Mujer con vestido negro sosteniendo cuerda de yute en escena de kinbaku con iluminación cálida

Las noches de Korai (V): Kinbaku

La cuerda no siempre aprieta la piel: a veces tensa algo más profundo. Entre el silencio que pesa y el deseo que empuja, Coral está a punto de cruzar una línea de la que no se vuelve igual. Korai ya lo está deseando.

Si no lo hiciste, puedes leer el capítulo anterior aquí: El intruso.

Kinbaku

La cuerda raspa. No duele. Aún no lo hace.

El yute cruza la clavícula por tercera vez y deja una estela rosada, viva, mientras las manos, ágiles, enroscan en un lazo holgado el sobrante. Dos dedos le levantan ligeramente la barbilla mientras vuelven a deslizar la cuerda por su piel. Una vuelta más, un tirón leve, aprieta sin apretar apenas. Y el calor continúa acumulándose bajo la dermis amenazando con prender.

Coral no sabe lo que viene, pero poco le importa, todo mejor que ese silencio. Su silencio.

Peor que cualquier orden.

***

Después del orgasmo en el despacho, después de la nota que decía «Suficiente», no había llegado nada más. Ni un mensaje, ni una vibración, ni una palabra. Seis días de vacío absoluto. Coral había esperado, con ansiedad, con rabia. Cada noche, al acostarse junto a Javi, sentía cómo su jauría interna empezaba a gruñir. Korai ya no quería obedecer. Korai quería ser tomada, vista, devorada. Y él había decidido desaparecer.

El jueves por la noche, harta de esperar, abrió el correo y encontró el recordatorio de un retiro de yoga del que había oído hablar meses atrás. Lo reservó en menos de dos minutos. No era una huida. Era un «que te jodan» dirigido directamente a él. Al hombre que creía que podía aparecer y desaparecer a su antojo.

Llegó el viernes por la tarde. En el bolso, la invitación en un sobre con aroma a lavanda. En una maleta pequeña, lo mínimo necesario: ropa holgada, cómoda, clara —requisito indispensable— y un neceser. El móvil, los cargadores, el reloj… todo se quedó en casa. No quería medir el tiempo. No quería esperar mensajes que no llegarían.

El retiro de yoga huele a pino y a algo dulce que identifica nada más entrar en la sala: cera de abeja. Rodeando un círculo de colchonetas, decenas de velas encendidas hacen bailar sombras en las paredes. Las dos chicas jóvenes vestidas de lino blanco recogen las tarjetas de invitación de los asistentes y les acompañan a sus habitaciones. En el centro de la sala, una figura sonríe y espera, las manos cruzadas. Erguida e imponente. Y en total silencio.

Poco a poco todos vuelven y se sitúan en sus colchonetas, ya cambiados de ropa. Hay intercambios de miradas, nervios, interés. Los murmullos van diluyéndose. Las instrucciones son claras y sencillas. Los tiempos y actividades los marcan ellas, con un pequeño gong. Coral era la única pieza suelta y lo nota en las ojeadas de curiosidad. Una mujer sola en un retiro de parejas. Que miren, piensa. No saben lo que llevo dentro.

La tarde pasa en un suspiro: yoga y meditación mecidos por sonidos de cuencos tibetanos, una cena ligera y pausada. Varias veces siente el ansia de conexión, el impulso de buscar el móvil (o un mensaje) o mirar la marca pálida en la muñeca donde antes llevaba el reloj. Al día siguiente la ansiedad casi ha desaparecido.

El sábado por la mañana, en los ejercicios en pareja, Noa se sitúa junto a ella. Le corrige la postura con dos dedos en la base de la columna — un contacto breve, preciso, en apariencia neutro. Le endereza los hombros con las palmas. Le inclina la barbilla un centímetro hacia arriba con un dedo. Cada corrección dura apenas un segundo. Coral tarda algo más en olvidarla.

Durante la meditación guiada, la voz de Noa invade todo. Coral bebe su palabra como de una esponja. Se empapa de ella y la deja invadir su cuerpo. Entra en el aire que inspira, penetra en sus pulmones, viaja bajo su piel y acaricia desde dentro. La nota burbujea por todo su cuerpo. Y cuando Noa dice —en un murmullo que parece dirigido solo a ella— «entrégate al peso de tu propio cuerpo», Coral siente cómo todo se le afloja en el interior. Es, entonces, cuando Korai toma aliento…

Y llega la tarde: la demostración y clase de kinbaku.

Las chicas piden un voluntario. Nadie se mueve durante los tres segundos exactos en los que Coral tarda en levantar la mano. No sabe si lo hace por deseo o por rabia. Quizá en un desafío dirigido al hombre que no está allí.

La hacen arrodillarse sobre el tatami, en el centro del círculo. Las manos posadas sobre los muslos, relajadas. Las parejas observan desde las colchonetas. La música es un pulso lento, casi orgánico, difícil de separar del sonido de la leña en la chimenea. El incienso —sándalo, no el cítrico que detesta— se enrosca en columnas finas hacia el techo.

—Respira hondo —escucha a Noa—. Cierra los ojos, Coral. Respira conmigo.

El contacto llega desde atrás. Los dedos recorren con suavidad sus hombros, su espalda, sus brazos. Pronto. Pronto olvida que hay gente mirando y se centra en esas caricias sobre el algodón de su camiseta. Una de las manos se separa mientras la otra se posa en su nuca. Le lleva las muñecas a la espalda y coloca sobre ellas la cuerda de yute. Le deja familiarizarse con ella. Coral palpa su textura áspera y un olor a campo seco le sube a la nariz.

Un brazo la recoge por delante, sobre el esternón y la lleva ligeramente hacia atrás mientras siente su aliento sobre el cuello. Noa apoya su mejilla sobre la suya, respirando despacio y otro brazo la rodea por el vientre. Los cuerpos se unen. La música la mece y lo mismo hace Noa con su cuerpo, oscilando en ondas muy suaves con el suyo abrazado.

Se disuelve. Coral se disuelve en el agua en la que comienza a nadar Korai. Su respiración busca la cadencia pausada de la de Noa hasta que se vuelven una.

El cuerpo de Noa se aparta ligeramente y la mano en su huida arrastra algo por su pecho. No se ha dado cuenta de que ya no estaba en sus manos. El olor a campo seco del yute regresa, mezclado con el de la cera de abeja, y se amarra a su piel.

Con lentitud, Noa continúa rodeando su cuerpo con la cuerda, apretándola ocasionalmente. Cada pasada es ceremoniosa y precisa. Cuando la soga desciende entre sus piernas y se clava suavemente contra su entrepierna, Coral contiene el aliento. La cuerda roza con delicadeza, pero constante, separando, en su arrastre, los labios de su sexo y raspa justo sobre el clítoris con cada pequeño ajuste de presión.

Poco a poco siente que se humedece. Comienza con un calor íntimo, bajo la ropa, que ella teme que se extienda y acabe empapando la áspera fibra del yute. Pero no puede moverse para desplazar el roce y la excitación. Cada vez que Noa tensa la cuerda, el nudo aprieta y frota esa carne sensible, enviando pequeñas descargas que le recorren el vientre y le endurecen los pezones contra la tela de la camiseta. Intenta mantenerse quieta, pero su cuerpo la traiciona —o ella así lo cree—: un leve balanceo involuntario hace que la soga se hunda un poco más, presionando con más insistencia contra su clítoris hinchado, un gemido apenas audible, un suspiro…

Un calor espeso y traicionero se acumula entre sus piernas. Sabe que si Noa tirara solo un poco más fuerte, si ajustara el nudo con un solo gesto más preciso, podría ronronear delante de todos. La vergüenza y la excitación se mezclan en una espiral peligrosa. Está mojada. Y es seguro que es visible. Esa certeza la excita aún más.

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Se siente flotar a pesar de estar cada vez más restringida. La novedad o la excitación. Da igual la causa.

Noa ahora se mueve despacio a su alrededor, sin romper el contacto físico en ningún momento. Continúa envolviendo lazadas a sus caderas. Recorre su cuerpo y teje figuras sobre sus muslos. Coral pierde el sentido del tiempo. Quizá han pasado horas o puede que apenas unos minutos. Se siente barro en manos de su rigger, quien esculpe su figura a base de amarres de yute. Y Korai fluye en esas manos.

Noa se detiene y un murmullo de sorpresa recorre la sala seguido de aplausos. Coral parpadea, aturdida… La sala es demasiado brillante, demasiado ruidosa de repente, y las voces le llegan con una capa de retraso, como si el sonido atravesara un aire denso de gelatina antes de alcanzarla.

Korai apenas logra observar los intrincados dibujos que adornan su cuerpo cuando las dos chicas jóvenes se arrodillan a su lado y empiezan a deshacer los nudos. Korai observa sus manos sin comprender del todo lo que hacen. Cada nudo que cede le devuelve un centímetro de una piel que ya no era suya. El yute se desprende y donde estaba permanece una línea rosada, que late levemente. Ella la roza con la yema del dedo. No quiere que desaparezca.

Demasiado pronto la ponen de pie. Demasiado pronto la acompañan a la colchoneta.

Le ofrecen un té de jazmín y la envuelven con una manta fina. Korai bebe con sed.

De lejos observa cómo Noa habla en voz baja con algunas de las parejas que torpemente han tratado de emular su virtuosismo.

Más tarde, la cena vuelve a transcurrir en absoluto silencio, a veces roto por algún pequeño susurro entre las parejas. Korai no tiene hambre. Sigue en el trance de las cuerdas y se palpa con disimulo las marcas rugosas sobre la piel. Dos veces que levanta la mirada se encuentra con los ojos de Noa mirándola fijo. Se los sostiene sin sonreír, con la sangre galopando en la sien.

Más tarde, en su habitación, mientras se observa en el espejo las huellas del yute, suena un golpe suave en la puerta.

Noa está en el quicio, tendiéndole la mano.

Continuará…

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