Cantante trans de Motown y veterano de guerra abrazados junto a una chimenea en Detroit

Motown (I): La cantante y el veterano de guerra – Relato trans

Entre la pasión, la identidad y los secretos que nunca terminan de desaparecer, algunas noches están destinadas a dejar huella.

Puedes acompañar el relato con la canción para una experiencia más inmersiva.

La cantante y el veterano de guerra

Detroit, Míchigan, 13 noviembre de 1980

No, The Marvelettes no cantaban Please Mr. Postman en el tocadiscos…

Tranny. Freak Show. Eso —leyó Clint entre dientes algunas de las despectivas palabras vomitadas en letras de colores y tipografías dispares, que componían un tétrico collage tanto en mensaje como en estética. Por supuesto, no era la primera amenaza que recibía; era un blanco de Texas dirigiendo un sello de música negra: afro, soul y R&B en la D. Sin embargo, sí era la primera relacionada con Barb (sobrenombre de Bárbara, con el que él mismo la había bautizado), y, además, la habían depositado directamente en el buzón de su casa. La sangre le hirvió y rompió el papelucho en seis pedazos que lanzó al rugiente fuego de la chimenea. Ardieron, todos ellos, consumidos por las llamas. Bueno, todos no: un fragmento quedó fuera y planeó hasta la alfombra, justo bajo el escritorio.

Upside down, you’re turning me[1] —cantó la voz, aterciopelada como whisky tibio descendiendo por una garganta ávida. Ni el crepitar del fuego en el despacho ni el frufrú de la falda de su largo vestido se atrevieron a sonar por encima de ella; ni siquiera el soplido del viento, que traía consigo el inicio de la temporada de nieve y arañaba los cristales, osó hacerlo.

—Barb —masculló Clint sorprendido al oírla llegar. No había detectado el sonido de la puerta principal precedido por el repiquetear de los tacones, solo su voz dotada de un portentoso registro vocal irrumpiendo en la madrugada y, de paso, en sus sombríos pensamientos. Bordeó el escritorio con la intención de ir a su encuentro; a fin de cuentas, habían acordado que él iría a buscarla al Roostertail[2] cuando la noche se aletargara.

Barb lo miró mientras se apoyaba en la jamba de la puerta, con los puntiagudos tacones colgando por las tiras de los dedos de una mano. Le sonrió, sacudiendo la cabeza, aunque su peinado afro, voluminoso y redondo en forma de bola, no se movió ni un ápice.

‘Round and ‘round, you’re turning me —tarareó, elevando una pierna contra la madera. El dramático vestido dorado que llevaba creaba un fuerte contraste con la oscuridad de su piel y se ensañaba en el escote compuesto por dos tiras, la mar de ridículas, que se ensanchaban en los hombros y se estrechaban sobre sus enjutos pechos y volvían a cruzarse sobre la tela hasta su ombligo.

—Yoked te ha traído —concluyó Clint, esforzándose por disimular la tensión que se marcaba sobre todo en la línea inferior de su mandíbula afeitada y le provocaba un regusto a bilis amarga en la boca. Lo último que faltaba era una bronca que, con seguridad, acabaría con él detrás de la puerta del dormitorio, maldiciendo con sorna la canción I Want You Back[3]. Por supuesto, Barb abriría la puerta y se volvería hacia la cama, dándole la espalda. Se aseguraría, eso sí, de posicionar el redondeado trasero lo bastante cerca y en pompa como para rozarlo una vez que él se acostara en la cama bocarriba.

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Barb asintió, recogiendo con la mano libre el bajo de la falda, y entró en el despacho, sintiendo bajo los pies descalzos el agradable tacto de la alfombra. Olía a la fiesta de la que acababa de escapar: laca, alcohol, sudor, cigarrillos y cocaína. Ah, y el pulso todavía le iba al compás del sonido Motown.

—Valiente hijo de puta —despotricó Clint. La fama arropaba a Barb como el carísimo abrigo de visón color morado que debía de haberse dejado en el recibidor, pero a la par podía despellejarla al igual que al pobre animal. De ahí que, en su ausencia, fuera Yoked quien la protegía, y el susodicho ni siquiera lo había llamado para avisarlo de que iba a llevarla al complejo residencial.

—No te ensañes con el chico —chistó Barb, moviéndose al son de la música que estaba claro que solo ella oía—. Ha sido cosa mía —añadió; ella era la instigadora y le había garantizado a Yoked que no habría represalias por parte de Clint, pero este estaba más tenso de lo habitual. Barb se subió la falda a medio muslo y avanzó hacia Clint, que, a pesar de vestir aquel esmoquin hecho a medida, no dejaba de parecer lo que en realidad era: un vaquero blanco de Austin, de impertérrita postura marcial y con un halo obscuro en una mirada que, aunque fría, ardía como el napalm. En ocasiones, despertaba turbado, convencido de que sus pies seguían metidos en las botas, pisando el Vietnam.

Clint fue a replicar, si bien el balanceo de Barb lo distrajo endulzándole el regusto amargo en su boca, y redirigió la rigidez de la tensión al sur, hasta sus pantalones. De las suelas de sus relucientes zapatos Oxford brotaron clavos que lo fijaron al suelo; entonces, y solo entonces, escuchó el bajo eléctrico. Ella se movía como una pantera negra y sinuosa sobre la alfombra, iluminada por la mortecina luz otoñal de la luna que entraba por la ventana, pero el fuego del hogar titilaba en la obsidiana de sus iris.

Barb soltó los tacones y el ruido no afectó a Clint porque ni parpadeó. Ensanchó la sonrisa en la generosidad de su boca y avanzó hasta extender la diestra y acariciar un extremo de la pajarita en el cuello de él.

Por experiencia, ante un puma en la región de Hill Country —aplicable en este caso a una pantera en el despacho de su residencia en The Renaissance Pointe— debía mantener la calma, no correr y, bajo ningún concepto, romper el contacto visual. Eso era justo lo que estaba haciendo

—¿Vas a ronronear para mí? —murmuró Clint, arriando la cabeza a la altura de la de Barb. El alcohol en su aliento lo embriagó infundiéndole un exceso de confianza…

—Ronronear —canturreó Barb, rozando la punta de su nariz con la de Clint. Sonrió con tal amplitud que sus colmillos quedaron desnudos y ante el ademán de él por unir sus labios, ella le bufó, le tiró de la pajarita y le volvió la cara.

En 1974, Detroit fue bautizada como la Capital del Asesinato de Estados Unidos tras alcanzar un pico histórico de setecientos catorce homicidios, pero Clint sabía que el mayor criminal que había dado la ciudad estaba ante él, jugando con su frágil autocontrol aquella noche de noviembre de 1980. Espiró por la nariz y ladeó la cabeza, mirándola de nuevo.

Barb pinzó los tirantes del vestido en sus hombros. Se mecía sobre sus pies descalzos, pero, no obstante, semejaba flotar. La prenda silbó al caer, revelando sus pequeños pechos de areolas estrechas y pezones puntiagudos. La asfixiante lencería de encaje negro se le hincaba en la cintura, hundiéndose en el tórrido calor de sus muslos apretados; allí era verano, y a su amparo sonaría Dancing In The Street[4].

El gatillo de la M1911A1 en el cajón del escritorio que Clint se había agenciado como recuerdo de sus tiempos en las Fuerzas Armadas tenía menos peligro que su polla batallando con las costuras del pantalón. Desclavó un pie del suelo en el estúpido ademán de ir a acariciar con la yema de los dedos la areola de uno de los pechos de Barb, pero ella, como buen felino, le lanzó un zarpazo y siguió meciéndose en el aire, e incluso le dio la espalda.

Barb balanceó el torso, dibujando una línea sinuosa a lo largo de su delgada y preciosa espalda hasta las caderas, lamidas por el encaje de la ropa interior que ocultaba injustamente su redondeado trasero.

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—Hacerme esto un trece solo puede traer mala suerte —condenó Clint, a sabiendas de que aquello poco sentido tenía, sobre todo, siendo jueves y no viernes. Que un gato negro se cruzara en su camino, que la sal se derramara o hasta que se cayera un espejo y él masticara los cristales… Cualquiera de esas cosas supondría una bendición en comparación con que ella lo sumiera en su particular «y jodida» Noche del Diablo[5].

—Muy supersticioso es usted… —comenzó a decir Barb, y Stevie Wonder[6] podría haberle hecho los coros. Giró sobre las puntas de los pies y entornó los ojos de modo que sus espesas y tupidas pestañas le abanicaron lo alto de los pómulos—. Señor Dinamita[7]—terminó diciendo. Acunó con la mano el bronco grosor de su polla a través del bolsillo del pantalón y lo miró fijamente a los ojos.

—La dinamita es un explosivo sumamente inestable y peligroso —apuntó Clint a propósito, acompañando con las caderas el recorrido de la mano de Barb hasta el glande. La humedad de su excitación babeó la ropa, mancillando hasta el último dólar que costaba el traje.

Barb sonrió burlona y mantuvo la mano ahí, pegada al palpitante calor, mientras que con la otra le quitaba la pajarita. Le desabotonó la chaqueta y hasta tuvo la maña de desabrochar el cierre trasero del fajín.

—¿Ajá? —preguntó, apartando diestra y siniestra.

—El jodido y pegajoso calor hacía sudar nitroglicerina a la vieja dinamita que el Viet Cong escondía entre las cañas; un solo paso en falso y volabas por los putos aires —aseveró Clint, abriéndose los botones de los puños. Sin embargo, los de la camisa los jaloneó, desnudando su torso al empujar la prenda hombros abajo—. Todo este control que pretendo tener contigo parece un cartucho inestable a punto de estallar.

Barb comprendía que él conviviría con sus fantasmas hasta el fin de sus días, y ella, a su vez, había aportado los suyos; ambos contaban con una legión espectral. Pinzó los extremos de la ceñida ropa interior y la manejó, inclinándose hasta sacársela por los tobillos. Al erguirse, se llevó las manos a la nuca.

—¿Vas a hacer boom, entonces? —lo provocó con un mohín.

Clint la observó desde las uñas pintadas de los pies hasta los tobillos, y subió por las pantorrillas y los muslos. Entre estos, y sobre el par de suaves testículos, montaba la verga, sonrosada en la punta, regalando una perla de deseo al ser liberada de la prisión de tela.

Boom —articuló; eliminó la distancia entre ambos de una sola zancada y, tomándola por las nalgas, la adhirió a él. Gruñó ante la sensación punzante de su verga llamando a las puertas de su ombligo.

Continuará…

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[1] Upside Down canción de Diana Ross.

[2] Famoso club nocturno y sala de eventos situado a orillas del río Detroit ocupa un lugar destacado en la tradición de Motown.

[3] Canción de la boy band The Jackson 5.

[4] Canción de Martha Reeves & The Vandellas.

[5] Durante la Gran Depresión, las bromas de la Noche de las Travesuras derivaron en vandalismo y, en los años 80, ciudades como Detroit sufrieron cientos de incendios provocados. En 1984 se registraron más de 800 solo en Detroit, lo que llevó a rebautizarla como la «Noche del Diablo» y a imponer toques de queda para frenar la violencia.

[6] En alusión a la célebre canción Superstition de Stevie Wonder.

[7] En alusión a James Brown, a menudo apodado «Mr. Dynamite».

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