La crítica la ha aplaudido unánimemente. Sus premios y nominaciones han sido abundantes. A servidora, la propuesta novel de Harry Lighton, Pillion, estrenada en 2025, con un guion de su autoría a partir del libro de Adam Mars-Jones, la ha dejado un poco destemplada. Ni mucho frío ni mucho calor. Ni indiferencia absoluta ni pasión arrebatada. Cero grados. Veamos la historia y veamos si se explica la destemplanza.
Sinopsis de «Pillion»
Colin es un tipo rarito, no por ser gay, por supuesto, podría ser astronauta o tener la orientación erótica que fuese, que seguiría siendo rarito.
Vive con sus padres que lo aceptan, lo quieren y amparan hasta la extenuación. Mamá le concierta citas a ciegas con los hijos gays de algunas amigas; papá lo lleva en coche cuando Colin quiere salir… todo es tolerancia, optimismo y felicidad en la familia de Colin. Y eso que su madre padece un cáncer terminal y que su padre tendría dificultades para hacer una O con un canuto…
La impresión es que esa comprensión y sobreprotección han conseguido en Colin, además de ser un buen tipo, hacer de él alguien con una falta de carácter reseñable (mastodóntica, diríamos al ir viendo el metraje) y una forma de estar y aparentar de aquellos que en Francia definiríamos como une tête à claque (esas personas que, cuando te las encuentras por primera vez, lo primero que te viene a la cabeza es darles una colleja a ver si espabilan un poco).
La actuación de Harry Melling en el papel de Colin no es solo que sea principal, es que resulta magistral y no deja particularidad, matiz o quiebro de Colin sin barrer. Tenemos aquí los tres primeros personajes. Llega el cuarto. Un motero guapo hasta lo ofensivo. Sexi, lleno de carácter y determinación. Y gay, como era de esperar. Ray.
Con el devenir de la historia la sensación que va dejando, voluntaria o involuntariamente por parte del director, es que toda esa solvencia de personalidad en realidad es una fachada, una defensa frente a lo radical del personaje. Ray es, si cabe, más rarito que Colin. Solo que, si a Colin le soltarías una colleja, a Ray le soltarías un buen polvo (o todos los que se dejase).
Nada se sabe de Ray: de dónde viene, a qué se dedica o qué pretende afectivamente con Colin. De hecho, Alexander Skarsgård (el magnífico actor sueco que lo encarna) tiene menos líneas de guion que un soldado de las tropas imperiales en La guerra de las galaxias. Ya estamos todos.
Viene el afecto entre Colin y Ray. Ambos se conocen y establecen una relación BDSM. Rarita, también, rarita de cojones. En realidad, quien la establece es Ray, pues Colin solo se deja llevar entre el pasmo, la obediencia y la fascinación hacia aquel que va a transformar su vida para siempre. No es que con esta catarsis Colin vaya a sacar carácter, es que va a hacer de la falta de carácter su identidad.
Estéticamente, Ray (que parece sentir atracción por esa vulnerabilidad y torpeza) va a transformar a Colin (que siente atracción por Ray al completo) en una especie de punky del SEPU: le rapa el pelo, le pone un collar, le hace llevar ropa ajustada y lo lleva en moto mientras el espectador aprecia lo que quizá son las escenas más hermosas de la película: Colin sujetándose a la cintura de Ray mientras la moto cruza rauda las carreteras de cualquier periferia británica. Y no solo le transforma el atuendo, sino que lo humilla. Lo humilla, como se supone que ansía un sumiso o un esclavo, continuamente. Sin tregua. La relación, como decíamos, es rarita, pero no porque se trate de una erótica de dominación y sumisión, sino porque en ningún momento parece que Colin haya aceptado ese juego (haya consentido). Y sin esa pequeña premisa, la del consentimiento, la relación no es BDSM, es de maltrato.
Tráiler de «Pillion»
Análisis de dos escenas de «Pillion»
Aquí van dos escenas sin destripar en exceso la película.
La primera, la charla de la madre con Ray poco antes de morir, cuando el mundo de la comprensión infinita parece desplomarse. La madre, que se sabe ya plantando malvas, se indigna súbitamente por el punto al que está llevando Ray a su hijo. En su indignación, vemos reflejos de la envidia por el hijito que ahora empieza a obedecer a pies juntillas no tanto a ella como a un extraño del que no saben ni si su nombre es su nombre, pero vemos también algo que flota en toda la película: el discurso que emana de lo que podríamos llamar «el principio de realidad». El «¿Qué coño estás haciendo?», el «¿De qué vais vosotros dos creyéndoos que habéis subvertido algo cuando en realidad sois dos descerebrados que no sabéis ni ataros los botines?». ¿Tiene razón la madre? El director no da pistas y hace bien. Ese es el punto fuerte de la película: su ambigüedad moral y la exigencia hacia el espectador de decidir si lo que está viendo es una relación de amor celestial o simplemente un macarra abusando de un pobre tipo más tonto que listo.
La segunda escena es casi cuando se va concluyendo y no nos quedan ya palomitas en el bote; cuando parece que Colin va a triunfar convirtiendo su «relación afectiva» con Ray en una relación de pareja «normalizada» como esas de los novios que van al parque a dar de comer a las palomas, a pasear por el centro comercial y se dan besitos. Aquí seré yo la que deje a los espectadores que me la expliquen. Desconozco, más allá de lo evidente, la intención del autor con ese giro de guion que me parece mucho más pirotécnico que balístico.
Conclusión
El resultado, el anticipado. No sabes si ponerte la manta o pegarle dos guantazos a la pantalla. Y quizá no sea mala sensación esa. Hay veces que el ni tanto ni tan calvo es una buena conclusión de principio. De principio de realidad, por supuesto.
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