Coral se asoma al abismo bajo una lluvia de recuerdos, rumbo a una cita que llevaba demasiado tiempo esperando, en una habitación preparada al detalle. Una copa de vino, un espejo, un antifaz y una cruz de San Andrés aguardan en silencio.
Si no lo hiciste, puedes leer el capítulo anterior aquí: (Des)atada.
Flashbacks
El taxista conducía deprisa. Coral miraba por la ventanilla, seducida por el golpeteo constante de la lluvia sobre el techo del coche. Era una de esas noches de primavera en las que la ciudad trataba de lavarse de sus pecados: luces difusas, charcos brillantes y una luna llena que asomaba entre las nubes observándolo todo con su ojo indiscreto.
Pero no estaba del todo relajada. Había recibido el mensaje dos días antes. Tardó en contestarle.
Las luces de neón se deslizaban por su rostro en regueros intermitentes. Se pasó la punta de la lengua por los labios; el carmín seguía perfecto. Bajó la mirada hacia sus pies: las altísimas sandalias de charol negro se encontraban salpicadas de pequeñas gotas que parecían perlas líquidas. Las sacudió suavemente y dejó que sus ojos recorrieran sus largas piernas enfundadas en medias de rejilla. «Medias de putón», le había dicho su madre una vez. A ella le encantaban.
Miró el navegador del vehículo. Aún quedaba media hora para llegar. Una eternidad.
Fuera, la ciudad se fue desdibujando, desvaneciéndose en las sombras.
Avanzaban por un tramo oscuro, bordeando un parque. Y los únicos sonidos que la acompañaban eran el motor y la lluvia.
Noche de lobos, pensó Coral mirando la luna. Sonrió. O de meterse voluntariamente en la boca del lobo…
***
También llovía aquel día. Una aguanieve fina que se iba volviendo blanca y se acumulaba sobre los techos de los coches aparcados. Ella había salido a fumar y apretaba los brazos contra el cuerpo, arrepentida de haber dejado el abrigo dentro de la sala de reuniones. Temblaba.
Un taxi se detuvo a su lado y de él bajó un hombre de traje oscuro. Se acercó a la zona de fumadores, sacó un paquete de cigarrillos y, antes de encender uno, la miró. Sin decir nada, se quitó el abrigo y se lo puso sobre los hombros con un gesto natural. El abrigo aún conservaba el calor de su cuerpo.
—Vas a pillar una pulmonía —dijo simplemente.
Coral levantó la vista, sorprendida. No lo conocía. O al menos no recordaba haberlo visto antes.
—Gracias… —murmuró, ajustándose el abrigo.
—Mal día para estar fuera —comentó él.
—Mal día para todo, la verdad.
—No estoy tan seguro de eso— comentó él, mirándola de reojo.
Coral sonrió ligeramente.
Fumaron en silencio, observando los coches y la gente con prisa. Coral se sonrió, las caladas de ambos se habían ido acompasando.
Cuando él terminó el cigarrillo, hizo un gesto hacia la entrada del hotel.
—Me lo devuelves dentro —dijo con media sonrisa.
Y entró.
Coral se quedó unos segundos más bajo la lluvia con el abrigo del desconocido sobre los hombros, sintiendo aún su calor.
Dentro, lo descubrió sentado frente a ella al otro lado de la sala de conferencias. Observándola. Esos ojos recorriendo como dedos cada rincón de su rostro, de su cuerpo, sin necesidad de que ella levantara la vista.
En la pausa del café, él se acercó.
—Así que al final me devuelves el abrigo —dijo, deteniéndose a su lado.
Coral se lo tendió, pero no lo soltó inmediatamente.
—Gracias otra vez. Me ha salvado.
—Ha sido un placer —respondió él, bajando un poco la voz—. Aunque ahora me quedo sin excusa para volver a acercarme a ti.
Ella inclinó ligeramente la cabeza, sosteniéndole la mirada.
—¿Necesitas excusas?
El hombre sonrió.
—¿Contigo? Creo que sí. Por lo que he observado esta mañana, eres una mujer que sabe lo que quiere. No eres de las que se deja ganar con facilidad.
No contestó enseguida. Atrapó una bocanada de aire que pugnaba por escapar y sonrió. Dio un paso más cerca y, sosteniendo la taza, rozó deliberadamente sus dedos.
—Bien visto —murmuró, sin dejar de rozarle—. Entonces, gáname.
Él sonrió de medio lado. La miró a los ojos.
—Me llamo Kyros —dijo, tendiéndole la mano.
—Coral —respondió ella, estrechándosela.
Ninguno de los dos se soltó inmediatamente.
***
Ahora, años después, volvía a estar en un taxi, bajo la lluvia, yendo hacia él.
Otra vez.
El vehículo se detuvo frente a un edificio antiguo de las afueras, discreto y elegante. Coral bajó y, sintiendo ese frescor de la lluvia primaveral en los hombros desnudos bajo el abrigo, se dirigió a la entrada principal. Un código la abría.
Con el corazón latiéndole en la garganta, subió en el vetusto ascensor hasta el ático. Examinó la imagen que le devolvía el espejo desconchado del montacargas. Seguía perfecta. Al abrirse, un chirrido rasgó el silencio.
Allí, al final del pasillo, una sola puerta entreabierta derramaba una luz cálida en la oscuridad.
Entró.
La suite era amplia, de techos altos, con un aire señorial y ligeramente rancio. En la entrada, dos butacones negros tipo Chester junto a un minibar.
Su bolso ocupó uno de ellos arropado por su abrigo. Recorrió la estancia despacio. Olía ligeramente a cerrado. Se preguntó si el apartamento sería de Kyros y, de ser así, por qué no había estado ahí antes. Los muebles tenían un toque anticuado —clásicos, le habría corregido él. También la gran cama con dosel y colcha de terciopelo que ahora descubría. Un gran ventanal de pared a pared abría la vista a la noche.
Caminó acariciando la madera con las yemas de los dedos. Ese tacto siempre le había gustado. Duro y, a la vez, orgánico. Y nunca frío. Encontró un equipo de música y eligió un disco de jazz. El pulso grave del contrabajo invadió la estancia y se le fue colando bajo la piel. Sus caderas comenzaron a balancearse.
La botella en una hielera sobre una mesa baja llamó su atención. Se acercó.
Lambrusco. Dos copas y un pequeño jarrón con rosas oscuras. El mismo Lambrusco de aquella noche en Roma. Un recuerdo le golpeó en el pecho. Kyros nunca olvidaba nada. Una nota manuscrita en rojo sangre: Sírvete una copa y desnúdate.
Pasó los dedos por el cristal helado de la botella. Luego, por los pétalos suaves de las rosas, perlándolos de gotitas de agua. Cogió una y la llevó al rostro. El olor era intenso, casi carnal. Se la pasó por las mejillas, descendió por el cuello, la dejó caer a su escote. La piel se erizaba a su paso.
Con las manos a la espalda, bajó despacio la cremallera. Casi le imaginaba sentado en uno de esos sillones, observándola en silencio. El vestido cayó al suelo con un susurro. Lo apartó con la punta de la sandalia.
Seguía contoneando las caderas al ritmo de la música. Un poco más ondulante. Un poco más sensual. Se recorrió los costados en un abrazo sosegado que acabó con el sujetador deslizándose hasta la punta de sus dedos. Lo lanzó sobre el vestido, tras un giro en el aire a lo Rita Hayworth.
Caminó de nuevo hacía el espejo, con pasos largos que marcaban los músculos de sus piernas y realzaban su culo.
—Qué pena que no me estés mirando ahora —le susurró a la imagen que le devolvía el frío cristal. Coral se desvanecía en el espejo, mientras Korai le sonreía de vuelta.
Colocó las manos sobre las caderas y se observó. Pechos erguidos y pezones rizados. Largas piernas enrejadas y altísimas sandalias bajo las que se intuía una perfecta pedicura roja. Me sobra el tanga.
Y con dos dedos bajo sus tiras, procedió a despojarse de él.
Después, se sirvió un Lambrusco. Con la copa en la mano y en la otra la botella, se acercó al ventanal.
El aire fresco se coló entre los resquicios de las ventanas y se abalanzó sobre su piel, erizando todos sus sentidos.
El corazón le latía con fuerza.
Roma.
***
Roma, hacía tres años.
Coral, tumbada de lado. Desnuda sobre una cama revuelta. Las piernas enredadas con las de Kyros y la respiración todavía agitada. El aire olía a sexo, a sudor y a la colonia del griego. Él está apoyado contra el cabecero, fumando, con la mirada perdida entre las luces doradas del Coliseo. Ella paladea un vino.
Rompe el silencio:
—¿Cómo te sientes cuando estás sola?
Coral tarda en responder. Da un sorbo largo al vino.
—Estoy pocas veces sola, ya lo sabes —comenta.
—Lo sé, por eso quiero saberlo.
—¿Te refieres a cuando estoy sola de verdad? ¿O cuando viajo?
—Cuando estás sola de verdad.
Da otro sorbo, pensativa.
—Entera —dice con falsa confianza—. Siento que logro reunir todos los trozos en que siempre estoy partiéndome—prosigue—. Una parte para el trabajo. Otra para casa, otra para mí… Un pedazo que siempre es tuyo… —le mira a los ojos—. Nunca consigo reunirme entera en la misma habitación al mismo tiempo.
Kyros no contesta enseguida. Pasa los dedos lentamente por su cadera.
—No sabes cómo te entiendo —murmura quitándole la copa y atrayéndola hacia sí.
Coral se incorpora y se sienta a horcajadas sobre él. Kyros la abraza fuerte. La besa con hambre, sin prisa. Ella responde con ansia. Le faltan manos para abarcarle, le faltan bocas para besarle. Los gemidos sustituyen a las palabras. Los sexos se buscan y se encuentran. Se reconocen y se acompasan.
Las caderas de ella cabalgan, las de él embisten. Juntas estallan en jadeos no contenidos. Jadeos que invaden la noche romana.
De esa noche recuerda la luz, los jadeos interminables y sus pieles fusionadas. Las cuerdas que la abrieron sobre la cama, expuesta y entregada. Los besos alternándose con mordiscos, lametones seguidos de azotes. Perder la noción del tiempo. Correrse una y otra vez, sin parar. Querer detenerle y a la vez no querer. Se recuerda descontrolada, arqueada y retorcida. Sin aire, boqueando sin voz. Bajo su control, absolutamente a su merced. Y disfrutándolo y deseando que nunca acabara. Rompiéndose y reconstruyéndose al mismo tiempo mientras la habitación se desdibujaba a su alrededor.
Después, mientras deshacía los nudos con cuidado, besando cada marca roja que dejaban las cuerdas, Kyros murmuró contra su piel:
—De ti no quiero pedazos. Te quiero entera.
***
Coral se estremeció, y los pezones se le erizaron. Quizá hacía frío tan cerca del ventanal. Quizá había sido el latigazo del recuerdo.
Bebió un sorbo largo del frío Lambrusco.
Después se giró y continuó inspeccionando la habitación.
A la izquierda, un potro de madera oscura, sólido, con anillas de acero. Frente a ella, una cruz de San Andrés de aspecto imponente pero refinado. Sobre una consola, varios objetos que su piel reconocía, estremeciéndose: cuerdas, una fusta de cuero, un plug de acero brillante…
Coral se acercó a la mesa. Rozó con las yemas de los dedos la superficie lisa del plug. Luego, el mango trenzado de la fusta. Su piel palpitaba, suplicante.
Se colocó frente al gran espejo de cuerpo entero. Se observó de nuevo: el rubor en las mejillas, los pezones endurecidos, la respiración agitada. Se acarició los pechos, pellizcó los pezones, dejando escapar gemidos inaudibles con cada tirón. Se miró a los ojos en el espejo…
—Jodida Korai—susurró hundiendo la mano entre sus piernas para, de inmediato, llevársela a la boca. Se lamió los dedos con los ojos cerrados, ronroneante. Se le corrió el carmín, pero no se dio cuenta.
Volvió a la consola y, tomando la venda negra, se arrodilló en el centro de la habitación y se la ajustó sobre los ojos. La oscuridad fue inmediata.
Sentía la suavidad de la alfombra bajo las rodillas, sus manos suavemente apoyadas sobre los muslos. Y la puerta entreabierta a su espalda.
Ahora solo quedaba esperar.
Aguzó los sentidos. El silencio era denso, casi palpable. Eterno.
Entonces lo oyó. Pasos lentos por el pasillo. Firmes. Inconfundibles.
El corazón se le subió a la garganta. Un calor líquido le bajó por el vientre. Y un pulso húmedo se le instaló entre las piernas.
Korai contuvo la respiración cuando los pasos se detuvieron frente a la puerta.
Continuará…
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