Mujer desnuda sentada en una playa cubriendo su cuerpo con los brazos en una imagen asociada al deseo exhibicionista

El deseo exhibicionista: por qué necesitamos ser vistos

Uno abre una revistilla y lee cosas como: «El exhibicionismo es la inclinación a mostrarse desnudo en público» o «Es una parafilia ocasionada por un impulso para mostrar sus genitales en público», etc. Y sí, pero no, al menos, no todo. También La rendición de Breda es «un cuadro pintado por Velázquez» pero eso, siendo cierto, no explica gran cosa sobre el fenómeno «La rendición de Breda». Hay que escarbar algo más. Hay que hacerse más preguntas, hay que intentar comprender un poco más allá de la superficie.

«Mostrarse» para obtener nuestra condición de humanos

Exhibicionistas somos todos. Sin ello, no obtendríamos ni siquiera nuestra identidad. No alcanzaríamos la condición de individuo ni de sujeto. Nosotros «somos», eso lo explicó magistral y enrevesadamente Hegel, lo sabe el psicoanálisis y lo sabe también hasta el caniche de la portera de mi finca.

Somos en cuanto que somos vistos, porque es la mirada del otro, desde que ponemos los pies en este páramo, la que nos proporciona la capacidad de ser. Sin humanos mirándonos, no seríamos humanos, no alcanzaríamos nunca tan extraña condición. Nos mostramos para ser «reconocidos» por los otros como nosotros, para que nos acepten en su fascinante e inquietante forma de darse a ser.

Eso no significa que estemos deseando meternos en el metro en hora punta para bajarnos las bragas. Eso es un desbordamiento del exhibicionismo y en ocasiones una perversión, pero no es (solamente) el exhibicionismo. En el momento en que instintivamente encontramos el pecho de la madre, también generamos estrategias exhibicionistas. Aprendemos a mirar para ser vistos. Y con ello alcanzamos otra maestría: la de ocultarnos, la de cerrarnos, la de enmascararnos, la de que viéndonos y reconociéndonos haya parcelas que nunca queden al alcance de los demás.

Solo las grandes locuras tienen la imposibilidad de cerrarse, de obtener una identidad que, como tal, es indescifrable para los demás. Tenemos ahí un primer rasgo curiosísimo del exhibicionismo. El exhibicionista se muestra para mostrar que ni en su desnudez es visto. Que por más que le miren las tetas o el culo en pompa no está alcanzando lo inexplicable, lo «invisible» de él. Que por más que se caigan los velos (en griego, «verdad» es aletheia: «desvelar») nunca alcanzarán la verdad del sujeto. Y eso, a ciertas subjetividades, les enciende como una falla.

Los riesgos de «mostrarse»

En esa «voluntad de aparición», la ocultación de lo que se exhibe es el activador deseante de lo que normalmente se conoce como «morbo». Uno sabe, lo sabe de siempre, que mostrarse implica serios riesgos. No me refiero a los penales, me refiero a riesgos en la propia estructura del sujeto.

Riesgo a ser juzgado: cada mirada que realizamos o la que sobre nosotros realizan no es una mirada, es un juicio valorativo. Ello implica que nos mostramos vulnerables porque podemos ser rechazados (excluidos del grupo humano que nos da amparo) o salir perdiendo en el análisis comparativo («la tiene pequeña en comparación con…»).

Entrar en el terreno de la incertidumbre. Estar vendido. Devienes una ofrenda vulnerable. Y eso le puede poner a una como a un ñu en celo. Pero hay todavía un riesgo mayor: ser deseado.

Gilles Deleuze lo tenía claro: «Cuando estás atrapado en el deseo del otro, estás jodido». Tu existencia va a estar inmediatamente condicionada por ese deseo ajeno. Eso no contradice que nuestro deseo más prístino sea el ser deseado por los demás (aquello que Lacan sintetizaba con la enigmática expresión: «Mi deseo es el deseo del otro» y que entronca con la necesidad de reconocimiento). Entro en la erótica de ser un deseante deseable. Quiero ser deseado, pero temo horrores ser deseado. La combinación perfecta para la excitante transgresión.

Giorgio Agamben refuerza lo anterior con una idea interesante. En el exhibicionismo, no es la desnudez lo significativo, sino la toma de conciencia de estar expuesto (un poco lo que le pasa a Adán y Eva cuando, tras haber comido la manzanita, su primer signo de humanidad es verse desnudos y tomar, con ello, conciencia de lo expuestos que están).

Una experiencia traumática, transgresora, de riesgo, pero por lo mismo, ansiada y deliberada para el exhibicionista. Esa «experiencia de la visibilidad» es en el exhibicionista la conversión de lo traumático en placer. Un poco como sucede en las dinámicas BDSM con la dupla tan hermanada de dolor/placer. Y si esa conversión excita al que se exhibe, el que mira obtiene el plus libidinal, no de lo que ve sino de lo que el que se muestra se ha atrevido a hacer.

Mostrarse a los demás para mostrarse a sí mismo

Una última reflexión. Se suele asociar el exhibicionismo con una especie de narcisismo patológico. La asociación es discutible. Al narcisista le gusta mostrarse, pero le gusta mostrarse a él mismo. El otro es un estorbo, un obstáculo, algo que le impide el deleite de verse a sí mismo en plenitud y sin trabas. Si algo hubiera de esa contemplación solipsista en el acto de exhibirse es la de contemplarse a sí mismo siendo contemplado. Pero nada más. Tampoco, en estricto sentido, sería exhibicionismo el colocar cada cinco minutos un reel en Instagram. Aquí, en este caso, nos encontramos más bien ante una falta de propiedad, una especie de adolescencia que busca la reafirmación de una identidad frágil en el sujeto, que necesita ser continuamente ratificada en el otro. No es lo mismo.

Un exhibicionista puede tener una identidad bien forjada y madura que no adolece ni busca la aprobación ni la palmadita.

Conclusión

Así que ya ven, el exhibicionismo, como casi todo, tiene más fondo que la mera apariencia para el que se conforma con leer una definición. Si cree que La rendición de Breda es solo un cuadro pintado por Velázquez, le aconsejaría firmemente que se acerque allí, al Museo del Prado, donde se «exhibe» y lo compruebe. A veces, escarbar un poco no produce solo agujetas.

Ahora que ya has leído a Valérie, te proponemos escarbar en «Miradas indiscretas» y «Tu postre», dos elegantes relatos cortos de Adriana Bertorelli: Relatos ero: Exhibicionismo.

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