Dos mujeres besándose con ternura, imagen destacada del relato lésbico El manuscrito de Laura y Nora.

El manuscrito de Laura y Nora — Relato lésbico

Pasaron años corrigiendo relatos ajenos. Los suyos siguieron llenándose de tachones y silencios. Hasta que llegó el momento de empezar a escribirlos.

Laura y Nora, un romance entre editoras

Barcelona tenía esa luz de finales de primavera que parecía pedir una última copa antes de volver a casa. Desde la terraza del bar, las conversaciones de los empleados de la editorial se mezclaban con el ruido de los tranvías y el tintinear de los vasos. Después de la publicación de un nuevo superventas, la dirección había organizado un afterwork improvisado. Nadie hablaba ya de cifras de ventas. Todos parecían decididos a olvidar, durante unas horas, los manuscritos, las fechas de entrega y los autores difíciles.

Laura llegó unos minutos tarde.

Lo hizo con esa elegancia involuntaria de quienes nunca parecen esforzarse por resultar interesantes. Llevaba una americana de lino color marfil sobre una camiseta negra y el cabello, apenas más corto desde que se había divorciado seis meses atrás, parecía haber aprendido una nueva forma de caer sobre los hombros. Saludó a todos con la cordialidad de siempre, sin detenerse demasiado en nadie.

Nora la observó desde la barra mientras fingía escuchar a un compañero que intentaba convencerla de leer una novela de ciencia ficción.

Hacía cuatro años que trabajaban en la misma editorial. Laura dirigía la colección de grandes autores internacionales. Nora era editora júnior, todavía acostumbrándose a esa mezcla de intuición y cálculo que exigía el oficio. Compartían reuniones, cafés apresurados y correcciones interminables, pero la distancia entre ambas nunca había sido únicamente jerárquica.

Laura le había parecido siempre inaccesible. No por altiva. Al contrario. Había en ella una cortesía tan impecable que impedía cualquier exceso de confianza. Era de esas personas que escuchaban con atención y sonreían con autenticidad, pero de las que nadie sabía demasiado. Hasta el divorcio.

Después de aquello, sin convertirse en otra mujer, había empezado a parecer menos protegida por sí misma.

Nora nunca había hablado de lo que sentía. Había dado por hecho que Laura era heterosexual. Casada durante casi veinte años. Madre de un hijo universitario. Una biografía demasiado ordenada como para imaginar otro relato.

—¿Me sirves otra?

La voz de Laura la sorprendió.

Estaba justo a su lado.

—Claro.

Nora levantó la vista y tardó un instante más de lo debido en reaccionar.

—¿La misma copa de vino?

Laura sonrió.

—Me impresiona que te acuerdes.

—Los editores vivimos de los detalles.

—Y de la memoria —respondió Laura.

Sus dedos coincidieron sobre el borde de la copa cuando Nora se la acercó. Fue un roce insignificante. Apenas un segundo. Pero había contactos que no se medían por su duración, sino por la cantidad de pensamientos e ideas locas que despertaban.

—¿Te apetece salir un momento? Aquí empieza a hacer demasiado ruido.

No era una invitación extraordinaria. Cualquiera habría podido escucharla sin encontrar nada especial. Sin embargo, Nora sintió que aquella frase abría una puerta que llevaba años contemplando desde lejos.

Salieron a la calle. La noche olía a asfalto todavía caliente. Caminaron sin rumbo fijo, dejando atrás el murmullo del bar. Barcelona tenía el extraño talento de ofrecer rincones silenciosos a pocos metros de cualquier multitud.

Hablaron de libros.

Siempre empezaban por ahí.

De una autora francesa que había escrito que el deseo nace mucho antes que el contacto. De un manuscrito que ambas habían rechazado por razones distintas. De personajes femeninos construidos por hombres que confundían misterio con silencio.

—¿Sabes qué echo de menos? —preguntó Laura.

—¿Qué?

—Las conversaciones en las que una no tiene que demostrar nada.

Nora la miró de perfil.

Era la primera vez que percibía cansancio en aquella mujer que parecía sostener siempre el equilibrio de todos.

—¿Y las has encontrado alguna vez?

Laura tardó en responder.

—Creo que ahora mismo sí.

La frase quedó suspendida entre ambas.

No había música. Ni testigos. Solo el sonido de sus pasos acompasados.

Nora sintió un impulso absurdo de cambiar de tema. De protegerse. Porque el deseo, cuando lleva demasiado tiempo escondido, suele confundirse con el miedo.

—Siempre pensé que eras inalcanzable.

Laura dejó escapar una risa breve.

—Curioso…

—¿Por qué?

—Porque yo pensaba exactamente lo mismo de ti.

Nora se detuvo.

La ciudad siguió moviéndose a su alrededor, indiferente.

—No bromees con eso.

—¿Te parezco una mujer que bromearía con algo así?

Había una serenidad nueva en su manera de sostener la mirada. No era la seguridad de quien espera una respuesta favorable. Era la tranquilidad de quien, después de mucho tiempo, ha decidido dejar de esconderse.

—Cuando me separé —continuó Laura— me di cuenta de que llevaba media vida respondiendo a preguntas que nadie me había hecho. Sobre quién era. Sobre lo que se esperaba de mí. Sobre lo que debía desear.

Nora sintió que el corazón le latía con una intensidad impropia de su edad.

—¿Y ahora?

Laura sonrió apenas.

—Ahora prefiero hacerme preguntas nuevas.

Durante unos segundos las dos se mantuvieron calladas.

La distancia entre ambas se había reducido casi sin darse cuenta. No había prisa. Tampoco incertidumbre. Solo esa forma de intimidad que aparece cuando dos personas dejan de interpretar el personaje que el mundo espera de ellas.

Nora pensó que, en el fondo, editar libros y enamorarse tenían algo en común.

En ambos casos había que aprender a leer lo que nunca estaba escrito.

Nora no supo cuál de las dos dio el último paso.

Quizá ninguna.

Laura seguía mirándola con esa calma que siempre la había desconcertado. No había desafío en sus ojos. Solo una pregunta formulada sin palabras.

—¿Puedo…? —susurró Nora, casi avergonzada de necesitar todavía el lenguaje.

Laura respondió acercándose apenas unos centímetros.

—Llevas demasiado tiempo pidiéndome permiso para todo.

La frase terminó de desarmarla. Nora sonrió, nerviosa, y dejó escapar una respiración que parecía contener cuatro años de silencios. Levantó la mano muy despacio y rozó con la yema de los dedos un mechón de cabello que el viento había llevado hasta la mejilla de Laura. Lo apartó con una delicadeza casi reverencial, como quien pasa la página de un libro antiguo.

Entonces ocurrió. Ese beso fue una decisión.

Sus labios se encontraron con una lentitud inesperada, explorando primero la certeza de que aquello estaba sucediendo de verdad. Durante un instante permanecieron inmóviles, sintiendo el calor compartido, la respiración entrecortada, el leve temblor que acompaña a los comienzos importantes.

Después, el beso ganó profundidad. No era el beso impaciente de quien intenta conquistar algo, sino el de dos mujeres que, después de mucho tiempo viviendo dentro de historias ajenas, descubrían la extraña felicidad de escribir la suya propia.

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Cuando se separaron apenas unos centímetros, ninguna de las dos habló. Las palabras habrían estropeado la precisión de aquel silencio.

Laura apoyó la frente contra la de Nora y cerró los ojos.

—No sabes cuántas veces imaginé esto.

Nora soltó una risa tan baja que casi parecía una confesión.

—Pues vas con retraso.

Laura arqueó una ceja.

—¿Ah, sí?

—Unos cuatro años.

Las dos rieron, y aquellas risas, inesperadas y luminosas, disiparon el peso de todo lo que habían callado hasta entonces.

La ciudad seguía girando a su alrededor.

Alguien cruzó la calle con prisas.

Un taxi se detuvo en el semáforo.

Desde la terraza del bar llegaban ecos de una canción que ambas conocían, aunque ninguna habría sabido decir su título.

Qué extraño era comprobar que la vida podía cambiar sin hacer ruido. Bastaba un beso. Y no porque resolviera el pasado, sino porque transformaba el significado de la espera.

Nora comprendió entonces que había confundido durante años la admiración con la distancia. Laura nunca había sido inalcanzable. Solo había estado encerrada en una historia que ya no le pertenecía.

Y Laura descubrió, con una serenidad que la sorprendió a ella misma, que aún existían comienzos capaces de llegar a la mitad de una vida. Las editoras dedicaban sus días a encontrar la mejor versión posible de los textos de otros. Aquella noche, por primera vez, tuvieron la sensación de que el manuscrito más importante era el que acababan de empezar a escribir juntas.

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