Relatos lésbicos

Milagro navideño (I) – Relato lésbico

Si la Navidad te trae amantes del pasado, simplemente, acepta el regalo.

La de Adela se llama Emma y, si no lo leíste, puedes disfrutar de su primer encuentro aquí: Emma I – Relato lésbico. Milagro navideño sigue más abajo.

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Milagro navideño (I)

Si alguien me hubiera dicho que volvería a ver a Emma, no le habría creído.

Todavía recordaba la última vez que la vi. Después de abrazarme por la espalda contra una de las estanterías repletas de zapatos, desapareció. Acabé masturbándome con el mismo zapato que había tocado mientras mi cerebro solo podía pensar que ojalá fuese ella.

No obstante, aquella tarde de diciembre parecía una cualquiera, pero no lo fue en absoluto. Una vez mi turno en las galerías hubo terminado, me disponía a volver a casa cuando oí mi nombre tras de mí. Hubiera podido reconocer esa voz en cualquier sitio. Emma me esperaba con una chaqueta negra que le llegaba hasta las rodillas y unas botas altas del mismo color, que no pude apreciar con claridad a pesar de las luces navideñas de Paseo de Gracia. A pesar del frío, una oleada de calor me abrasó por dentro.

—¿Qué haces aquí? —Me volví sobre mis pasos y la abracé. El aroma de su perfume colapsó mi actividad neuronal antes de poder decir nada más.

—Quería celebrar la Navidad contigo.

Fingí desagrado, pero una sonrisa me atravesó el rostro. Me pregunté si habría pensado en mí tanto como yo en ella durante estos meses.

—Falta una semana para Navidad, Emma.

—Pero mañana me voy a Andorra. A esquiar, ya sabes. —Movió las caderas como si se estuviera deslizando sobre los esquís y reí ante la imagen.

—Podrías haberme avisado para ponerme algo mejor que lo primero que he pillado esta mañana.

Debajo de mi anorak de plumas tan solo llevaba un jersey de lana verde y unos tejanos. Y mis clásicas Converse, por supuesto, que solo se quedaban en casa los días de lluvia.

—Calla, estás preciosa —dijo, y me tomó de la barbilla para dejar un beso corto en los labios.

A pesar de que sabía que era un gesto inofensivo para Emma, a mí me revolucionó. Cada vez que sus ojos se detenían en los míos un poco más de la cuenta, se me aceleraba el pulso y me olvidaba de respirar unos instantes.

—¿Has visto mis botas? —quiso saber, y levantó una de las piernas.

—¿Las Camden de Saint Laurent? No me lo puedo creer. —La miré a los ojos, ligeramente decepcionada.

—No te adelantes. Las compré en las galerías, pero por internet —explicó.

—¿Por qué no te pasaste a por ellas?

—Porque quería sorprenderte llevándolas ya puestas.

—Unas botas altas de piel con tacón de diez centímetros y medio no me sorprenden, pero que las lleves tú me deja fuera de juego, ya lo sabes.

Sonrió maliciosa y ladeó la cabeza.

—La punta cuadrada te sienta muy bien —añadí.

—Me encantaría decirte que son comodísimas, pero en lugar de mentirte te diré que son preciosas. Por suerte no vamos muy lejos.

Los dedos de Emma se entrelazaron con los míos de un modo demasiado natural, sin artificios. Y solo pude maldecir internamente por aquellas señales contradictorias, los mensajes confusos, los rechazos y aquellas miradas que decían de todo menos que me querían lejos.

Diez minutos más tarde estábamos resguardadas en un bar de copas. Emma se adueñó de la pista de baile tan pronto como tuvo su bebida —un mimosa— y me pidió que, si no iba a bailar con ella, entonces no dejara de mirarla. Como si pudiera no hacerlo.

Las luces de la calle habían sido reemplazadas por unas de color violeta que llenaban el local entero. Aunque hubiera preferido más nitidez para estudiar a la mujer con detalle, pude darme cuenta de que el pelo le había crecido un poco desde la última vez que nos habíamos visto. Se movía al ritmo de una de las canciones antiguas de Jennifer Lopez y, cuando pudo cerciorarse de que mis ojos estaban clavados en su cuerpo, se desabrochó la chaqueta y la dejó caer al suelo. Me miró con la barbilla alta mientras yo sentía cómo comenzaba a humedecerme.

Bajo la chaqueta llevaba un vestido de terciopelo rojo que se fruncía en su cintura y se estrechaba hasta la mitad de sus muslos. El cuello redondo dejaba a la vista el escote generoso de Emma, cuyos senos se movían con cada uno de los contoneos que hacía bajo el neón. Por mucho que tratara de observarla con tranquilidad, mi corazón se aceleraba por momentos y el deseo me recorría con desesperación.

Estar a unos pocos metros estaba resultando casi doloroso. Observarla bailar era estimulante y excitante a niveles estratosféricos, pero necesitaba sentirla. Me abrí paso entre la gente que había en el local y me coloqué tras de ella. Acompañó la sonrisa con un ronroneo y echó la cabeza hacia atrás.

—Estabas tardando mucho, Adela —dijo, y luego tarareó—. Let’s get loud, let’s get loud, turn the music up to hear that sound…

—Me estás volviendo loca —le susurré al oído—. En más de un sentido.

Emma se dio la vuelta, rodeó mi cuello con los brazos y se quedó sumamente cerca de mi rostro.

—¿Por qué?

—Porque quieres estar conmigo, pero no nos dejas.

—Si no nos dejo, ¿entonces por qué te he venido a buscar al salir del trabajo?

—¿Milagro navideño?

—Eres idiota —rio y sus manos comenzaron a deslizarse por mi espalda, sin permitir que nuestros cuerpos se separasen lo más mínimo.

Pude anticipar lo que ocurriría a continuación y, aun así, no fui capaz de prepararme para el cataclismo que supuso. Pude predecir que sus labios se cernirían sobre los míos en un beso apasionado, nada de roces superficiales como los demás, y seguía sin estar preparada. Cuando su lengua y la mía se encontraron, algo estalló en lo más profundo de mi interior. Me dejé llevar por ese beso lento y firme que había tardado demasiado, pero que había merecido la pena. Gemí contra su boca.

—Shh, vámonos de aquí —murmuró contra mis labios, haciéndome cosquillas.

—¿Adónde vamos?

—A casa.

—¿Cada una a su casa?

—Las dos a mi casa.

Se agachó y solo pude observar cómo recogía la chaqueta y se la volvía a poner. Yo recuperé la mía, abandonada en la barra, y tomé a Emma de la mano para salir del club nocturno antes de que cambiara de opinión.

El aire helado de diciembre nos recibió y nos hizo correr Paseo de Gracia hacia arriba con más prisa de la que teníamos en realidad. Después de habernos movido de aquel modo en la pista unos minutos atrás, cualquier distancia superior a aquella suponía el frío más absoluto.

—Vamos a coger un taxi. —Dejó de correr y me miró—. Vivo a dos calles de aquí, pero entre el frío y las botas prefiero llegar entera.

Su risa me hizo cosquillas en el bajo vientre.

—Como prefieras —contesté despacio. Me acerqué a la calzada y levanté la mano. El taxi que se aproximaba apagó la luz verde del piloto, redujo la velocidad y paró frente a nosotras.

Cuando al fin estuvimos una al lado de la otra en los asientos traseros del vehículo de camino a casa de Emma, fui consciente de lo que estaba ocurriendo en realidad. Ni en mis mejores sueños podía imaginar que aquello sucedería de verdad. Ahora que sus dedos se deslizaban por mis medias tupidas, tenía más claro que, pese a las otras mujeres con las que había estado en los últimos meses, nunca había dejado de pensar en ella. Busqué sus labios en la oscuridad del coche y jadeé despacio antes de besarla, sellando aquella revelación conmigo misma. El tiempo se dilató durante el trayecto: sus manos se perdían en el hueco entre mis piernas, mis dedos buscaban la piel entre el terciopelo, nuestras bocas jugaban y trataban de acallar gemidos.

—Señoritas, hemos llegado.

Ya puedes leer la segunda parte aquí: Milagro navideño (II) – Relato lésbico