Leo (I): Que la toque – Relato lésbico

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Una cita. Un teatro. Una leo. No te pierdas el último relato de Thais Duthie.

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Leo (I): Que la toque

Solo echaba de menos una cosa de Oslo: la temperatura. A Else el calor de la ciudad le parecía infernal, sobre todo para una mujer nórdica como ella. Agradeció que el aire acondicionado del teatro estuviera en funcionamiento y, antes de buscar el lugar al que debía acudir, se recolocó el vestido. Acto seguido, se fijó en las flechas que la guiaban al patio de butacas y dejó que sus pies la llevaran allí.

Se paró frente a un espejo que había de camino solo para asegurarse de que estaba todo en orden. El vestido azul celeste combinaba con sus ojos, su cabello dorado se enrollaba en bucles amplios y las tiras plateadas de los zapatos le rodeaban pies y tobillos. Retomó el paso y, al fin, llegó a un gran salón repleto de mesas redondas con un escenario al fondo. A su alrededor, las sillas estaban levemente iluminadas por lámparas de aspecto antiguo.

Tomó asiento en la mesa más cercana al escenario. Se preguntó en qué momento iniciaría el espectáculo, y si habría espectáculo, en primer lugar. Repasó mentalmente lo que la había llevado allí: una cita. Pero no una cita cualquiera, sino la cita que lo cambiaría todo. La que saldría bien. Después de más de una docena de encuentros fallidos con otras mujeres y, sobre todo, con su creciente deseo de compartir la vida con alguien más, recurrió a la astrología. Leyó mucho sobre el Zodiaco y llegó a la conclusión de que Leo era el signo con el que tenía más compatibilidad.

Encontrar a una leo así como así no fue tarea fácil al principio. Un par de amigas le habían hablado bien de una aplicación para ligar en la que el usuario debía colocar su signo zodiacal en el perfil, de modo que la búsqueda se simplificó en lo que dura un parpadeo. Durante un momento, al menos, porque luego se encontró con el reto de localizar a la leo perfecta entre un montón de leos.

¿Serviría cualquiera? Aquella pregunta le quitó el sueño durante un par de días. Finalmente se decidió por la respuesta: un rotundo no. Y para dar con la perfecta tuvo que hacer una selección que la llevó a aquel teatro.

Aprovechó los cinco minutos que le había regalado su extrema puntualidad para releer su perfil en la aplicación: «Leo hasta la médula. Actriz. Dicen que soy entusiasta, ambiciosa, generosa y peco de orgullosa, así que ve con cuidado. Me encantan las aventuras, las actividades al aire libre y el arte».

Su foto de perfil era un claroscuro en el que apenas se le veía el rostro, tan solo una silueta desnuda y de espaldas sobre un escenario. A juzgar por el lugar en el que la había citado, también carcomido por las sombras, el misterio tenía pinta de formar parte de aquella leo. Y a Else, como buena noruega, los misterios le fascinaban.

Al poco escuchó el repiqueteo de unos tacones sobre el suelo brillante del escenario. Esperó expectante hasta que vio aparecer, entre el telón, a una mujer casi tan blanca como ella con un vestido del negro más oscuro que había visto jamás. Apenas había terminado de observarla bien cuando habló:

—¿Eres Else?

Ella asintió.

—Ven conmigo.

La voz de su leo era mucho más grave de lo que creía. Sonaba inquieta, y a Else le contagió la premura. Tomó su pequeño bolso, subió los tres escalones que la separaban del escenario y se perdió entre las telas rojas. Vio por vez primera un teatro por dentro: bastidores, contrapesos y un montón de focos. Se dejó guiar más por el sonido de sus zapatos que por su figura perdiéndose entre telas oscuras y, a cada paso que daba, el corazón le latía más rápido. ¿Adónde la estaría llevando?

La respuesta no se hizo esperar. Si bien no había nombre alguno en la puerta como siempre había pensado que sería, se podía leer en letras grandes «Camerino 3».

Gracias al fluorescente que colgaba del techo y que salpicaba la estancia con una luz demasiado fría, pudo observarla con detenimiento. No había una sola sombra a su alrededor, ni siquiera en su mirada. El vestido negro le llegaba a los pies y, de tan vaporoso, poco dejaba intuir de su figura; pero el escote de barco enmarcaba sus clavículas. Los tirantes anchos acababan en la mitad del hombro y mostraban cómo sus brazos delgados pero tonificados se posaban sobre sus caderas. Sintió cómo sus bragas se humedecían ante el solo pensamiento de acariciarla.

—Bienvenida a mi hogar.

Miró a su alrededor. Era una habitación pequeña con un par de butacas, un tocador rodeado de bombillas y varios neceseres aquí y allá. De las paredes colgaban fotos en las que ella era la protagonista, pero también viejas entradas. En una esquina pudo ver un burro con varias prendas de todos los colores.

—¿Vives aquí? —El desconocimiento de Else por aquella nueva cultura, tan diferente a la suya, le jugó una mala pasada.

La mujer rio con suavidad y sacudió la cabeza.

—Prefiero esta casa a la mía. ¿Lo sientes? Es como si el teatro viviera en cada rincón de este edificio. A veces creo que si cierro los ojos y me concentro lo suficiente puedo escuchar los versos más famosos de Hamlet, Macbeth, Otelo. Soy una gran admiradora de las tragedias de Shakespeare, no puedo ocultarlo.

—A mí me encanta la ópera. En Oslo está la Casa de la Ópera y puedes caminar sobre el tejado. Desde allí se ven los fiordos, el centro de la ciudad y las montañas —explicó, tratando de estar a la altura.

—Nos llevaremos bien, Else.

«Ojalá», se dijo, y sonrió. Ella no era muy habladora y aquella Leo parecía llenar todos los silencios incómodos en los que a veces se quedaba atrapada.

Dicho eso, la mujer acortó la distancia y le acarició la mejilla. A Else se le encendieron las mejillas y también el rincón entre sus piernas que, durante tanto tiempo, había permanecido abandonado.

—Sé que hemos hablado muy poco en la aplicación. Lo suficiente para saber si entre tú y yo podría suceder algo más que una conversación, porque esas las tengo a diario. —Hizo una pausa para tomar asiento en una butaca de terciopelo—. Quería que nos viéramos enseguida porque si esto no funciona, lo sabremos a tiempo.

—Me parece bien. Entonces descubrámoslo cuanto antes.

Else fue hacia la butaca y, pidiendo permiso a la mujer leo con la mirada, se sentó en sus piernas. Siempre le habían dicho que debía tomar más la iniciativa en lugar de ser tan pasiva. Esta vez se negó a serlo. Tal vez aquel era otro elemento que fallaba en sus citas y no quería volver a repetir los mismos errores.

Tomó su rostro con toda la delicadeza que le permitieron su respiración acelerada y su clítoris endureciéndose por momentos y la besó. Fue extraño y frío en un inicio, pero tan pronto como la mujer entendió lo que estaba pasando, le correspondió el beso con tanta o más pasión que había entre Romeo y Julieta.

«Que no note la humedad entre mis piernas», pensó.

Y luego: «No, que la sienta. Que la toque».

Ya puedes leer el desenlace aquí: Leo (II): Que la toque – Relato lésbico