La bañera de la 603 (II) – Relato lésbico

Sumérgete en este sensual relato de Thais Duthie.

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La bañera de la 603 (II)

–He llenado la bañera para nosotras.

–Eso suena estupendamente… –Moví las caderas con suavidad sobre ella, todavía tanteando el terreno.

–Vamos, entonces.

Me puse de pie y, antes de que lo hiciera Tamsin, se quitó las bailarinas y las dejó en el suelo. Supuse que nos ocuparíamos de ellas más tarde. Se incorporó, me tomó la mano y echamos a andar hacia el baño. Era enorme, estaba separado de la habitación por una puerta corredera de cristal translúcido. Allí había una bañera exenta frente una superficie de mármol, donde se encontraban un par de lavabos y, al fondo, un espejo que iba desde el suelo hasta el techo. Nos observé. Ella era más alta que yo y desprendía un aura cautivadora.

–¿Quieres que me desnude para ti? –ronroneé cerca de su cuello.

–Por favor. Elegiré asiento en primera fila.

Acto seguido, la mujer se desanudó el batín –bajo el que no llevaba nada más– y se metió en la bañera. Lo hizo con tanta rapidez que apenas pude fijarme en la forma de su cuerpo y los lunares que salpicaban su piel desnuda. Tampoco en sus pechos o en el vértice que nacía entre sus piernas. No obstante, desde mi posición podía observar cómo el contraste de temperatura con el agua caliente había provocado que sus pezones se endurecieran. Su color rosado combinaba a la perfección con su tez pálida.

Traté de ofrecerle un striptease mudo, pero en su lugar me quité los zapatos y la ropa prácticamente con la misma velocidad que ella. Tan solo de pensar en lo que me esperaba, hacía que el vello de toda mi anatomía se erizara. La quería ya. Cuando me quité las bragas noté la humedad en la tela negra de algodón; brillaba como si mi sexo estuviera pidiendo a gritos ser atendido.

–Eres preciosa, Adela –Las palabras de Tamsin me dieron la bienvenida al tiempo que entraba con ella en el agua.

La bañera era lo suficientemente grande como para que ambas cupiéramos sin contorsionismos. Estábamos la una frente a la otra, con las piernas cruzadas. Sin embargo, esa posición duró poco. La mujer se inclinó para buscar mis labios, ahora de forma mucho más profunda. Nuestras lenguas batallaron como si fuera un combate a muerte hasta que la mía ganó. Atrapé su labio inferior con mis dientes y gemí contra su boca.

Enseguida descubrí que se había dejado vencer a propósito. Sus dedos surcaban las profundidades hasta que dieron con el hueco que había entre mis muslos. Primero acarició aquella piel tan sensible de un modo que me hizo temblar, luego se dirigió a mi centro. Sin miramientos. Mi jornada acababa de empezar y, aun así, sentía que el tiempo se nos echaba encima. Eso o la urgencia por sentirnos lo aceleraba todo. Ninguna de las dos queríamos esperar más.

Jugueteó con mis pliegues sin una pizca de torpeza o novedad. Sabía muy bien lo que hacía bajo el agua y lo demostró cuando dos de sus dedos separaron mis labios y un tercero atacó mi clítoris. Lo endureció más todavía mientras su boca viajaba por mi mejilla hasta llegar a mi cuello. Fue una oleada de excitación provocada por miles de terminaciones nerviosas.

–Hueles muy bien.

No importaba qué dijera: su acento me estimulaba como lo haría una tercera mano o una segunda boca. Hasta aquel momento no había sido consciente de que definitivamente me encantaba el inglés británico, y recordé fugazmente a una clienta de Bath a la que había ayudado a elegir calzado para una boda tiempo atrás.

–Seguro que mi perfume no es tan caro como el tuyo –Reí en su oído y ella aprovechó mi debilidad para abrirse en mi interior sin previo aviso.

Entró con índice y corazón arqueados, como si tratara de atraerme hacia ella. La cara externa de mis piernas ahora rozaba el interior de la bañera y notaba mis extremidades tensas por la excitación y el deseo. Me sostuve en su cuerpo, dejando que ella me explorara a su antojo. Esas ondas, ese vaivén con el que me torturaba me acercaban al punto de no retorno. Pronto no iba a ser capaz de controlar mis jadeos, mis movimientos, mi placer. Sería todo suyo.

Los dientes de Tamsin se clavaban en el hueco entre mi cuello y mi hombro. Solo liberaban aquel pedazo de piel para lamer y volver a la carga. Lo hacía con más fuerza cuando gemía, y yo gemía más cuando lo hacía. Era un ciclo infinito que ninguna de las dos quería frenar.

–¿Notas cómo tu cuerpo responde a mí? –Lo susurró tan cerca de mi oído que me pareció escuchar su voz dentro de mi cabeza.

–Sí… –Sin poder decir nada más, busqué sus labios y deposité allí todos los suspiros que me arrancaba. Uno a uno.

Aquello que hacía con los dedos llevaba practicándolo años, me atrevería a decir que décadas. Los movía con la misma destreza que yo encontraba las cajas de zapatos en el almacén. Como si me hubiera criado entre esas cuatro paredes. Tamsin tenía un reto mayor: cada cuerpo era un mundo. Sin embargo, el mío parecía conocerlo tanto como el suyo propio.

Así fue como supo que me estaba acercando al clímax. Mantuvo los dedos dentro y golpeó con ellos el punto más profundo al que podían acceder. Su mano libre se enredó en uno de mis pezones y me acompañó, primero despacio y luego con desenfreno hacia el orgasmo más intenso que había tenido en mucho tiempo. Sentía que se desvanecía en mi interior para regresar con más fuerza. Hubo un segundo no tan potente, pero sí más largo, que me dejó fuera de juego.

–¿Te acuerdas de todas tus clientas, Adela? ¿De las que tuviste hace años? –Me acarició los sentidos con su pregunta, la piel de mi espalda con sus yemas.

–Intento hacerlo –respondí entrecortadamente. Todavía no había recuperado el aliento.

–Entonces tendré que volver a follarte para ver si recuperas la memoria.

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