Sexo, química y vídeos X (un enlace quíntuple) – Relato erótico

En 2005, cursaba 5º de Químicas cuando me concedieron una beca de colaboración en una universidad de Valencia. Me destinaron a la biblioteca 6 horas al día por 420 euros al mes, mientras terminaba de enlazar mis estudios para alcanzar cierta estabilidad. Así contado, te parecerá que fue un año insulso y dedicado exclusivamente al trabajo, pero eso es porque aún no sabes lo que ocurrió. Esto es una historia de sexo que nunca debería haber ocurrido, pero de la que jamás me arrepentiré.

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Relatos eróticos

En Ciencias Químicas, el enlace quíntuple es una de las formas de enlace menos corriente. En este, entran en juego 10 electrones que se encargan de ligar dos centros metálicos, reduciendo la distancia que existe entre las moléculas. Y entre estas se denominan ligandos aquellas que se unen al metal, pudiendo ser dadores o aceptores y, en función del caso, deben guardar cierta simetría con el metal para poder estabilizarse.

Vas a pensar que soy una puta. Y la verdad es que, en cierto modo lo fui.

PRIMER MES (METAL-METAL)

Pasar más de doce horas en el campus universitario no iba a suponer un problema. Mi cuerpo y mi mente son tan resistentes y duros como el titanio: en sociedad, me muevo con simpleza y solidez, en la cama soy todo calor y electricidad. Aunque, también puedo alcanzar la incandescencia en público…

Llegué a la modernísima recepción de la biblioteca que tantas veces había visitado, carta en mano, preguntando por el responsable.

–Te estábamos esperando –me dijo el tipo de recepción como si no me conociera–. Nuestro superior está en la segunda planta, en el aula de formación.

Sabía perfectamente donde estaba, pero nunca me había parado a pensar quién era el o la responsable de aquella pandilla de zombies, encubridores del saber. Subí las escaleras, atravesando la columna abierta de cristal que tantas veces había visto. Giré entre las estanterías y, como siempre, agitaron sus libros para darme la bienvenida. Acaricié sus lomos y seguí hacia mi esperada reunión…

–¿Se puede? –pregunté con una cadencia insospechadamente tartamuda, luego de haber dado lo tres toques de rigor en la puerta–.

–Pase, por favor –oí aquella voz seca proveniente del interior–.

–Hola, soy…

–Sé quién eres y llegas tarde –replicó militarmente–. Sólo llevo 3 meses en esta biblioteca, pero yo mando. ¿Tienes alguna duda a este respecto?

A pesar de alcanzar los cuarenta, su cuerpo era fragancia veraniega, un polvo a la salud del Sol, imaginados gemidos, aullidos de placer y pieles sutilmente desgarradas. Metal aparentemente incandescente a un metro y medio de distancia.

En silencio, me senté enfrente a la espera de sus órdenes. Enumeró mis tareas como si se tratase de la programación de un maldito robot, dejando a mi ego por los suelos… ¿Mi reacción?

–No se preocupe, todo estará en orden.

SEGUNDO MES (ELECTRONES)

Era el primer viernes del segundo mes, y mis ya débiles brazos acumulaban agujetas de elevar los libros desde los carritos hacia su exacto puesto en las estanterías. Hasta los metales se desgastan… ¡Cuántas veces había deseado trabajar en algo así y cuánto lo odiaba ahora!

–Vamos a tu despacho –me ordenó mientras intentaba colocar un manual de química orgánica–.

Tras un mes, me volví a encontrar en la misma posición sumisa que el primer día. Pero, esta vez, en mi cubículo de poder.

–¿Te gusta lo que haces? –inquirió con firmeza–.

–Mire, yo estoy aquí por…

–Estás aquí porque necesitas el dinero y el crédito para tu currículum y yo te voy a proporcionar ambos –me interrumpió sin compasión–.

Su poder iba más allá de la sugestión. Y yo, con un estúpido genio infantil contesté.

–Yo no estoy por el dinero, sino por lo que esto aporta para mi carrera –repliqué como si albergara pureza y santidad–.

Me miró fijamente. Me dijo que yo era demasiado joven, pero que irradiaba demasiada belleza… Y se lanzó por encima de mi escritorio, agarrándome de la camisa, ahogándome y poniéndome en un nivel de excitación que jamás había vivido. Incandescentes, no nos dejábamos alcanzar el punto de fusión; empujones y arañazos se entrelazaban con caricias y besos, apasionado sexo oral y sendas penetraciones…

Este fue mi primer y obligado enlace químico. El lunes siguiente apenas cruzamos miradas, pero el jueves volvió a mi despacho… Y el viernes también. La tercera semana del mes comenzó como la segunda, pero desde el miércoles nuestros cuerpos se volvieron a enlazar, lamiéndonos, arañándonos, acariciándonos a base de nalgadas y algún que otro peligroso juego de asfixia pre-orgásmica. El último lunes del mes fue tan indiferente como los previos, sin embargo, el resto de la semana demostró que había mucha química entre nosotros. Y es que hasta las ciencias más exactas, incluso la aritmética, contienen un intrincado propósito mágico que, de algún modo, nos conduce en el destino… Uno, dos, tres y cuatro eléctricos y calientes encuentros sexuales durante las cuatro semanas, compusieron esos diez electrones que todo enlace quíntuple requiere.

TERCER MES (ESTABILIZACIÓN)

–Hago lo que quieres, cuando quieres. No me fuerces más…

–¿Es esto una obligación? –preguntó con lágrimas en los ojos–.

Le dije que yo no lo hacía bajo ningún mandato. Que yo era libre…

En realidad, me encontraba en plena sumisión a sus deseos: a veces, llevaba el carrito de los libros a las 9 y media de la noche, cuando se acercaba y me acariciaba el sexo con la seguridad que todo el mundo anhela, con la firmeza que toda la gente desea tener de sus parejas.

Los átomos se dispersaban para unirse entre las estanterías, a cualquier hora. Los sentimientos habían cambiado tanto que, del depósito de libros, pasamos a la sala de lectura.

Ahora nos revolcábamos sobre las mesas, e incluso sobre los escáneres de la entrada, como si estuviéramos exorcizando la huida del conocimiento, precisamente, cuando no había nadie leyendo. Cuando nadie nos podía ver o eso creímos…

CUARTO MES (CRISTALIZACIÓN)

Casi todos los metales tienen cristales y aquellos que son más densos, poseen más átomos en el mismo volumen. Es decir, la distancia entre los mismos es menor, como los que se configuran mediante una red cúbica de cristales elementales centrados en las caras.

–Tienes que saber cuál es tu puesto –me dijo impasible–.

–¿Por qué tienes que enfriarme cada lunes? –pregunté con indignación–.

–Tú eres estudiante de Químicas, deberías saber que cuando los metales se calientan por encima de su punto de fusión…

–Los átomos se juntan irregularmente al azar adquiriendo energía y movimiento –continué su frase con total seguridad en mi conocimiento–.

–Entonces, ya tienes la respuesta –replicó cambiando completamente el tono–.

Súbitamente, parecía rebosar humanidad y sentimientos hacia mí. Sin embargo el tono era derrotista.

–¿Quieres que dejemos de hacerlo? ¿Es por la diferencia de edad?

–No, es por todas las cosas que nos unen. ¿Te has dado cuenta de que no nos hace falta hablar? –me preguntó con la mirada perdida–.

–Los ligandos…

Iba a explicarle que las moléculas tienen que guardar cierto parecido con el metal para poder estabilizarse en los enlaces, cuando el tipo de información nos interrumpió para avisarnos de que el Vicerrector de la Universidad estaba esperándonos en la planta baja con otros cuatro señores.

Nos pidieron que les condujésemos a la sala de audiovisuales. Allí, reprodujeron durante 5 minutos uno de los vídeos que habían grabado las cámaras de seguridad, instaladas 4 meses atrás, un mes antes de que ella se convirtiera en la directora de la biblioteca. No había sonido, pero se nos identificaba perfectamente. De hecho, podía ver su cara con más nitidez que cuando estaba cabalgándome ferozmente, sobre las mesas de la sala general de lectura. La grabación mostraba más que un vídeo X, dos fieras enfrentando sus sexos como si de una batalla se tratara, pero también enseñaba a dos personas que no apartaban la vista de sus caras, cercanos, como la red cúbica de cristales elementales más fuerte.

–¿Les parece correcto? ¿Creen que este es el comportamiento digno de una directora y de su becario? –inquirió el Vicerrector con la típica actitud que apesta a la naftalina de los altos cargos–. Y sin dejarnos tiempo para pedir disculpas, se dirigió a mí con soberbia: –¡Usted es una puta! ¿Cree que puede hacer carrera follándose a los responsables?

–Él no tiene la culpa de nada –replicó Eva, interrumpiéndole con firmeza–. José es un trabajador espléndido que…

–Que va a renunciar voluntariamente a su beca, así como Usted va a abandonar su puesto por motivos personales…

Te voy a confesar algo: él tenía parcialmente razón, soy (o fui) una puta. Prostituí mis horas de descanso, haciendo salvajemente el amor con la que era mi superior, mi jefa… y la que, a día de hoy, es mi esposa.

No sé si el sexo es químico o si existe aquello de la química del amor, pero sí sé que los enlaces más complicados son siempre los más fuertes.

Follando en la oficina

Sexo en la oficina: razones, modos, lugares y personas

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