Alguien me contaba una vez que para distinguir las mejores gambas en un plato había un sencillo truco: «Las mejores gambas son aquellas que están al lado de las pequeñas». Una estrategia infalible.
Sucede que en la realidad de los platos de gambas abundan más las pequeñas y, hasta que pillas una grande, te has comido unas cuantas de menor calibre. The voyeurs, la película de Michael Mohan, estrenada en Prime Video en 2021, es una gamba pequeña. Una gambita. Sin el sabor condensado del camarón y lejos, muy lejos de una suculenta langosta. Una propuesta que, en el terreno erótico, se apoya en aquello del «ver», pero que no hace gran cosa por ser vista.
Mirar al vecino: el punto de partida de «The voyeurs»
La sinopsis puede ser tan breve como lo que tarda uno en ver la gamba (pequeña) y evitaremos anticipos por si alguien se quiere enredar en la propuesta.
Una pareja joven (la verdad es que, más que joven, parecen dos adolescentes en busca de su primera cuajada) alquila un pisazo de esos que solo se ven en los anuncios de perfumes. Frente a ellos, se divisa al completo el piso de otra pareja que ya, desde el principio, se dedica de manera «expuesta» a lo del bello fornicio. A partir de ahí, el mirar de los recién llegados, el ver (y creer comprender) las problemáticas de su pareja vecina, y un desarrollo de thriller que, como ambas parejas, no parece dirigido a un público que sepa lo que es pagar una hipoteca. Los actores de la pareja que mira son Sydney Sweeney (bien para representar quince años menos de los veintiocho que tiene) y Justice Smith de quien debo confesar que sabía aproximadamente nada. El título no engaña: The voyeurs.
Tráiler
La pulsión escópica: mirar para ser visto
El psicoanálisis, siguiendo tesis como las de Hegel, caracterizó la ontológica necesidad de reconocimiento como una pulsión a la que dio el nombre de «escópica» (del griego skopein, «mirar»). Mirar para ser visto. Algo capital en la conformación del sujeto que, si seguimos las tesis de Lacan en la incipiente fase que denominó del espejo, permite al infante crear una identidad imaginaria (nada menos que el «yo») en función de esa operación de mirada de ida y vuelta. Algo que vemos hoy en día por la proliferación de adolescentes, de aquellos que por «adolecer» de propiedad no hacen más que mirar y ser mirados, en todos los estadios sociales.
Así, en la pulsión escópica, el sujeto busca una propiedad de sí mismo de la que carece y busca una aceptación («reconocimiento») por los suyos (la madre, por ejemplo, pero también su especie) que le explique quién es desde su relación con los demás. Aquello de Lacan de que «Mi deseo es el deseo del otro» o, como diría Nicolás de Cusa: «Yo soy yo porque tú me ves».
Es mirando como nos vemos a nosotros mismos, es mirando como nos mostramos para vernos. Por eso, y porque mirar es la manera de desvelar (recuérdese que «verdad» en griego es alétheia: «desvelamiento»), el mirar hasta lo siniestro que no debería ser visto se integra en esas actividades humanas que producen «gozo». Nos gusta mirar hasta debajo de las piedras.
«Escopofilia» es el término que designa de manera algo más clínica e incriminadora el concepto de voyerismo: la erótica que disfruta de manera más o menos persistente o más o menos exclusiva de la acción de ver a personas en una interacción sexual. Algo que, como decimos, no es ajeno a ninguno de nosotros y que solo debería considerarse problemático cuando afecta la libertad del sujeto que mira o del observado.
Su contrapartida, encajada en el mismo encuadre psíquico de la pulsión escópica, es el exhibicionismo. El cómo y el qué ver o mostrar centra la problemática y el quebradizo hilo argumental de esta tenue película. Dicho de otro modo: el largometraje se enfoca en el olvidar, como anunciara Nietzsche con mucho más filo y hondura, aquello de que: «Si miras mucho tiempo al abismo, este también mira dentro de ti».
Una película sobre mirar que no se deja ser vista
En The voyeurs, nos encontramos con una propuesta con la enésima vuelta de tuerca a esa temática inacabable del mirar y ser visto que, quizá, inaugurara magistralmente en el cine contemporáneo Hitchcock con La ventana indiscreta. «Género» que en sí mismo ha sabido abrir poderosos caminos de reflexión, pero sobre el que la propuesta de Mohan pasa casi sin pisar, sin dejar huella alguna, prácticamente sin ser vista. De tal forma que el espectador, verdadero voyeur y protagonista principal de cualquier narrativa cinematográfica, es bastante desatendido o, en cualquier caso, infantilizado con una serie de metáforas de uso común (que si asociar el ojo a un huevo, que si el trabajo óptico de la protagonista o la actividad fotográfica del chico de enfrente así como el «cegador» final) que, más que una trama, crean un deshilachado en el que se ve con claridad el cabo del hilo y a dónde va a ir a parar la madeja.
Una trama delgada como el bigote de una gambita. Una propuesta, en definitiva, sobre la incitación del mirar que no incita a ser vista.
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