mujer atada con cuerdas en una escena de shibari y dominación sensual

Las noches de Korai (VI): (Des)atada

En el estudio de Noa, Coral descubre que algunas cuerdas no solo aprisionan: penetran. Entre los nudos del yute, el silencio se rompe (des)atado en gemidos.

Si no lo hiciste, puedes leer el capítulo anterior aquí: Kinbaku.

(Des)atada

Noa conduce a Coral a su estudio personal. Allí no hay público ni miradas, y no hay voces susurrantes. Solo velas, música y un suave aroma a cera y sándalo. Noa la sitúa en el centro de la sala sobre una esterilla parecida a la que usó antes.

Se miran a los ojos, no hablan. Noa da algunas vueltas caminando alrededor de Coral; observándola, conociéndola en silencio. A ella, el corazón le galopa en el pecho.

Por fin, las manos que antes la ataron comienzan a eliminar las pocas capas de ropa que aún visten a Coral. Siempre sin dejar de mirarla a los ojos, buscando el consentimiento en sus pupilas. Esta vez no la arrodilla. Le coloca las manos tras la nuca y de nuevo pasea a su alrededor contemplando su cuerpo desnudo en silencio. Se coloca a su espalda, se pega a su cuerpo e inmoviliza sus muñecas. No dice nada, pero su aliento respira en su nuca erizando toda la piel de Coral.

El roce del yute sobre la piel se siente diferente: es más áspero y, a la vez, más íntimo. Coral lo siente recorrer su clavícula, pero no cierra los ojos: siente cómo recorre el mismo camino que antes pero ahora, sin algodón de por medio, sin nada que amortigüe el roce. Fibra contra piel.

Coral se deja hacer, pero su mente no está del todo allí. Mientras Noa teje un mosaico de rombos y nudos por su torso, mientras rodea sus pechos con lazadas, mientras la cuerda pasa entre sus piernas, Coral piensa en él por un momento. En su silencio. En cómo había desaparecido. De nuevo. Cierra los ojos y los aprieta, fuerte. Desea escupirle fuera de su mente. Se concentra en la música, en el chasqueo de las cuerdas, las pisadas de Noa…El olor a tierra del yute aceitado se mezcla con el de las velas. Y poco a poco, los ojos oscuros empiezan a difuminarse y su respiración comienza a acelerarse.

Las manos se detienen acariciando el rostro de Coral, palpan los ojos. Noa posa una mano sobre su pecho, respira con ella. Apenas dos minutos después, vuelve despacio a su tarea. Los dedos pasean sobre las fibras tirantes, exploran la carne hinchada y enrojecida entre los ríos de yute y acarician la piel suave y tersa de los pechos realzados por las cuerdas. Los pezones erectos y desafiantes brillan a la luz de las velas. Las manos se posan a ambos lados del rostro, la mira a los ojos.

—Coral —murmura Noa, y Coral abre los ojos. Su nombre le suena extraño en ese lugar. No es lugar para Coral.

Por eso es Korai quien sonríe y se deja besar. Los labios descienden por su cuello y Korai se comba, deseando ofrecerse más, pero sin poder hacerlo. Noa entiende y mordisquea un pezón para volver a invadir la boca entreabierta. Con destreza, enlaza con yute una de las piernas de Korai y restringe el muslo elevándolo y pegándolo al gemelo. Noa se separa un momento y observa Korai, palpitante, en precario equilibrio sobre un pie.

Tira de una soga que cuelga de una pared y un mecanismo se sitúa a la altura de Korai, sobre su cabeza, rodeándola de una lluvia de cuerdas rojas. Noa continúa tejiendo con maestría con todas ellas, rodeando más aún el cuerpo de Korai. De repente, la abraza, la voltea, y los pies de Korai se separan del suelo. Ahoga un grito, pero el cuerpo no cae: flota, tenso y ligero al mismo tiempo, sostenido por nudos que saben exactamente cómo sostener. Noa activa un mecanismo y Korai se eleva. El aire se respira diferente así colgada. Más quieto. Noa la observa con los brazos cruzados y Korai se descubre deseando esa mirada, deseando ser exactamente esto: el centro de toda la atención de Noa, suspendida e inmóvil. De Noa. Solo de Noa. Y el nudo que lleva en su interior muerde, rabioso, envidioso.

Mira fijamente a Noa a los ojos. Desafiante. Se sabe restringida, colgante y expuesta. Y le gusta.

La humedad resbala por el interior de sus muslos. Noa recorre ahora su cuerpo a placer, provocando un ligero bamboleo. Se detiene a besar sus pechos, aprisionarlos entre sus dedos, muerde sus pezones. Korai gime, con un sonido que no reconoce como suyo, más ronco y profundo, arrancado desde otro sitio, justo ahí donde se juntan dolor y placer.

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Vuelve a jugar con las cuerdas y su cuerpo gira de improviso… ahora casi totalmente boca abajo con su melena rozando el suelo. Ya solo ve los pies descalzos de Noa pasear a su alrededor y se siente más expuesta que antes. Los labios recorren sus piernas, sus muslos. Y siente el aliento acariciante en su sexo hambriento. Sin roce, solo el aliento caliente y húmedo sobre sus labios hinchados y empapados.

Más, piensa Korai, suplicante. Pero no. Noa tira despacio de las cuerdas y el cuerpo de Korai desciende. La abraza y sostiene ayudándola a caer despacio. Los pies tocan el suelo, pero las piernas no responden del todo — se siente en otro sitio todavía, flotando. Noa la sujeta por la cintura hasta que el equilibrio vuelve, sin prisa, sin palabras. Y, sin saberlo, está abrazando su vulnerabilidad.

La sienta sobre la esterilla y empieza a deshacer los nudos. Sus dedos trabajan despacio, revirtiendo el proceso anterior. Cada nudo que cede es una caricia, no una liberación, pues el yute permanece apretando, ahora invisible. Las cuerdas resbalan por su piel y Korai las siente marcharse llevándose su calor.

Cuando la última cae, Noa da un paso atrás y acerca un lienzo claro con el que cubre a Korai, abrazándola y compartiendo su calor unos minutos. Luego se levanta y aleja unos pasos.

Se queda inmóvil un momento —mirándola, dejándose mirar. Korai observa desde abajo mientras Noa se despoja de la camiseta con la misma calma con que antes ataba nudos en su cuerpo. La ropa cae. Korai siente el calor que le sube por la garganta. El pulso que se le instala entre las piernas. Noa termina de desnudarse sin apartar los ojos de ella y, cuando se arrodilla a su lado, al contacto con esa piel le recorre un estremecimiento.

Noa actúa sin prisa. Y eso descoloca a Korai, que siempre ha conocido el deseo como urgencia. Las manos recorren su espalda, sus costados, la línea de sus caderas; aprendiendo sus curvas, sus gemidos. La boca de Noa encuentra su cuello y se detiene respirando ahí, hasta que Korai gime sin querer.

—Sí, pídeme así… —murmura Noa.

Sus dedos bajan por el vientre de Korai, rozando apenas, trazando el camino antes de recorrerlo con su aliento. Korai arquea la espalda buscando más contacto y Noa se aparta un centímetro —solo un centímetro— sonriendo contra su piel.

—Shhhhh. Todavía no.

Korai puede con el dolor de las cuerdas pero no sabe ser paciente cuando el deseo le urge.

Sus propias manos buscan el cuerpo de Noa y lo recorren igual, sin instrucciones, escuchando sus gemidos y aprendiendo a ciegas. La piel es suave donde no esperaba suavidad. Firme donde no esperaba firmeza. Noa la deja explorar durante exactamente el tiempo que decide, y luego vuelve a tomar el mando.

Coge un trozo corto de yute y lo dobla con cuidado, haciendo nudos a intervalos regulares. Korai observa y los cuenta. Cuatro. Cinco. Seis.

Separa sus piernas con una mano —un gesto suave que no admite réplica— y pasa la cuerda entre ellas. La sujeta por delante y por detrás y tira hacia arriba, muy despacio. El primer nudo encuentra su sexo y Korai se queda sin aire. El segundo la hace agarrar la esterilla con los puños. El tercero le arranca un gemido ronco.

—Quieta —dice Noa.

Korai obedece. O lo intenta.

Las manos de Noa no paran —recorren sus muslos, sus pechos, su vientre— mientras la cuerda hace su trabajo. Cada pequeño movimiento de Korai desplaza los nudos por su coño y el desplazamiento la atraviesa entera. Noa sabe lo que hace y lo calibra. Tira un poco más. Afloja. Vuelve a tirar. Korai se retuerce de placer, gime, busca atrapar a Noa con manos y piernas, pero no se lo permite. Korai boquea y Noa tumba su cuerpo sobre la esterilla, apoyando una mano sobre su vientre, justo encima del pubis y con la otra presiona el áspero yute contra su sexo, empapándolo con sus jugos. Sin dejar de apretar, lo enrosca y lo va introduciendo poco a poco en su interior, hasta que desaparece casi por completo. Korai gime, y Noa le tapa la boca con la mano, inmovilizándola. Después, se inclina y mira a Korai a los ojos, a un centímetro de su cara:

—Disfruta…, Korai.

Korai parpadea rápido, pero Noa no le permite pensar. Comienza a sacar los nudos uno a uno, despacio, y cada uno que sale provoca un espasmo que Korai muerde en la mano de Noa. Dos, tres, cuatro…

Serpenteante, Korai logra girarse y colocarse sobre Noa. Sus manos descubren su cuerpo, brillante de sudor a la luz de las velas. La piel de la curva del vientre, los muslos suaves, cálida  en la cara interna donde el pulso late más rápido. Korai recorre ese mapa despacio, sin instrucciones y descubre que sabe hacerlo. Que su cuerpo sabe exactamente dónde ir. Noa deja escapar un sonido breve —casi una sorpresa— y eso la envalentona.

Sus labios encuentran el cuello de Noa, su clavícula, el inicio del pecho. Se detiene ahí, como Noa se detuvo antes en su cuello, y una mano desciende por el vientre. Noa arquea la espalda hacia ella y Korai entiende que ha encontrado algo. Lo rodea con la boca despacio. Lo aprieta entre los labios. Lame, succiona. Noa hunde los dedos en su pelo y empuja y sus gemidos piden más.

Entonces Noa la tumba y se coloca sobre ella y el peso de ese cuerpo encima es otra forma de retención; contenida, precisa, que no deja espacio para escapar ni ganas de hacerlo. Sus caderas encuentran un ritmo y el de Korai lo sigue sin pensarlo, como antes seguía su respiración. La fricción entre los dos sexos es húmeda, insistente, cada vez más urgente. Korai agarra las caderas de Noa con las dos manos y las acerca más —más presión, más contacto, más de ese roce que ya no sabe si es placer o necesidad o las dos cosas fundidas. Los jadeos roncos llenan la sala, se aceleran y rompen el pacto de silencio gritando sus nombres.

Pero Noa no para.

La boca de Noa baja. Se toma su tiempo en el vientre, en la cadera, en el interior inundado entre sus muslos — mordiéndolo, soplando sobre la piel húmeda. Korai aprieta los puños contra la esterilla. Cuando la boca de Noa llega por fin a su sexo y la lengua experta encuentra su clítoris, Korai exhala en un golpe todo el aire retenido dejando escapar un sonido largo, roto, que llena toda la sala.

No tarda. No puede ni quiere contenerse. Otro orgasmo estalla —se derrama, profundo y continuo, desde el centro hacia fuera, en oleadas que la sacuden entera y que Noa sostiene y prolonga sin piedad hasta que Korai le agarra la cabeza con las dos manos y la aparta.

La sala se llena después de un silencio jadeante.

Más tarde. Mucho más tarde, Noa apaga las velas una a una. Korai observa desde la esterilla sin moverse. En la oscuridad, el olor a yute y a cera de abeja y a sexo y a piel es lo único que queda.

—Gracias —murmura.

Noa sonríe en la penumbra.

—No me las des todavía.

***

Coral regresa a casa el domingo por la noche. Javi la recibe con su ternura habitual, con cena preparada y un beso suave. Ella sonríe, finge cansancio, se ducha y se acuesta temprano.

Bajo la ropa aún lleva algunas marcas tenues del yute.

Cuando Javi se duerme, Coral se queda mirando el techo. La jauría no se ha calmado. Al contrario. Ahora gruñe con más fuerza.

Saca el móvil que había dejado apagado todo el fin de semana y un mensaje parpadea, enviado unas horas antes:

«¿Ya has tenido suficiente silencio?».

Coral se muerde el labio. Sus dedos tiemblan un segundo sobre la pantalla.

No contesta.

Pero por primera vez, no sabe si quiere obedecer… o si quiere que él sepa que ya no está dispuesta a hacerlo.

Continuará…

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