en el Museo, y fingí interés en la explicación del guía acerca de cómo iba a ser la visita y lo bonitos que eran los frescos que había allí.

Aunque mis ojos estaban fijos en aquel hombre, mi mente volvía a divagar, hasta que sentí cómo alguien me agarraba del brazo y tiraba de mí en dirección al guardarropa. De pronto, estábamos tan solo ella y yo en un cubículo rodeado de taquillas blancas y nos invadía un silencio sepulcral. Nuestras miradas conectaron y sentí que ya no había vuelta atrás.

—¿No vas a decirme nada? —susurró a escasos centímetros de mí.

La forma en que lo dijo me recordó mucho a aquel «Últimamente pienso mucho en ti» y me pareció tener un déjà vu cuando vi que alargaba la mano hacia mí, pero en el último momento la desvió y tan solo colocó un mechón de pelo detrás de mi oreja. ¿Los años la habrían hecho más sensata? Fuera como fuese, sus ojos volvían a atraparme como un imán y volví a notar esa sensación de arrepentimiento, que me perseguía desde aquella fatídica tarde en la que había abandonado el piso que compartíamos por miedo a enfrentarme a mis sentimientos.

Quise frenarla, deshacerme de ella, volver a respirar. Apenas recordaba cómo era antes de conocerla, sin pensar en ella día tras día, sin el «¿qué hubiera pasado?», sin conformarme tratando de arreglar un matrimonio roto con Ágata. Me resultaba descorazonador confesar, aunque fuera para mí misma, que mi mujer ocupaba el último de los pensamientos que rondaba mi cabeza de forma tan frenética. Mis ideas giraban en torno a Jules y mis cinco sentidos estaban alerta.

Bajé ligeramente la mirada y observé mi pecho, subiendo y bajando raudo. Aquello no podía ser bueno. Volví a dirigir mis ojos a los suyos, consciente de que apenas habían pasado unos segundos desde su pregunta, pero dentro de mí los sentía como si hubieran sido horas.

Entonces, sin darme tiempo a pensarlo, mi mano tomó el timón de mi cuerpo y traicionó por completo a mi mente. Repitió el gesto de Julie, siete años antes, cuando ella me acorraló en el recibidor y me acompañó al beso. Esta vez fui yo, quien, con una lentitud exasperante y merecida por el paso del tiempo, acorté los centímetros que había de por medio y me reencontré con sus labios.

Me hubiera gustado decir que su boca tenía el mismo sabor, incluso el mismo tacto, pero no fue así. Puede que mi mente hubiera distorsionado aquel recuerdo, transformándolo en una experiencia más íntima de lo que fue, o quizá Jules me estaba besando con una fiereza que a mi anatomía le resultaba difícil gestionar. Desbordada por aquel contacto despiadado, me rendí a la forma en que sus brazos rodearon mi cuerpo, atrayéndome más al suyo.

Lo único que me sacó de aquella burbuja en la que parecíamos habernos sumido fue un gemido ronco que resonó en el guardarropa cuando sus dientes atraparon mi lengua. Nos miramos como si el hechizo hubiera terminado y yo temí que huyera, como había hecho yo entonces. Sin embargo, dejó un beso corto sobre mis labios y tomó mi mano.

Recorrimos los pasillos de la entrada del museo, ahora desértico. El grupo debía haber comenzado la visita sin nosotras, aunque no había nada que me importara menos que aquello, mientras los dedos de Jules acariciaban mi dorso. Soltó un pequeño grito de júbilo cuando encontramos el baño de mujeres y, sin pensarlo dos veces, entró tirando de mí. Me empujó contra la puerta y recuperamos ese ritmo apasionado entre un beso y otro.

No fui demasiado consciente de cómo sus labios acabaron en la piel de mi cuello, arrancándome un jadeo. Como si se tratara de una llamada de atención, la mano de la morena viajó en dirección sur, hasta llegar al final de mi vestido de rayas. Lo subió hasta la cintura y, con un movimiento ágil, se abrió paso entre mis piernas. Pude notar mi humedad en sus dedos y suspiré escondiéndome en el hueco de su cuello. Acarició mis pliegues de forma torpe y sin andarse con rodeos, hasta que introdujo dos dedos en mi interior despacio, mirando mis ojos. Encontré en ellos el tiempo perdido y supe que, por mucho que hubiéramos perdido, en aquel entonces no podía haber ocurrido nada entre nosotras. Tal vez tenían que pasar siete años para que ambas estuviéramos listas para lo que estaba pasando.

Había fantaseado tantas veces con aquello que no podía creer que fueran sus dedos los que se movían en mi interior en busca del punto que me haría temblar, ni que fueran sus labios los que ahora estaban apoyados en el lóbulo de mi oreja. En ninguna de esas escenas ficticias el escenario era un baño, pero eso tan solo hacía que excitarme más. Reprimía los gemidos contra su clavícula, entregada a las sensaciones, hasta que no pude más y liberé uno lo suficientemente audible como para que alguien nos descubriera. Pero fue el sonido que dio la bienvenida al clímax, que viajó por toda mi anatomía haciéndome temblar.

—Val —murmuró contra mis labios, con aquella mirada que me revolvió el alma, y temí que fuera a marcharse—. Tócame, por favor.

Ya puedes leer la tercera parte aquí: 7 veranos después (Parte 3): Julie sin máscara

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Sobre Thais Duthie

Escritora hecha a sí misma, amante de la noche y los lugares desconocidos, ha hecho de su versátil pluma una herramienta para conquistar nuestros corazones.

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