Pactaron verse frente a una puerta discreta de la rue Saint-Denis, apenas marcada por un símbolo casi invisible y un timbre sin nombre. Lucía llegó unos minutos antes, como siempre que algo le importaba de verdad. París estaba húmedo, la noche respiraba un otoño tardío, y ella pensó que aquel club privado kinky era solo una excusa. Lo que de verdad le atraía era el gesto de atreverse, de no ir sola, de confiar en la intuición que le había provocado un perfil en una app de citas.
Él apareció sin hacer ruido, como si hubiera estado allí desde siempre. Quizá en un rincón, escondido, esperando a que Lucía apareciera para poder ver cómo era aquella mujer tan determinada con la que había chateado toda la tarde. No era exactamente como en las fotos, o quizá sí, pero la diferencia era otra: la forma en que le miró, sin prisa, como si no tuviera que demostrar nada. Se saludaron con dos besos que se quedaron suspendidos un segundo más de lo normal. Lucía notó ese pequeño desajuste, esa electricidad mínima que no se puede fingir. El club estaba delante de ellos, pero en ese instante dejó de existir.
Hablaron de cosas banales, de lo absurdo que era quedar directamente delante de una puerta cerrada, de cómo París tenía la capacidad de convertir cualquier cita en una promesa. Él le dijo su nombre; ella sonrió al escuchar cómo lo pronunciaba con un acento que no era del todo francés. Hubo una risa compartida, una complicidad precoz, y entonces, Lucía entendió que la noche ya había cambiado de dirección.
—¿Y si no entramos? —propuso ella, casi en un susurro, sorprendida de su propia audacia.
No hizo falta explicarlo más. Caminaron juntos sin tocarse apenas, pero conscientes de cada movimiento del otro. El trayecto hasta su piso fue corto y largo a la vez, lleno de silencios cargados y frases que se interrumpían porque no eran necesarias. Subieron las escaleras antiguas de un edificio regio, y Lucía pensó que ese sonido —el de los pasos acompasados y la respiración compartida— quedaría grabado en su memoria más que cualquier música del club al que no fueron.
El piso olía a libros, a café frío y ceniceros llenos. Lucía encendió una lámpara pequeña, dejando el resto en penumbra. París se filtraba por la ventana como un rumor lejano. Se quedaron de pie, mirándose, conscientes de que esa cita ya se estaba tintando de otro color. Él le preguntó si estaba segura. Lucía respondió acercándose un poco más, acortando la distancia hasta que el aire entre ambos se volvió casi tangible.
El primer beso fue lento, exploratorio, como si ambos quisieran memorizarlo. No había urgencia, sino una atención delicada, una curiosidad mutua que se expresaba en cada gesto. Lucía sintió cómo algo dentro de ella se aflojaba, una tensión antigua, lejana, y pensó que hacía tiempo que no se permitía estar así: presente, abierta, sin las expectativas rígidas de siempre.
Se quitaron la ropa como quien deja caer capas innecesarias. Cada prenda era una confesión silenciosa. La noche avanzaba al ritmo de sus respiraciones, de caricias que no buscaban conquistar, sino comprender. El tiempo perdió su forma lineal; solo existía esa habitación, ese encuentro improbable nacido de una app poco fiable y transformado en algo mucho más íntimo.
Lucía se descubrió observándose a sí misma desde dentro, consciente de su cuerpo y de sus pensamientos, de la manera en que el deseo no siempre es un incendio, a veces es una marea lenta que lo invade todo. Él parecía percibirlo, adaptarse a ese tempo, acompañarla sin imponer. Hubo momentos de risa suave, de miradas largas, de silencios que decían más que cualquier palabra.
Cuando finalmente se quedaron quietos, abrazados, la ciudad seguía allí afuera, indiferente y eterna. Lucía pensó en el club, en aquella puerta fría, cerrada, que había sido el inicio de todo, y sintió una gratitud inesperada por haber cambiado de planes. No todas las noches ofrecen la posibilidad de ser inolvidables; algunas se limitan a pasar. Esta, en cambio, se iba a quedar.
Se durmieron un rato, o quizá solo descansaron con los ojos cerrados. Al amanecer, la luz gris de París entró tímida por la ventana. Compartieron un café, unas pocas palabras honestas, una sonrisa cómplice. Al despedirse, Lucía supo que, pasara lo que pasara después, esa noche ya formaba parte de su biografía, de ese archivo secreto donde se guardan los encuentros que nos recuerdan quiénes somos cuando nos atrevemos a escucharnos y a no tener miedo.
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