Cantante trans de Motown y veterano de guerra compartiendo un momento de intimidad en Detroit.

Motown (II): en su boca y hasta el fondo del alma – Relato trans

Entre una mamada apoteósica y un intenso anal, Barb y Clint descubren que el verdadero refugio no está solo en el placer, sino en la confianza que han construido juntos.

Si no lo hiciste, puedes leer la primera parte aquí: Motown (I): La cantante y el veterano de guerra.

En su boca y hasta el fondo del alma

Barb compartió el gemido en la boca de Clint cuando la prendió y la besó de manera ávida. Cerró los ojos disfrutando de su presa, de la sensación de sus enjutos pechos contra la losa de los pectorales de él, con sus propios pezones arponeándoselos. No iba a ser Clint el único que iba a estallar: sus testículos piruetearon en el aterciopelado saco y su polla cimbreó haciendo plena diana en el ombligo. «¡Cincuenta puntos!».

Clint le amasó las nalgas y sus yemas se marcaron en la piel de Barb. Mascó el gemido de ella, lo trituró entre sus molares y empujó la lengua para saborearle la boca.

En un instante, la química cambió, el inflamable deseo rebajó su temperatura…

Barb interpuso distancia entre sus labios, no demasiada, la suficiente para compartir el aliento sin ahogarse en el anhelo mutuo. Empinó los pies descalzos sobre los Oxford y escondió el semblante al amparo cálido de la carótida de Clint, que palpitaba al son de My Girl[1]. Sonrió entrecerrando los ojos y colgó los brazos del cuello de él; el buen ritmo de este marcó una pausada danza sobre lo lustroso de sus zapatos.

El fuego siseó en el hogar, iluminándolos, jugando con los dispares tonos de sus pieles y el patrón de la alfombra. Y, en efecto, con las letras del pedazo de papel.

Clint la condujo, sintiéndola ligera y frágil. Asomó la rucia cabeza y apoyó su mejilla en la de ella, arrimando los brazos alrededor de su ceñida cintura. Barb estaba cálida, lampiña, sedosa y afilada contra sí.

Y de nuevo, y como si dependiera de un interruptor, la química cambió, volviendo a caldearse, tornándose, por eso, y esta vez, incendiaria.

—Tienes oído musical —chistó Barb con retintín, bajándose de sus zapatos. Calculó la distancia y empujó a Clint contra una de las esquinas del escritorio.

—Muy graciosa —guaseó él. El cuero crujió al sentarse en la silla, y las ruedas apenas se movieron bajo la ligereza de Barb al acomodarse a horcajadas sobre él. El beso que le dio a continuación le resultó lobotómico.

Barb deslizó las manos sobre su torso, jugueteó en areolas y pezones tragándose el gruñido placentero de Clint; no lo masco como él había hecho con el suyo: ella directamente lo devoró. Despegó sus bocas y resonó un húmedo ¡pop! Reptó hasta que sus rodillas probaron la alfombra y sus dedos desabotonaron el abultado cierre del pantalón.

—Esta noche estás jugando con mi límite —exhaló Clint el aire, con la sensación de tener los pulmones repletos de humo, como si hubiera apurado un Cohiba. La excitación le estrujó las meninges y las pelotas, así que, cuando Barb lo liberó del yugo de la tela del pantalón, resolló. Estaba ardiendo, más que las pavesas que chasqueaban y brincaban en el fuego y lo hacían sudar. Por suerte había tenido a bien no ponerse camiseta interior.

—¿Yo? —musitó Barb, encaramándose una vez más sobre él. Mantuvo el equilibrio y lamió el caminito salífero de sudor que partía debajo de su oreja diestra, descendiendo por su cuello hasta rozarle la gruesa nuez; bajó sobre el esternón y lo desecó a mitad del pectoral—. Vaya, no sé por quién me tomas —paladeó tanto las palabras como su transpiración. Regresó sobre sus rodillas y le asió la ropa, que cayó como un telón sobre los Oxford. La polla se irguió, libertaria y desafiante; Barb ladeó la cabeza y la lengüeteó desde la base hasta el remate, agradecida de que el Ejército hubiera procedido con el debido corte.

—Sí, tú —condenó Clint que, de colgarle un termómetro de los labios como un Lucky Strike, habría hecho que la línea plateada alcanzara el tope del cristal en segundos. Barb le producía mayor calentura de lo que le hizo la jodida y puta malaria. Con las manos en la cabeza, peinó hacía atrás sus rubios cabellos y forzó el cuello, anclando las manos en la nuca mientras la observaba relamerlo—. Y acabarás gimoteando —añadió, si bien, le cegó la visión el hecho de que ella se lo metiera por entero en la boca.

Barb relajó la quijada y arropó con la sinhueso la largura de él, llevándolo más adentro en su cavidad bucal. Salivó por las costuras de los labios, marcando un ritmo acompasado, ruidoso y húmedo, hasta que el glande tañó su campanilla, que giró como una bola disco.

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—Bendito sea tu corazón[2] —barboteó Clint, aturdido. Acunó con la diestra el semblante de ella conforme esta proseguía mamándosela. Las contracciones urgentes e involuntarias en la garganta de Barb solo aumentaron su placer y lo apremiaron a dominarse.

Secundó la palma en el hueso púbico y con absoluto control y ahuecando las mejillas, Barb echó la cabeza hacia atrás, vaciándose poco a poco la boca de la dureza de Clint entre cristalinos puentes de saliva y masculino deseo

—Además, creía que ibas a hacer… bum —le dijo ignorando su amenaza, nada velada y con él tan férreo que solo vaciló, dando un suave tumbo a un lado al besarle la punta.

—A ver si aguantas el ritmo ahora —espetó Clint; se adelantó en el asiento y la agarró por la nuca con la grandeza callosa de sus manos. Degustó los labios de Barb al besarla y sin dilación cargó con ella a la mesa del escritorio. La sentó en la madera, fría en comparación con lo abrasador de su cuerpo.

Barb se estabilizó en el mueble con las manos a los lados de su cuerpo y los pies en el aire. Le temblaron los muslos y su verga penduló, escupiendo un largo caño de enturbiado afán, queriendo conectar con la pétrea polla de él.

Clint flexionó las rodillas, maldiciendo la tirantez en su erección, y se hizo sitio entre las piernas de Barb. Cuando ella las separó más, concediéndole pleno acceso, lubrificó la angostura de su ano. La oyó ronronear tal como la pantera que era, enardeciendo cada una de sus oscuras motas. Impelió en su estrechez, complacido y, a la par, atormentado por su musculosa resistencia, e hizo suya y a su manera la canción Reach Out I’ll Be There[3].

El pedazo de papel se elevó entre los pies de Clint y revoloteó en la alfombra, destacando a la luz del fuego.

—Fóllame —gimió Barb, sucinta, necesitada de él, de su plenitud, de su bronquedad. En absoluto quería tiento, preámbulos y calma acaramelada: precisaba su impetuosidad salvaje. A fin de cuentas, estaba ya hecha a su largura y grosor, y en cuanto la lengua de Clint se intercaló con un dedo, plañó, asfixiándose en el deseo hasta perder el color el esmalte de sus uñas por culpa de la hipoxia.

—Te advertí de que ibas a acabar gimoteando —farfulló Clint, erigiéndose sobre ella como una gran ola a punto de arrasar la playa cuyas orillas había lamido momentos antes. Se empuñó desde la raíz, sopesando la pesadez de su deseo. Lo caló de saliva y calibró las caderas, impulsándose en el ajustado ojal.

Siendo hija de la iglesia bautista su alma clamó un «¡aleluya!» cuando Clint se abrió paso dentro de ella. Los muslos le temblaron y se aferró a él por los antebrazos, palpando la tensión que le roía los músculos. Abotargada, encorvó la cabeza para atestiguar cómo su erección oscilaba, acunándole los testículos, a pesar de ser ella quien lloraba profusamente por el glande, y más abajo, cómo la polla de él se adentraba dentro de sí. ¿Dónde empezaba ella o acababa?

Clint se creyó escuchar relinchar y no era para menos: Barb lo aferraba, como con temor a perderlo, y él todavía no se había hecho con su centro. Curvó la espalda, sosteniéndose a sí y a ella al penderle de los brazos. Clavó la zurda en el borde del escritorio con tanta fuerza que los nudillos se le blanquearon y la diestra la ocupó en la verga de ella, acariciándosela.

Barb tartajeó, ininteligible. El roce prostático, dada la profundidad de la penetración, junto a la masturbación la atizaron, y el placer le burbujeó como las pompas del champán que había ahogado las copas en el Roostertail. Lo miró a los ojos y acto seguido sus labios formaron una O perfecta. Entrecerró los párpados y bajo piel y pestañas semejaron actuar marionetas de agua[4].

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—Mírame —pidió Clint, inmisericorde para ninguno de ambos al persistir en sus embates, arribando, al fin, al epicentro de ella. Fondeó en su apretado culo y espiró, atronador; por el puente de la nariz le desfilaba un goterón de sudor —. Mírame, Barb —reclamó esa vez, y los ojos de esta correspondieron a los suyos.

Se veía reflejada en los iris de Clint sin embustes, fingimientos o cualquier clase de veladura: era ella; simplemente ella. Barb, negándose a parpadear, se reclinó en la mesa, niveló las piernas a los flancos de él y le acarició la mano que tenía sobre su polla, tomándose a sí misma.

Clint se afianzó en las suelas de los zapatos y mudó las manos a las aristas de las caderas de Barb. Admiró sus pequeños pechos con los pezones puntiagudos, el hundimiento de su ombligo, su mano proveyéndose placer…   Reculó en el tórrido canal, mas pendiendo de su acampanado glande, pujó y volvió a soterrarse en ella.

Fue a vocalizar… ¿El qué? Barb no lo recordaba, ya que él acometió contra ella con tal y fervoroso afán que le vacío la boca de palabras y se la colmó de gemidos. You Can’t Hurry Love[5], tarareó la melodía en su mente, retumbándole en el corazón. Buen dios, lo sentía tan profundo que lo tenía ahí, latiendo justo al lado del órgano bombeante.

—¿Complacida con el desarrollo de mi musicalidad? —le preguntó Clint, enronquecido y sin esperar respuesta. Fondeó en Barb, recreándose en su temblor, en la tensión que la corcoveaba antes de correrse. Teniéndola todavía sujeta, se arqueó sobre ella y, sin abandonar su interior, paladeó las perlas lácteas que le salpicaban vientre y senos como si un collar de cuentas alrededor de su cuello estuviese perdiéndolas. Le supo dulce y salífera.

Silencio, ni un acorde, solo silencio. La quietud estruendosa tras el orgasmo homicida de tiempo la dejó exánime. Al menos así fue hasta que lo sintió tensarse inyectándole su vivo calor. Alzó los brazos a tientas y esa vez fue ella quien lo sostuvo cuando Clint se dejó caer sobre su cuerpo. Barb espiró y ladeó la cabeza en la mesa mientras él se recogía entre sus pechos, morando dentro de sí.

El despacho olía a sexo y a un fuego belicoso. La alfombra los aguardaba para que, con lo puesto —el sudor y la simiente mutuos— se sentaran y compartieran con ella las migas de los restos de la pizza estilo Detroit que guardaban en la nevera.

Clint contrajo las nalgas, algo acerado aún, como si su cuerpo rechazara la intemperie. Era ahí donde no se sentía frío, desvalido, donde el Síndrome de Vietnam no lo avasallaba.

«Tranny». Las letras de colores y tipografías dispares que componían la palabra en el maltratado papel, refulgieron insidiosas. Henchidas de triunfo al saberse leídas.

Barb pestañeó, turbada, las pupilas dilatadas por el placer troncaron a contraerse y volverse a dilatar en un nervioso tic. Sus dedos en los omóplatos de Clint se crisparon e izó la cabeza de la mesa con él menguando en sus anegados adentros.

—Lo arreglaré —juró Clint, dirigiendo la mirada al mismo punto, a aquel condenado fragmento sobre la alfombra. Amparó a Barb en su torso, impidiendo que su hundiera, anclándola a sí—. Lo arreglaré —insistió besándole la sien, leal a lo cantado en Ain’t No Mountain High Enough[6].

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[1] Canción de la banda The Temptations.

[2] Del inglés Bless your heart. En Texas y, en general, en todo el sur de Estados Unidos, dicha expresión tiene una doble acepción: de sincera simpatía, calidez y compasión, o bien un insulto indirecto y cortés (que a menudo significa «pobre idiota ingenuo») utilizado para evitar parecer grosero abiertamente.

[3] Canción del legendario cuarteto vocal The Four Tops.

[4] Las marionetas de agua son una forma de teatro tradicional originaria de Vietnam. Los títeres, tallados en madera y de gran peso, actúan sobre una piscina de agua mientras son manipulados de forma oculta mediante varillas de bambú y cuerdas sumergidas.

[5] Canción de Diana Ross & The Supremes.

[6] Una de las canciones más radiantes y universales de la era Motown, lanzada originalmente en 1967 como un dueto entre Marvin Gaye y Tammi Terrell.

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