Mujer con los ojos vendados sobre un potro BDSM, imagen destacada del relato «Kyros: cruz de San Andrés, potro y fusta».

Las noches de Korai (VIII): Kyros

Korai espera de rodillas, desnuda y con los ojos vendados. Aunque antes alcanzó a ver la cruz de San Andrés y el potro, no sabe exactamente qué le espera cuando Kyros cruce la puerta. Solo tiene una certeza: ha decidido entregarle el control.

Si no lo hiciste, puedes leer el capítulo anterior aquí: Flashbacks.

Kyros

Los pasos, firmes, suenan en el pasillo, acercándose. Siente el suelo temblar suavemente con cada pisada y la piel se eriza a su compás. Todo el vello de su cuerpo vibra de anticipación.

Las pisadas cesan. Una suave corriente de aire frío envuelve la piel desnuda cuando la puerta se abre del todo. Se le atasca una bola de aire en el pecho. Le imagina en el umbral, iluminado a contraluz. Desea poder verle, pero… no, no debe moverse.

Luego, silencio. Un pulso sordo comienza a galopar entre sus piernas. Y su presencia llenando la habitación.

Escucha un leve «uhm» y los pasos retoman el camino.

La brisa de la calle trae olor a lluvia. La lluvia suena tras los cristales, pero no se ha dado cuenta hasta ahora. Y su perfume. Ese al que es adicta.

Se muerde el labio cuando lo siente cerca, frente a ella. Le imagina observándola. Escrutándola. Analizando cada detalle. Kyros sigue sin decir palabra, se mueve a su alrededor, la rodea. Como buen depredador. Te gusta lo que ves, ¿verdad?, piensa. Pero ese silencio la está matando. Le recorren mil hormigas bajo la piel.

Un roce suave contra la alfombra, el sonido de su ropa al doblarse. Se ha arrodillado frente a ella, a su altura. Suelta el aire de golpe cuando siente un roce en la mejilla. Una mano grande y cálida le acaricia, despacio. Después, le sujeta la barbilla con suavidad y lleva su rostro al roce de esos labios sobre los suyos.

Korai abre más la boca buscando un beso más profundo.

—Mi Korai…—, murmura él.

—Kyros…—susurra ella, pero sus labios son sellados por dos dedos del hombre.

—Shhh…

Una mano sustituye a los dedos y acaricia su rostro. Enseguida le acompaña la otra. Acarician los pómulos, las mejillas, el arco de la nariz, la frente, la línea de la mandíbula. Los pulgares dibujan sus labios, entreabriéndolos, acariciando no solo el contorno de la boca sino también el interior: las mejillas internas, la línea de los dientes. Korai respira fuerte, dirigiendo el rostro ciego hacia donde imagina a Kyros; aspirándole.

Seguramente tiene el labial rojo corrido por toda su boca, pero qué más da. Abraza con sus manos las manos que abrazan su rostro, las acaricia, las aprieta. Más, piden silenciosos sus dedos. Los pulgares abren más la boca, deslizándose sobre sus muelas. Dos dedos, tres, entran en su interior, recorren su lengua, sus mejillas por dentro, su paladar. Y sin previo aviso, se cuelan hasta lo más profundo de su garganta. Korai contiene una arcada. Kyros la sujeta por la nuca, manteniéndola ahí.

La mano izquierda baja al cuello, abrazándolo, y los dedos vuelven a explorar. La garganta palpita en la mano de Kyros y sí, ahora sí, su boca sustituye a los dedos invadiéndola en un beso profundo.

Korai alza los brazos, buscándole, pero Kyros la frena sujetando sus muñecas.

—Joder, Kyros —susurra ella—, déjame.

—Shhhhh, aquí yo decido, y yo decidiré cuándo puedes decidir tú.

Ya veremos, piensa Korai para sus adentros.

Imagina su sonrisa, juguetona al sujetarle las manos. ¿Estará mirándole los pechos? Se yergue levemente, míralos, piensa. No sé cómo puedes tardar tanto en tocarme, tienes las mismas ganas que yo. Pero no dice nada de lo que está pensando.

Kyros se levanta y le ayuda a ella a hacerlo. Le retiene las muñecas a la espalda y la atrae hacia sí, pegándola a él. La tela del traje se adhiere a su piel, como imantada, y ella siente cada pliegue y cada botón. Alza el rostro sonriendo, esperando un beso que no llega.

Se separa de ella y la hace caminar delante, aún con las manos sujetas. Korai camina indecisa, cegada aún por la venda.

Un azote que no esperaba se estrella contra su culo. Se vuelve, sorprendida.

—Joder, es que tenerlo así, tan a mano…

Korai sonríe, encendida, y menea un poco las caderas. Provocadora… Otro azote vuelve a impactar en su culo y la mano se mantiene sobre la carne caliente, amasándola.

Kyros tira de ella y susurra en su oído con voz grave:

—No me hagas perder el control, niña…—El aire de su aliento se cuela en su oreja, provocando un estremecimiento espalda abajo— Aún no.

Ella se echa aún más hacia atrás, juntándose al hombre, buscando con las manos su cuerpo. Él suelta una carcajada.

—¿Quieres jugar? —La separa de él, sin darle el placer de tocarlo —Vamos a jugar.

La fría madera de la cruz de San Andrés saluda su espalda. Korai ronronea, suspirando. Le separa los brazos, alzándolos, y también las piernas, asegurándolos todos con las correas. Korai queda abierta, expuesta, completamente inmovilizada.

Le siente alejarse, quizá para observarla o decidiendo qué hacer.

Korai balancea ligeramente las caderas, impaciente. Gira la cabeza hacia donde le escucha moverse, tratando de imaginar lo que hace.

De repente, una lengua de cuero, fría, comienza a recorrer la cara interna de sus muslos.

Una fusta.

Se desliza en sentido ascendente por los muslos; baja y sube una y otra vez hasta acercarse a su sexo sin llegar a rozarlo. A veces le pega un golpe seco, agudo, que la sobresalta y se queda mordiendo la carne. Continúa por sus caderas, por su torso, por su vientre. Le azota los pechos dejando marcas rojas que inmediatamente acaricia con el mismo cuero.

Korai tira de las correas, gimiendo, sintiendo cómo el deseo se convierte en un calor líquido que le baja por las piernas.

—Estás chorreando —dice él con voz ronca, pasando la fusta por su sexo empapado—. Goteando por los muslos solo porque estoy aquí.

Se detiene. Korai espera el siguiente golpe, que no llega. Siente su presencia bajar, acercarse. Y entonces su boca, no la fusta, encuentra el hueso del pubis. Un mordisco hambriento. De lobo. Los dientes atrapan la carne, no aprieta, pero no suelta y la lengua comienza a juguetear entre los pliegues.

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Korai deja escapar un gemido brusco cuando los movimientos se vuelven más rápidos. Los brazos de Kyros rodean sus caderas y atrapan su culo, pegándolo a su cara, mientras la boca se vuelve más canina y muerde, lame, mastica la carne incendiada. Korai no tarda en estremecerse y las piernas no la sostienen cuando un orgasmo furioso le nace de las entrañas. Y lo libera con un grito de placer.

Pero Kyros no para. Sigue lamiendo, atrapa los labios con los suyos, con sus dientes, muerde fuerte y luego lame. Marca la piel y la carne. Su lengua, frenética, come y chupa e invade todo su coño. Enardecido por los gemidos que provoca, pasa los dedos por el sexo hinchado, sin penetrarlo. Ella se mueve, le busca, quiere más. Pero no…, aún no mi querida Korai…

Las correas ceden y los brazos de Korai caen, pesados, sin fuerza. Él los recoge y los masajea mientras la sostiene en un abrazo. Ella se acurruca, ronronea. Kyros acaricia el rostro con una mano y desciende por su cuello hasta un pecho, lo amasa y pinza el pezón. Korai retiene el aire y lo suelta en un gemido.

—Vamos.

Korai se deja guiar, no pregunta cuándo le quitará el antifaz. Le da igual. Choca con la madera de un mueble y Kyros la inclina hacia delante, con cierta brusquedad.

El potro.

Separa las piernas y siente a Kyros agacharse para volver a asegurar sus tobillos.

—No hace falta— susurra Korai.

—Tienes razón— dice Kyros, y deja caer las correas—. No necesito atarte.

Korai apoya la mejilla. Todo su torso está aplastado sobre el cuero.

Escucha a Kyros caminar a su alrededor, acariciando en todo momento su piel. Recorre su espalda, su lomo, las caderas, los glúteos. Evita adrede el sexo.

Siente algo frío bajar por su columna y continuar por su coxis. Se detiene entre sus nalgas. Unas gotas de líquido templado las humedecen y después siente la presión. Un dolor agudo le hace contraerse y agarrarse con fuerza al potro, pero dura apenas un par de segundos, lo que tarda su culo en engullir el plug. Los dedos de Kyros acarician alrededor, mimosos.

—Bien, buena chica…—murmura.

Korai respira hondo. Sus músculos se acomodan furiosos alrededor del intruso.

Kyros comienza a mover el plug, despacio. Dentro, fuera, lo gira. Korai respira más fuerte.

La otra mano del hombre se coloca sobre su sexo y empieza a frotarlo. Korai gime.  Un dedo se cuela dentro, luego son dos…, después, tres. Los mueve despacio, pero recorren con fiereza todo su interior, masturbándola con lentitud, explorando.

Korai se deja llevar, abandonada al placer y gime, tiembla y se corre. Lo hace una vez y Kyros no para y ella se corre de nuevo. Y él sigue y a ella le flaquean las piernas, se arquea y vuelve a estremecerse entera en otro orgasmo, cada vez más fuertes, cada vez más adentro, cada vez más dedos. Se siente llena y no quiere parar.

Pero Kyros para. Se aleja y ella siente el vacío. Escucha el ruido de la ropa que cae, la hebilla contra el suelo. Sonríe. Por fin.

Y no.

El latigazo con el cinturón impacta en su culo y suelta un grito, sorprendida. Le siguen varios muy seguidos y ella se tensa, aguantándolos. Una mano vuelve a frotar su sexo y sus glúteos reciben ahora caricias y besos. Luego vuelven los latigazos y les siguen las caricias. Le duele, se corre, gime, llora. De placer y de dolor. Le da ya igual, pero que no pare.

Se siente alzada en volandas y cae a plomo en la cama, sobre su espalda. El cuerpo del hombre la cubre, y el calor de su piel desnuda se pega al suyo. Unas manos levantan el antifaz y descubre unos ojos negros mirándola intensamente.

—Mi Korai —susurra el hombre, y la besa a la vez que la penetra de un solo empujón profundo.

Korai gime en su boca, ahogando un grito y clavándole las uñas en la espalda. Él la folla con fuerza, una mano en su garganta, la otra sujetándole una pierna en alto. Cada embestida es profunda, brutal y, a la vez, conocida.

—Dime que eres mía —gruñe contra su boca.

—Soy tuya… —jadea, casi sollozando—. Joder, claro que soy tuya…

Se corre con violencia, por enésima vez, contrayéndose alrededor de su polla, gritando su nombre.

Kyros la sigue poco después, corriéndose dentro de ella con un gruñido ronco, apretándola contra su cuerpo como si quisiera fusionarse con ella.

***

La copa en la mano, el Lambrusco frío, el cuerpo de él caliente. Gotas que caen sobre su pecho y ella las lame, golosa.

Él la observa hacer mientras juega distraídamente con el plug aún alojado en su culo. No hablan y no hace falta. Se besan y enredan sus lenguas.

Suena un móvil. Un mensaje.

Él no se mueve inmediatamente. Korai mira distraída hacia la mesa.

Suena de nuevo. Kyros estira el brazo, mira la pantalla un segundo, y lo deja boca abajo sin contestar.

Korai desaparece por un instante porque Coral ha visto el nombre: Elena.

Kyros continúa acariciándola, los dedos jugando con su pelo. Y Coral espera sentir el golpe. Ese pinchazo conocido en el pecho. Lo busca dentro como quien hurga una herida.

Y no lo encuentra.

No. No sabe quién es Elena ni por qué manda un mensaje a estas horas.

Descubre que no le importa. Kyros es suyo, en este momento es suyo. Solo suyo. Y no importa que también le posean en otro lugar.

Sonríe, satisfecha. Respira profundo, se encarama sobre él y le abraza con las piernas, frotando su sexo contra el suyo. Kyros reacciona, la sujeta de las caderas. Korai vuelve y ondula, lamiendo su polla con el coño. El ambiente vuelve a vibrar con sus jadeos, se calienta la piel y Korai se inclina hacia Kyros, mirándole fijamente a los ojos. Le lame lentamente los labios mientras le sujeta el rostro con ambas manos, sin dejar de moverse sobre él. Y en voz baja, ligeramente ronca, susurra:

—¿Me vas a follar el culo ahora?

Continuará…

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