El título original de la película de 2024, dirigida por Daniel Minahan (y del que conocemos su faceta como director de capítulos de series de éxito como Juego de Tronos, Homeland, The Good Wife o A dos metros bajo tierra, entre otras) es On Swift Horses, que sería algo así como «En caballos veloces». En lengua castellana se ha traducido por Indomables, y también en francés de manera similar por Indomptés, lo que sugiere que esos veloces caballos (eludidos en el título) están en cierta manera fuera del dominio del jinete, no del todo bajo control, que tienen algo de imprevisibles y de indisponibles.
Indomables
Tras ver el largometraje, se puede entender que los equinos son una metáfora de lo que de insondable, desbocado pero también impulsor tiene el deseo. Los caballos, las carreras de caballos en concreto, son los que posibilitan a Muriel el despliegue de su propiedad, el caballo con el que reaparece Julius (ganado al parecer en una partida de póker) explicita a las claras que cuando este regresa, lo hace con un deseo concreto e imprevisible para los demás. Pero vayamos al inicio argumental. Los que no hayan visto la película pueden saltarse los dos párrafos que siguen.
Sinopsis
Muriel y Lee tienen planes (un deseo). Estamos a principios de los años cincuenta y la Guerra de Corea ha tocado a su fin. Ese deseo incluye a Julius, hermano de Lee y al que Muriel no conoce. Cuando Julius regresa, licenciado de la marina, lo hace con menos expectativas económicas de las previstas y, por tanto, con menos recursos de los necesarios para cumplir el deseo. Este deseo no es otro que trasladarse los tres a la soleada California, comprarse una casa y participar activamente del American Dream. Entre Muriel y Julius se establece una relación estrecha, peculiar, poderosa, más epistolar que carnal y que, de alguna manera, es el hilo conductor de la trama afectiva y deseante de la película. Julius, pese a las reticencias de su hermano Lee, se desmarca en un principio del deseo común: abandona el triángulo para iniciar un viaje sin destino fijo e intentar obtener recursos a través de jugar al póker. Muriel y Lee mantienen el deseo inicial. Se trasladan a California y se casan.
Tráiler
Hay en esos primeros tramos del metraje algo que al espectador le queda bastante claro: el deseo compartido es un deseo de Lee, para Muriel es un deseo adoptado, uno que cada vez la aleja más de su propiedad, uno que va a hacer entrar en conflicto a la pareja y el propio deseo en sí. Muriel trabaja de camarera en un local donde los especialistas en apuestas de carreras de caballos hacen sus predicciones. Ella toma buena nota. Hace de manera «sensata» varias apuestas de azar y gana una pequeña fortuna. Guarda el dinero y no hace partícipe a Lee de la ganancia. La escena en la que Lee, que se ha integrado laboral y socialmente en el nuevo territorio californiano, le presenta la que podría ser su nueva casa, muestra la decrepitud del deseo común. Aun así, Muriel sigue el juego: sabe que si ahora se echa para atrás, Lee no lo alcanzará. Finge vender la casa de sus padres para dar la entrada (en realidad, obtiene los fondos de las que han sido sus ganancias en las apuestas), y todo parece seguir el orden marcado por el deseo de Lee. Pero Muriel lo tiene claro, establece contacto (en sentido estrecho, se verá) con una vecina latina que recolecta aceitunas y empieza a frecuentar un salón de lo que en los EE.UU. de los cincuenta se llamaría de «moral disoluta», a cuya propietaria ha conocido en las apuestas. En paralelo, la existencia de Julius se desarrolla lejos, en el juego de cartas. Ingresa en un casino para detectar a apostadores tramposos y conoce al amor de su vida: un joven latino con marcadas ambiciones. Ambos inician una aventura peligrosa que acabará separándolos físicamente. Durante todo ese proceso, Muriel y Lee se cartean. Lo que parece ser una comunión de espíritus, la bisexualidad de Muriel y la homosexualidad de Julius (ambos desconocen la erótica del otro) les hermana, pero Muriel espera algo de Julius que Julius no le puede dar. Muriel espera que Julius vuelva y viva con él una existencia afectivamente «normalizada». Julius solo quiere reencontrarse con su amado.
Análisis
Bien, tenemos, entonces, una trama de deseos propios e impropios que confeccionan el tejido, el texto de la narración. El deseo propio de Lee no es el de Muriel (aunque lo parezca) ni el de Julius (aunque lo hubiese manifestado), el de Muriel no es el de Julius ni el de Lee, el de Julius, el propio, no es el de Muriel y en nada coincide con el de Lee. Forman un triángulo afectivo con deseos y proyecciones divergentes. Algo muy común en la realidad cotidiana de las asociaciones afectivas, aunque no lo parezca: un deseo presentado como común unifica la pareja, cuando este se ve que en realidad no es común sino de uno de los relativos, la sociedad afectiva se desvanece. Y lo hace porque los deseos no tienen una forma garantizada de gestión ni de reorientación, pues allí donde se engendran no tenemos dominio alguno, aunque tengamos responsabilidad sobre los efectos que, esos deseos, puedan producir. Ese coser una manta que resguarde del frío a la unidad afectiva con hilos de gramajes y texturas tan incompatibles y el ver cómo se deshilacha es lo que hace atractivo y veraz el relato de Indomables.
Interpretaciones notables y creíbles
En un análisis más cinematográfico, la película tiene una dirección artística y fotográfica muy convincente que sumerge inmediatamente al espectador en el tiempo y el orden moral que pretende retratar. El ritmo es quizá un poco lento, pero no tedioso y las interpretaciones son notables y creíbles. Daisy Edgar-Jones encarna de manera atractiva el papel de Muriel y el pujante Jacob Elordi el de Julius. El tercero, Lee, es interpretado en un papel que se presta menos a lucimiento, por Will Poulter. Indomables no alcanza la intensidad dramática y la finura narrativa de algunas otras obras precedentes que abordan la misma problemática, pienso por ejemplo en Brokeback Mountain o incluso en Carol, pero eso no hace de ella una propuesta prescindible, sino más bien un par de horas de amena reflexión sobre lo propio y lo impropio, el deseo y el amor, la represión y el talento para saber qué hay que sacudirse de encima y qué no en el dificilísimo arte de establecer la paz con uno mismo en compañía de los demás.
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