Corre por ahí una sentencia que suele atribuirse a Ovidio, pero que en realidad es apócrifa, y que señala lo siguiente: «Ofrecer amistad al que pide amor es como dar pan al que se muere de sed». Supongo que, al autor de la cita, como a casi la totalidad de todos nosotros, un día le debieron decir, tras una inflamada propuesta de amor, aquello de: «No, pero podemos ser amigos…». Zasca impresionante donde los haya. Un «por ahí no pasas» o aquello de «vale, pero de follar nada».
Lo interesante de la observación es que «amor» y «amistad» son cosas, aparentemente, distintas, categorizaciones de afectos que, en teoría no son equivalentes y que o la una o la otra, pero no ambas a la vez. Sin entrar en sesudas reflexiones epistemológicas, podríamos decir que organizamos el mundo (para comprenderlo y gestionarlo) en categorías, olvidando muchas veces que esas categorías no son resultantes de la realidad, sino convenciones que nos permiten operar de alguna manera frente a los fenómenos que la misma realidad nos presenta.
Toda categorización tiende a fijar. Esa es su función: que eso sea eso y no otra cosa. Que el pan sea pan y el vino, vino, que lo primero sirva para comer y lo segundo para beber. Pero la realidad no opera siempre así: le gusta saltarse nuestros arbitrarios encasillamientos, le gusta brincar de un sitio a otro porque la realidad no es siempre idéntica a sí misma, sino que viene pergeñada de la diferencia.
Así, en la realidad, nos encontramos con una curiosa situación, los fenómenos tienen una ambivalencia: por un lado, son iguales a sí mismos («amistad» es igual a una serie de fenómenos que llamamos «amistad»), pero por otro lado están preñados de un equilibrio «metaestable» («amistad» tiene en sí misma la diferencia de la amistad en cuanto a que en cualquier momento puede devenir otra cosa). Y por si eso fuera poco, nos encontramos con una segunda problemática: somos unos analfabetos afectivos. Nos cuesta la misma vida entender y leer, más aún en su mutabilidad, los afectos que sentimos e irradiamos.
Follamigos: ¿la síntesis de dos afectos?
Pero, volviendo a nuestro asunto y afrontando el término «follamigo/a», ¿y si pudiéramos hacer del otro alguien que cumpla esas dos funciones, la de amistad y amante, aparentemente tan negadoras la una de la otra?
La solución sería perfecta. Sin duda con eso conseguiríamos una especie de monstruo híbrido con lo mejor de los dos mundos. La síntesis perfecta de dos afectos hasta entonces irreconciliables en un único sujeto. Encuentras una persona con la que tienes suficiente confianza como para que sea un cómplice, te escuche cuando quieres ser escuchada, pero a la vez puedes retozar con ella como si no hubiera un mañana sin por ello padecer los riesgos del amante ocasional y sin tener tampoco que enfangarte en lo farragoso, exigente y sostenido de mantener una relación sentimental en el tiempo.
El «follamigo» parece el crisol de la inescrutable alquimia sentimental. ¿Para qué tener que construir un hogar si puedes vivir en un hotel? Ante esto, la pregunta que nos hacemos es la siguiente: ¿es, de verdad viable esta figura? Y lo cierto es que la fórmula funciona, pero como sucede en El doctor Jekyll y míster Hyde, es una pócima, la que obra el milagro, extraordinariamente inestable, que hace que cuando el protagonista parece haberse convertido en lo deseado, al poco muta y se transforma en algo distinto. Una fórmula, en definitiva, incontrolable. Y no solo el mutante es la propia condición de «follamigo» sino que también lo hacen nuestras apetencias y aspiraciones. Así que si alguien cree haber encontrado tierra firme con esta figura en eso demoníaco del dominio de sus afectos, que revise sus zapatos.
La figura del «follamigo»: una «obsolescencia programada»
Esta caducidad de la «solución genial» se refleja en las estadísticas y se refleja, algo que me produce más confianza, en el día a día en la consulta de sexología.
En apenas un año la relación entre «follamigos» ya suele mutar. Algunos (una minoría, muy minoría) se convierten en pareja sentimental, otros dejan de follar, pero mantienen la amistad y la mayoría, en tan solo ese año, ya no sabe ni quiere saber nada del que fuera su sacrosanto «follamigo/a». Pero esta caducidad no es algo que descubramos ahora con grandes titulares a los que se establecen como «follamigos», es parte del atractivo de este tipo de relaciones que se suelen encontrar a medio camino entre el amante de una noche y la relación sostenida en el tiempo. Lo interesante del «follamigo» es quizá no que caduque, sino que tiene una «obsolescencia programada». Siempre han existido, y siempre hemos sabido quienes tirábamos de ellas, que la agenda de «follamigos» tenía que renovarse cada cierto tiempo porque teníamos la experiencia de que o bien el trajín de eso tan complejo como la interacción sexual entre humanos iba a ir disolviendo la amistad o bien la amistad iba a acabar convirtiéndose sexualmente en familiaridad (la «kriptonita» del deseo).
Conclusión
Así que, como figura afectiva, vale (para un rato) pero conviene no olvidar aquella chistosa y sabia recomendación de «a setas o a Rolex», porque lo que suele acabar sucediendo es que o bien te cuesta leer la hora en un níscalo o te acabas tragando un Rolex.
Y si prefieres explorar estas dinámicas desde un lugar menos teórico y más vivido, quizá puedas hacerlo a través de nuestros relatos eróticos.
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