Una MILF en apuros: La mudanza

Me he mudado, lo digo así, a bocajarro, sin contemplaciones, sin adornos, a lo bestia… Me he mudado porque siempre he sido una mujer de culo inquieto (ahora, inquieto pero un poco más gordo, que la premenopausia tiene estas cosas que son poco graciosas) y necesito cada equis tiempo dar un salto al vacío, tirarme a la piscina, haya agua o no.

Me he pasado la vida dando saltos al vacío: que si ahora me separo, que este ya me cansa… Que si ahora dejo este trabajo fijo y me hago freelance (madre mía, qué locurón esto). Que si me quedo embarazada y soy madre soltera. Que si ya tengo un gato y adopto otro, porque qué mono es y luego resultó ser un hijo de puta que llegó lleno de pulgas (12) y que me iba abriendo los grifos de la casa. Todo a lo loco… Pero volvamos a la mudanza: ya se sabe que en las mudanzas uno encuentra cosas que usó poco y que, además, tenía olvidadas en un cajón; debería ser el momento para hacer limpieza porque anda que no acumulamos trastos y mierdas. Sin ir más lejos, me he encontrado una pala de pádel que me compré porque salí durante un tiempo con un tipo aficionado al pádel y de ideología opuesta. Lo segundo no tiene perdón, lo sé. El caso es que menos mal que era aficionado al pádel y no a las motos de agua porque si no, habría acabado yo también comprándome una y no veas, menudo armatoste, eso no hay trastero que lo resista. Pues ahí estaba la pala de pádel, casi nueva, porque la usé poco, la verdad, como a él, que me dio para lo justo: yo intentaba adaptarme a sus amigos de pádel, pero chico, es que eran todos muy pijos (aunque casi todos andaban pelados de dinero, pero ya se sabe que lo importante es aparentar) y yo, para ser honesta, prefería salir con la bici que tomarme cañas con chicos que llevaban politos de marca.

Con el del pádel, follé muy bien, pero poco tiempo, porque como él estaba a punto de divorciarse (pendiente del juicio, ya llevaba un tiempo viviendo en casa de sus padres), se puso mohíno… Un amigo me decía «Lárgate, esa no es tu batalla». Y razón no le faltaba porque dejamos de follar, a pesar de mis ganas, porque él lo estaba pasando mal. Los polvos de los primeros meses fueron bestiales, de hecho, él me decía que sudaba más conmigo que en los partidos de pádel; follábamos y follábamos a deshora. Recuerdo que tenía un olor corporal que me ponía la mar de berraca. Y como el sexo era tan bueno, a mí no me molestaba que se instalase en mi casa cada fin de semana (los divorciados son muy de instalarse en casas ajenas, la verdad). Se instalaba y comía gratis (y mucho), a veces incluso traía a sus dos pequeñas porque, total, donde comen tres comen cuatro, sobre todo si no tienes que pagarlo tú, claro está (nótese que lo cuento sin rastro de inquina).

Así son las cosas: las expectativas se desbocan porque el sexo empieza siendo cojonudo y no hay nada peor que tener expectativas en esta vida: las putas expectativas son de lo peor. Por eso, a las citas de Tinder o al Only fans hay que ir ligero de equipaje (si quieres, de ropa también), esperando nada de la vida. ¿Es triste lo que os digo? Pues sí, pero es que luego os pasa como a una antigua compañera de trabajo, que conoció a un tipo al que le gustaban las estrellas y la astronomía. Ella, feliz, porque le parecía la mar de romántico eso de contemplar estrellas agarraditos de la mano. Su primera cita ya debió de ser premonitoria: era verano, quedaron a las cinco de la tarde, con toda la solana, como si no hubiera otras horas para verse, digo yo que sería el ansia. El caso es que él, nada más verla saliendo del metro, le puso en los brazos no un ramo de lilium orientalis, no, sino toda la enciclopedia Larousse sobre astronomía. O sea, unos libracos gordos sobre las estrellas, que si quieres caldo, toma tres tazas. Y se la llevó a tomar un café a la cafetería de El Corte Inglés. Un plan romántico sin fisuras: te pongo 4 kilos de libros en los brazos en una tarde de julio en Madrid, y te llevo a un sitio especial, como la cafetería de El Corte Inglés. Y así fue ella hasta la cafetería, arrastrando los pies por el peso de los libros (que a ella las estrellas le gustaban lo justo) y por el peso de las expectativas, una vez más rotas por la salvaje realidad. Porca miseria.

En todo eso pensaba yo desembalando cajas y con la pala de pádel de fondo. La he puesto en Wallapop, junto con unos juguetes de la peque y unos vestidos de la mayor que se compró hace una semana y ya no le gustan. Menos mal que nos queda esta plataforma para deshacernos de aquello material que ya no nos place. De lo inmaterial ya hablamos otro día…