Una MILF en apuros: ¿Son eróticos los cuernos de un bisonte?

–He descubierto a otro catalán que está bueno, Sergio Brabezo.

–A ver, ni que fuera extraño –me contesta mi amiga Pris.

–Hombre, pues qué quieres que te diga, ya llevamos dos catalanes políticos que están buenos, la media es interesante comparada con otras autonomías –respondo yo.

–De todas formas, Ciudadanos no, tía.

–Estamos hablando de que nos lo follaríamos, no de que le votaríamos, son cosas diferentes –discrepo yo.

–Para buenorro y empotrador, el de los cuernos del Capitolio –dice en ese momento de la conversación Pris.

–Sí, estoy de acuerdo contigo, pero es un ejemplo bien infame. Aunque sí, está muy bueno, pero es un grillao.

–Desde luego.

Esta es la conversación que he mantenido hace unas horas con mi amiga Pris, porque las amigas hablamos de cosas trascendentales como las jodidas subidas de la cuota de autónomos y por supuesto, de hombres. Y en esta breve conversación, Pris ha dado una de las claves sobre las imágenes que todas vimos del asalto al Capitolio, aunque de buenas a primeras no lo dijéramos. Lo pensamos todas las mujeres de bien con buen gusto cuando vimos al hombretón de los cuernos. Nos podía parecer ridículo el atuendo (lo es), la cara pintada (también) y la actitud chulesca pero estábamos de acuerdo en lo esencial: el tipo está buenísimo con su tableta de chocolate y su pelambrera, y me refiero a la que adorna su pecho aunque sobre esto hay mucho que decir (sobre la cuestión pilosa, digo) porque a mí no me apasiona el pecho en pelo pero oye, bien que me gustaba Pierce Brosnan en sus años de Agente OO7. Y tenía pelambrera también…

Pero volvamos al imitador de Jamiroquai y ese físico de cortar troncos de árboles en el parque Yellowstone con sus brazos y torno bien torneados y para más morbo, repletitos de tatuajes. Nos pone porque hay que decirlo, está rebueno y porque nos puede gustar, confesemos, esa estética de chico malo, de brutote, de hombre recién salido de las cavernas. Pero en este caso no es solo un chico aparentemente malo sino que además, le faltan varios hervores o la patatina pal kilo, que dirían en Asturias. Y por varios motivos: no solo porque piense que pertenezca a una raza superior a las demás (en esta cuestión, querido Jake Angeli, que así es como se llama el animal en cuestión, no vamos ni a pararnos un minuto) sino por ir sin camiseta con las temperaturas actuales. Sin mascarilla (debe pensar que los pertenecientes a esa raza superior no se contagian de coronavirus) y, además, con un casco de bisonte. ¿Era necesario ese casco, Jake? Really?

Chico, no sé, a mí no me da por pensar en encaramarme en los leones del Congreso para intentar acceder de forma no autorizada al interior pero desde luego, si se me pasase por la cabeza, no iría vestida de esa guisa y menos con un casco de bisonte en la cabeza. No sé, me pondría algo cómodo, para poder correr, que en estas cosas se corre mucho (salvo que seas Jake Angeli o un gordo americano de raza blanca con carnet de la Asociación del Rifle asaltando el Capitolio) y hay que llevar ropa que facilite la fuga. Y a mí el casco no me parece que ayude en la huida, pero fotogénico es un rato, en eso estoy de acuerdo.

Me imagino a Jake eligiendo la ropa esa mañana, horas antes del asalto al Capitolio: ¿qué me pongo? ¿la piel de oso por los hombros? ¿el casco del águila imperial o las plumas de native american? Cuando uno tiene tanta fauna donde elegir, y Estados Unidos es rico en zumbaos y en fauna, es lo que tiene, que no es fácil decantarse por un atuendo u otro…

Pero no nos dejemos llevar por las apariencias, chicas: porque vemos a este mozo por la tele y nos parece que está muy bueno, que lo está, como demuestra su pecho al aire (que por eso lo llevabas así Jake, que si hubieses sido el americano seboso que se zampa tres hamburguesas cada noche te habrías agenciado una camiseta ancha y descolorida) pero a ti se te presenta un maromo así en casa y no nos engañemos, le echas de tus dominios a las primeras de cambio. O llamas a la López Ibor diciéndoles que se les ha escapado un sujeto porque esa vestimenta mola si estás grabando la segunda parte de Brave, pero ya. Así, para un encuentro sexual o para asaltar el Congreso pues como que no. Es pura fachada, ganas de verte en las portadas de los periódicos y en Instagram. Que eso es lo que eres Jake: un ídolo de Instagram, flor de un día.

Lo peor de todo no es que su atuendo nos pueda parecer más o menos ridículo sino que creo que a Jake la ropa se la eligió su madre esa misma mañana porque me da la impresión de que este machoman es un macho de cara a la galería pero fijo que sigue viviendo con su madre. ¿Qué por qué lo sé? Hombre, pues porque su madre se ha quejado a la juez de que a su hijo no le dan los alimentos orgánicos que conforman su dieta de chamán en prisión. Madre mía Jake, con lo empotrador que pareces y ya tan crecidito (33 años) que tenga que ser tu madre la que te saque las castañas del fuego y se queje de que no te dan tus alimentos orgánicos. Que además, ¿qué cojones son los alimentos orgánicos, semillas y frutos salvajes del bosque? ¿Raíces y bayas? ¿Qué somos, osos?

Querido, llevo un rato meditándolo y lo nuestro no podría ser: primero porque a mí me daría la risa si te vistieses así para salir a la calle, fueses a comprar el pan, a dar un susto en Moncloa o a por cuarto y mitad de chóped. Segundo, porque en mi casa comemos de todo. Tercero, porque tu madre no iba a vivir con nosotros, eso lo tengo muy claro, que ya bastante tengo con las herederas en casa como para meter a tu madre. Y cuarto, porque yo no puedo con los que se denominan chamanes: a mí los gurús me dan pavor, me los imagino ahí como Jesús, con los discípulos lavándole los pies, y me genera disonancia cognitiva y una pereza infinita. Te imagino, delante de un fuego en el bosque, intentando convencerme de comerme unas raíces y hablándome de la superioridad de la raza blanca y se me abre la boca, Jake. Y no para comerte la polla precisamente, sino para irme a la cama a dormir. Sola.

En conclusión, amigas: tabletas de chocolate, sí. Pelambrera en pecho, pues según lo que te marque el momento: bien distribuidos, vale. Está claro que en orejas y en espalda no.

Pero, falta de hervores y chamanes, rotundamente no. Y si viven con su madre, menos.

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Sobre Lucía Martín

Lucía no podría vivir sin la escritura, la música ni la tortilla de patatas. De haber vivido en la Edad Media, sin duda alguna, la habrían quemado por blasfema y bruja. Deslenguada, independiente, con sentido del humor, alocada, valiente, rebelde hasta la médula, respondona... Considerando todos estos adjetivos entenderéis por qué su padre considera que ningún hombre, en su sano juicio, querría casarse con ella. Freelance desde 2008, ha publicado en los grupos mediáticos más importantes de España y, como es una amante de la palabra, también ha publicado 7 libros. De momento...

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