Hay algo fascinante en mirar lo prohibido. La aparición de los dos rombos, el aviso de que las siguientes escenas van a herir tu sensibilidad o la puerta entreabierta tras la que escuchas jadeos… Todos disparan un mecanismo que (casi) involuntariamente paraliza tus ojos. No puedes dejar de mirar.
¿Qué es exactamente el voyeurismo?
El voyeurismo es la excitación que nace de mirar. De observar una escena íntima, un gesto sexual, una situación prohibida o incluso la simple sensación de estar contemplando algo que no deberíamos ver. A veces ocurre desde la distancia. Otras, desde la fantasía. Y muchas veces forma parte de dinámicas completamente consensuadas dentro de la pareja.
Pero el voyeurismo no siempre tiene que ver con esconderse detrás de una ventana o espiar a desconocidos, como tantas películas han querido hacernos creer. En realidad, aparece en situaciones mucho más cotidianas: mirar a tu pareja mientras se masturba, excitarte viendo cómo alguien te observa desnudarte, sentir morbo al imaginar que podrían descubriros o disfrutar simplemente del poder de la mirada durante el sexo.
Porque sí: mirar también puede formar parte del juego. Y, en muchos casos, la tensión mental, la anticipación y la sensación de estar accediendo a algo íntimo resultan incluso más excitantes que el propio contacto físico.
Hay algo fascinante en lo prohibido. Hay morbo. Y esa sensación de cruzar líneas, de transgredir, de ocultar, es altamente adictiva.
El morbo de observar sin participar
De adicciones, de situaciones morbosas, de pensamientos ocultos y de perversiones va esta historia. O historias. La mía, las vuestras. Porque todos tenemos relatos voyeur. Aunque, ¿quién se atreve a admitir que es voyeur? Y en el fondo ¿quién no lo es?
Elegí un nombre casi ridículo, «Luv» (expresión fonética de «love» empleado de manera poco ortodoxa), en recuerdo de aquellas veces que, al pasear por la calle, escuchaba esas palabras obscenas y ensalivadas:
¡Grrrr luuuuvv, te daba un buen revolcón…! Me encantaba provocar, lo buscaba. Vestía como una prostituta, pero no lo era. No necesitaba cobrar para follar, lo hacía porque me encantaba hacerlo, y que me miraran, sentir sus ojos y sus miembros dentro de mí. Me sentía poderosa, protagonista de mi propia peli porno.
La fantasía de ser descubierto
Parte de la excitación voyeur no nace únicamente de mirar, sino también de la posibilidad de ser visto. Una ventana sin cerrar del todo, unos gemidos demasiado altos, una puerta entreabierta o la sensación de que alguien podría descubrirnos convierten el sexo en algo mucho más intenso. El riesgo —aunque sea imaginario— añade tensión, adrenalina y deseo.
En el hospital no se podía tener sexo. Pero yo era una mujer muy persuasiva y todos y cada uno de los guardias de seguridad pasaban por alto esta prohibición, con tal de mirar.
No fue nada, nada difícil. El primer paciente con el que pude conversar, tras los tres primeros días de aislamiento, padecía algún tipo de esquizofrenia. Hablaba mucho de insectos, de cómo entraban por su ropa y orificios. Me señalaba el paquete, horrorizado. Le dije que le ayudaría a limpiarle mientras le cogía de la mano en dirección al lavabo. Inmediatamente un guardia se dirigió a nosotros. Sin soltarme del loco, me acerqué al oído del guardia y le susurré:
–Solo voy a demostrarle que no le están devorando sus partes, ¡pobrecito!, imagínate lo que debe ser sentir eso. Si no me crees, puedes venir a verlo.
Vi el resplandor en sus ojos, idéntico en cada mirada. No debo, no debo, no debo…mientras asentía nervioso.
Al llegar a los lavabos me coloqué delante del espejo. El loco nos miraba a los dos, el guardia, tras la puerta entreabierta, también.
Bajé el pantalón de tela, despacio, examiné sus piernas con mis manos.
–¿Ves?, no hay nada.
–Sí, sí, una araña está entrando en mis calzones –casi gritaba.
Los bajé de un tirón. No me sorprendió encontrarme una preciosa erección.
Toqué por todos los sitios, mientras sentía mi humedad resbalar por las piernas.
–No hay nada. Pero podemos aprovechar esto –dije mientras entendí la saliva resbalando la comisura de su boca como un sí. Le hundí dentro de mí.
Cuando se corrió miré a los ojos del guardia, quién desde ese día no dejó de espiarme en ningún momento, ni siquiera mientras dormía.
Mirar también es una forma de participar
Quizá por eso el voyeurismo aparece en tantas fantasías sexuales, incluso en personas que jamás se definirían como voyeur. Mirar, observar, imaginar o sentirse observado forma parte de muchos juegos eróticos cotidianos, aunque pocas veces lo nombremos de esa manera.
Sin intención de erradicar el morbo de lo prohibido o la excitación de las miradas indiscretas, considero de gran importancia ser capaz de afirmarlo: sí, soy voyeur, sin duda. ¿Quién no?
Quizá el voyeurismo no sea más que otra forma de jugar con el deseo, la imaginación y los límites de aquello que nos excita. Porque, al final, las fantasías sexuales dicen mucho menos de lo que somos… que de aquello que nos atreve a encendernos. Y si quieres seguir explorando el universo de las filias, el morbo y las fantasías no convencionales, puedes descubrir más historias y prácticas en nuestra sección de fetiches.
…
Como agradecimiento por leernos, disfruta un 15% de descuento en juguetes eróticos (copia y pega el código VOLONTE15 en la cesta):











