Entre cuerdas y silencio, Marlon descubre una forma de entrega que va mucho más allá del cuerpo.
Puedes acompañar el relato con la canción para una experiencia más inmersiva.
Cegado por las luces
Las Vegas, Nevada, 26 de abril de 2026
La oscuridad era todo cuanto veía, densa y renegrida.
El sonido de su propia respiración hacía eco en su cráneo.
Su cuerpo desnudo, en suspensión, se relajaba, acunado y lánguido por las cuerdas, a la par que se tensaba, aguzándose, palpitante, entre los muslos. Él era la máxima expresión de un oxímoron.
Más allá del antifaz que cubría los ojos de Marlon se hallaba la estancia del apartamento, abierta a la impresionante vista nocturna del fastuoso y luminoso Strip de Las Vegas. El humo del o-senko, por su parte, se enroscaba y giraba sinuoso como el deseo, jactándose de la estéril virulencia del viento de temporada que azotaba los ventanales.
—¿Tienes frío? —preguntó Hanzō con un susurro, a pesar de conocer la respuesta; su fuerte acento japonés se remarcó en la pronunciación de la erre.
—No…, no —titubeó Marlon, aún con la piel de gallina. Antes de oírlo hablar, había detectado el sonido de sus pies descalzos en el tatami, aproximándose a él, pero incluso con mayor anterioridad lo había olido: su perfume, con notas de yuzu y madera de cedro, madurando sobre la salobridad de la piel tatuada… «Bendito sea el Padre», pensó, casi escuchando el clamor del pastor Jordan, seguido del eco de una palmada sobre el púlpito en un abrasador domingo cualquiera en su oriundo Jackson, al salivar, adelantándose al potente regusto de sake en la boca de Hanzō. «¡Kampai!». Su engrosada verga se sacudió como una cascabel bajo el sol del desierto, lejos de las luces y del incesante sonido de las tragaperras.
—Tiemblas… —dijo Hanzō, y extendió la zurda para acariciar uno de los nudos de la cuerda que suspendía del techo a Marlon sobre el tatami—. Lo haces como un tanzaku[1] colgado de una rama de bambú —añadió. Se deslizó por ella, brincando entre lazadas hasta la coronilla de Marlon, y descendió, descendió por su afeitada quijada hasta el esternón. Allí palpó con la punta de los dedos el pectoral, fijándose en el contraste de sus tonos de piel, el cual le rememoraba al juego de teclas blancas y negras de su Yamaha S7X. Bordeó el abultado pectoral solo con el índice, sintiendo el crescendo en el retumbar cardíaco al aproximarse a la areola; al arribar, giró sobre ella y bifurcó hacia el enhiesto pezón. No obstante, escondiendo la sonrisa en una de las comisuras de su boca, bajó partiendo esa vez desde el esternón.
Marlon espiró, trémulo; entonces un único dedo de Hanzō lo acarició como un pincel sobre seda. Este trazó sobre su ombligo un kanji que, por supuesto, no supo interpretar. En la oscuridad que reinaba ante su visión, jadeó, jurando que nunca jamás había sentido cada letra de I Will Follow Him, en versión góspel como entonces: vibrándole en la piel, latiéndole en el torrente sanguíneo, llorándole en los lacrimales y, por ende, mojándole el antifaz. Jadeó y sus caderas dieron un respingo, impelidas por la sensación de urgencia y abotargamiento en los colmados testículos. Por inercia, su erección cimbreó en el aire, regalando perlas de deseo que regaron el amplio glande y le enjoyaron la polla hasta la raíz.
—Oi —murmulló Hanzō; aproximó su boca al oído de Marlon y acunó en la palma de la mano la pletórica plenitud de los testículos. Los hizo danzar en el cuenco de su zurda, como para enfriar un cóctel kamikaze antes de colarlo y servirlo en la copa. El tiempo que Marlon llevaba suspendido había madurado su deseo y había hecho aflorar sus sentimientos: era tan suyo que podría anexionar su caja torácica a la de él y, con sus costillares, constituir una bonita jaula para que sus corazones bombearan al unísono, como un par de pájaros cantores acurrucados en la misma rama.
—Lo siento… No puedo pensar. —«Y apenas hablar», gimió Marlon en la oscuridad, impeliendo las caderas hacia arriba, haciendo crujir el material de la cuerda y chasquear los nudos. Su verga osciló, convulsa, y los testículos piruetearon en el aterciopelado saco. La necesidad por Hanzō se extralimitaba fuera de piel, músculos y huesos; era ya fervorosa, comburente.
—No quiero que pienses, solo escucha —dijo Hanzō—. El problema de revelar deseos antes de tiempo es que corres el riesgo de que no se cumplan. —Se agachó, hincándole los dientes en el pectoral, al igual que a un mochi. Nada activaba la adrenalina como el dolor. Cerró la zurda alrededor de la verga de Marlon, mas lo hizo justo para tomarlo por el glande; su humedad le lamió la palma y la empleó para lubricarlo a conciencia, calculando cuánto bajaba los dedos por su estructura, rotando la mano para abarcar su grueso grosor.
Marlon gritó, presa de los dientes de Hanzō. El filo doloroso disparó el placer y su polla lanzó un largo y copioso caño de deseo que llegó a ensortijar unas gotas en la negrura de su vello púbico. Cerró las manos, apretó los puños, y las cuerdas en las muñecas le chistaron; el aroma de su ardor se unió al almizcle de sus axilas y le aturulló las fosas nasales. Sus ojos, bajo el antifaz y sumidos en total oscuridad, giraron en las cuencas cuando Hanzō empezó a masturbarlo. Boqueó, dudando de sí mismo, recelando de su aguante.
—Pero lo que ya se me ha concedido… —advirtió Hanzō tras soltar la presa. Besó las marcas de sus incisivos en el pectoral y lo miró, descubriéndolo con la boca abierta en busca de aire, mientras su mano seguía pajeándolo—. Es mío —asintió, haciendo acopio de saliva, y la administró en un hilo que nacía de sus labios y para caer cristalino hasta la verga de Marlon. Lo humedeció tanto que la piel restalló, impúdica, augurando el orgasmo.
—Tuyo —resolló Marlon, acompañando a golpe de cadera la caricia de Hanzō a la altura de su glande, como con temor a perder su contacto. Un caballo de carreras le cabalgaba en los pulmones a tal velocidad que empezó a relinchar, espoleado por el ineludible clímax—. Tuyo. —Lloró la palabra, y las lágrimas mancillaron el antifaz.
—Bien, estás escuchando —se congratuló Hanzō, sin esconder la sonrisa en las comisuras de su boca—. Ahora quiero que hagas algo más que escucharme —puntualizó; deslizó la mano a la raíz de la erección, moviéndola unos segundos como el mango del chasen al batir el matcha. En inmediata respuesta, notó la presión del orgasmo endureciendo el miembro y se apuró en reptar la mano hacia arriba, postergándolo. Iba a concedérselo, por supuesto que sí, pero solo cuando él quisiera.
—Lo que… desees… —deglutió Marlon, quejumbroso. Quizás en otro momento, en otro lugar, le habría suplicado —oh, lo habría hecho— por su polla recogida entre sus nalgas, empujando, empujando en sus adentros, arrancándole gemidos de lo más profundo de la garganta, cascándole a cada embate la pronunciada nuez de la garganta. Sin embargo, ahora, ahora mismo, lo que precisaba era que lo exprimiera, que lo vaciara de toda la lechosa devoción que le borboteaba en los testículos.
—Presta atención —chistó Hanzō, reclinando su rostro sobre el empapado y semioculto de Marlon —. Córrete ahora, córrete para mí —ordenó de nuevo, con las erres rodadas a causa del sonoro acento nipón, y acompasó la mano, masturbándolo, admirando, oliendo, y respirando su desesperación.
—Gra…cias… —Marlon estranguló la palabra, que se antojó plegaría, y, detrás del antifaz, sus ojos le emigraron al cogote al relampaguear el orgasmo con tamaña virulencia que el tono de sus dientes compitió en blancura con la de su descarga, nevando sobre el tatami, destelleando los copos con los múltiples brillos de las luces del Strip.
Hanzō le retiró el antifaz, devolviéndole a la luz al compás de su zurda, sin aminorar el ritmo, sin parar de exprimirlo, reclamando cada estremecimiento, cada brizna de aliento, cada parpadeo…
Marlon abrió los ojos y quedó cegado por las luces: ¿las del Strip, las de la catarsis de su orgasmo o las que llameaban en los ojos de Hanzō?
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[1] El Tanabata (七夕), conocido como el «festival de las estrellas», se celebra en Japón el 7 de julio. La tradición principal es escribir deseos en pequeñas tiras de papel de colores, llamadas tanzaku, y colgarlas en ramas de bambú.









