Tarta de cereza – Relato erótico

Secuela de Feliz cumpleaños, pequeña mía, este relato BDSM contiene una de las mejores escenas de sexo anal que hayamos publicado. Disfruta.

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Relatos eróticos

Tarta de cereza

Tarragona. Cerca de la medianoche del 26 de abril de 2022

Grano a grano de arena, la vida se consumía entre salobre espuma, cantos de sirenas y una luna que se atusaba los cabellos. Si bien habría quien diría que ya no eran tiempos de poesía, la mujer jadeante que yacía boca abajo en la alfombra del salón, cuyas vistas daban a la playa, objetaría.

Alba agitó los diez largos y delgados dedos de las manos, propios de una pianista exenta de talento musical, y viró el rostro en la moqueta. El patrón de esta le estampilló la palidez, jugó con los rígidos pezones, los entretejió y le cosquilleó el atusado triángulo velloso del pubis. Su (buen) Señor había escrito enrojecidos versos en sus nalgas y ella los había recitado en resuellos, fiel a la «nalgueante» lírica. Acunada por la bélica paz consecutiva al orgasmo, gimió, claudicante; el metal del plug le asediaba el recto, oponiéndose al cerramiento, y el collar en torno a su cuello se escalfaba en el latir de la yugular. Lo que le quedaba de ropa, el liguero y las resquebrajadas medias, no servía en cuanto a ser ondeado como bandera blanca, al igual que los tacones no desempeñaban la función de astas.

Ducci[1]—llamó él; su voz cavernosa hizo eco en su caja torácica y le redobló en las costillas. Con la cabeza sembrada de mechones un tanto ondulados, menos renegridos que hacía un año, y asomada por encima de la marmórea isla que dividía la cocina del salón, la contempló: ella era la viva imagen de la inocencia perdida, la crisálida que había metamorfoseado en una mariposa con alas de concupiscencia—. Ven aquí —ordenó, salpimentado el habla con ese acento áspero y rico como el ristretto al recrearse en el paladar, que se deslizaba de sus labios y se le engarzaba en la barba. Aquellas lilas de Monet del fotomural al fondo de la estancia corrían el riesgo de ahogarse a causa del flujo que todavía fluía del sexo de Alba. La abstinencia quincenal había hecho mella en ella, cobrándole la cuenta, y tampoco a él le había supuesto un camino de rosas; sin embargo, siempre había disfrutado de las espinas.

La fémina apoyó las palmas en la alfombra y se afianzó en las rodillas. Así como un minino ronroneante y con la invisible cola en alza, avanzó sintiendo el empuje del juguete en su cavidad anal unido al chorreo del tortuoso deseo que se despeñaba del coño, y la oscilación de los pechos. Análoga a los hábitos de un micifuz, debería acicalarse la larga y despeinada melena impregnada del aroma de su transpiración y su perfume; ¿y qué decir del desleído maquillaje? Todo eso no importaba, no cuando su Señor había regresado antes del viaje de negocios con tal de estar presente para su treinta y dos cumpleaños.

El aludido, de espaldas a la isla central de mármol, esperó, cruzado de piernas, con las mangas de la camisa dobladas en los codos y dos botones abiertos que se refocilaban al ser emancipados de la atadura de la corbata.

—No tengo toda la noche —chinchó, cantarín, justo en el instante en el que Alba bordeaba el mueble esquinero. La bendita o maldita gravedad (según se mire) jalaba de los orondos senos, bamboleándolos, y sacudía las comestibles nalgas. Adelantó un pie y fue a reunirse con ella; la tomó por los antebrazos y la ayudó a levantarse—. Veamos… —dijo, observándola, y, por ende, su polla se removió en las ingles y se desperezó. Extendió el brazo, usurpó del cuenco una de las deshuesadas cerezas y se la dio a probar a continuación—. De momento, no parece que la edad te haya pasado factura —bromeó, sabedor de lo mucho que a Alba le preocupaban los efectos de esta, a pesar de sus escasas vueltas al sol. Desvió la mirada de los labios que formaban un puchero y la cernió en los senos de areolas y pezones sonrosados; prosiguió cuesta abajo, a la hondonada del abdomen que perecía en el perfilado pubis, revelador del verdadero color del pelo de ella, un castaño claro vetado de dorado, y no negro.

—Señor —protestó Alba en vano; ella temía al tiempo, él, en cambio, iba de su mano. Con la boca colmada del sabor a cereza, se mantuvo quieta y derecha, expuesta a sus ojos verdes como una botella de chardonnay que aguardara a ser celebrada. Las grandes y, en contrapunto para su albura, bronceadas manos le acariciaron los costados de los pechos y desfilaron a su cintura y, seguido, a sus caderas. El temblequeo que le carcomía las rótulas se resistía a abandonarla desde que se había iniciado, tras descolgar la llamada que notificaba su retorno, más de cuarenta y ocho horas atrás. ¿Absurdo? No para ella: le desbordaba las ganas en el vientre y le brotaba del coño.

—Que sea una tarta de cerezas —asintió el Señor, con una sonrisa repleta de dientes cabalgando las encías. Acarició con la zurda el caracoleado vello del pubis, fijando la diestra en la cadera de Alba. A lo dicho no había nada que replicar, él se encargaba de preparar el postre idóneo a modo de pastel de cumpleaños; el año pasado fue un tiramisú y este, una tarta de cerezas, rojas, jugosas, sabrosas…  Serpenteó los siniestros dedos en las dobleces, irrumpiendo con un par en el sexo, y desplazó la diestra por detrás de la rotunda cadera, la adhirió a su cuerpo y le capturó la boca en un beso que le deslió el resacoso jet lag.

—Sí, mi… —El resto de vocablos se fundieron al contacto con la masculina lengua, cargando contra sí, instándola a rendirse y brindarle pleitesía. Alba gimió, apretándose en torno a los dedos que escarbaban en su interior, y parapetó el busto a media altura del torso del Señor. Aun con los tacones, era más que patente la diferencia en alturas. Cerró los párpados desdibujados en rímel y sudor, y enroscó los dedos a los lados, queriendo, deseando tocarlo, aferrarse a la amplia espalda por la que los cartógrafos pelearían por plasmar el mapamundi; no obstante, se contuvo. El plug cimbreó en su recto como un animalillo acurrucándose en la madriguera y, por ello, el coño se le contrajo, excitado.

—Tchhh —chistó el Señor, conminándola al atronador silencio de las palabras y al estruendo de la acelerada respiración, seguido al interrumpido beso. Extrajo del interior de Alba los dedos, embadurnados de fluido y se atiborró la boca con ellos, degustando el deseo y las notas aciduladas de la previa corrida—. Quiero tu culo y lo quiero ahora —exigió como aquel niño malcriado que reclama un regalo más pese a la gran pila de ellos que se acumulan en el salón de casa una mañana de Navidad. Alto, ¿aquello no iba de cumpleaños? Cuando ella abrió los ojos y él se vio reflejado, la volteó y la aupó sobre la isla. El culo lució como un melocotón veraniego y los pliegues de la vulva brillaron de rocío.

Alba profirió un gritito que le royó las cuerdas vocales, y una tempestuosa nube oscura compuesta por sus cabellos le enteló la cara, encapotándole la visión al girar en lo aguzado de los tacones y acabar en la fría piedra. Con los pechos aplastados y los pezones taladrándola, gimió. Los pies gravitaron en el aire conforme el Señor la posicionaba a su antojo, con las nalgas en pompa y el sexo mancillando el mármol al babosearlo de su cristalina penuria. El juguete le danzó por la potente sucesión de espasmos en el suelo pélvico, delatando su grado de disposición.

—Quieta —advirtió el Señor, pasando los dorsos de las manos por las encendidas marcas que habían dejado sus dígitos en las pálidas nalgas de Alba, casi como ascuas en un manto nevado.  Bifurcó diestra y siniestra al encuentro del metálico tapón y acarició las inmediaciones. La polla se le revolvió, a semejanza de una alimaña enjaulada y de grandes fauces… Ni uno, ni dos ni tres: quince días con las correspondientes noches habían pasado, abocándolo a la hambruna; él, que movería las estrellas por ella. Se inclinó, timbrando con la sinhueso la arista del clítoris, paladeándole las dobleces, tanteándole la entrada, y reanudó la marcha por el perineo. Ejerció presión en los cachetes, los separó y le descorchó el estrecho hueco, entrampándolo con la lengua.

—Señor… —jadeó Alba, a merced de la sinhueso y con los ojos pirueteándole en las cuencas. La barba de él le hormigueó, le raspó, aumentando el placer, bombardeándole el cerebro de endorfinas. Lo irónico del asunto era lo mucho que había echado de menos la mezcla de afecto y ferocidad, en equilibrada dosis de sal y azúcar. Las uñas le patinaron en la piedra al curvarlas, al igual que la espalda, desobedeciendo a la orden pues la necesidad la urgía; lo hacía al ser destaponada del plug, desocupada, vilmente vaciada, o lo estuvo hasta que la lengua de él la ocupó, provocándole un profundo gemido.

—Estate quieta —tarascó el Señor, saboreando el exquisito umami; Alba, encumbrada en el altar de la isla de mármol, suponía un banquete para un hambriento, agua para un sediento, refugio para un desamparado… Y él ahondó con la sinhueso, aguantándola por los cachetes, hincándole los anulares.  A falta de lubricante y sobrado de ansías, sacó la lengua del dilatado agujero aun ceñido para su contorno. Propinó dos manotadas a las pompas, que en respuesta bailaron, gelatinosas. Se desabrochó el pantalón de raya diplomática; y, a propósito de diplomacia, lo único afín que cabía en él por entonces, era dicha raya. Condenó la abotonada camisa y jaló la pretina de la ropa interior, liberando el salvajismo de su polla, que brincó como un resorte—. Obedece —mascó, recolectando los jugos que rezumaban del sexo de ella, y se lubricó la verga. Empuñándola con la zurda, empleó la diestra para posicionar a Alba más abajo en la isla, de manera que los pies tocaron el suelo y, como virtuoso tirador, apuntó a la sonrosada diana.

Ella batalló con su instinto, castrando las ganas que le zarandeaban las caderas. Volvió la cabeza, dio con los labios en la marmórea superficie para acallarse y cerró los ojos. Con sus anhelos mojó la barba del Señor y el suelo, en el que estos tejieron un telar para abrigar la cama de su deseo. Dios y ella no se llevaban bien; tanto era así que ni siquiera lo creía, salvo… «Sí», salvo cuando su Señor se la follaba. Oh, en tales circunstancias era toda una creyente, una fiel devota que jamás pensó que se harían con su alma. Los lametones no sofocaron el ardor palpitante en el recto, que demandaba que lo llenaran y la desesperación amenazó con resquebrajarle los labios antes de notar la suavidad acampanada del glande.

—Vas a matarme… —prorrumpió, apretando las muelas; de ahí, iba a cascar nueces. Y no era un reproche, más bien una especie de cumplido. Pujó con tiento, ganando terreno en el enjuto pasaje y, a mitad de camino, agarró a Alba por una muñeca, la unió a la otra y se las ajustó en la zona lumbar—. ¿Es eso lo que pretendes? —susurró,  clavándose en el femenino culo, y apoyó la espalda de ella en su pecho; el bombeo de su corazón retumbó en los omóplatos de ella. Ladeó la testa, escondiendo el semblante en la fragrante melena, experimentando la cerrazón, la asfixia de las trémulas carnes.

La primigenia bocanada de aire ya implicaba estar muriendo; vivir también era empezar a morir y, por más rimbombante que lo escrito suene, no puede ser menos cierto; sobre todo, por el contradictorio placer/dolor promovido por la polla del Señor al sepultarse en su interior, batanándole hasta las meninges. Alba, de pie y sin saber cómo, gimió en respuesta. La Parca les soplaba en el cogote, ¿por igual? Perdió la cuenta de inhalaciones y exhalaciones, y relajó la musculatura, transigiendo a la revenada y cárnica plenitud, reforzada por los aterciopelados y colmados testículos.

—No lo pretendes, es justo lo que quieres —farfulló, ebrio de ella, y, lejos de acometer, permaneció inmóvil en la retención de Alba, que iba desgastándolo. Arropó la diestra de esta y la condujo a la sombra de los muslos hasta hallar el canto del clítoris—. Si hay que morir, que sea matando —urgió, ubicándole la otra sobre la isla; la estabilizó y se añadió a las caricias que, raudas, cosecharon frutos endulzando los pliegues de la vulva. Le separó las piernas y calibró la pelvis, tocando retirada; arqueó el cuello, eludiendo la protesta de las tensionadas cervicales, y atestiguó su unión. Traicionero, se detuvo arremetiendo de nuevo hasta lo insondable, dispuesto a extraer hasta la última pepita de oro y con ellas enfundarse los dientes.

—Señor, Señor, Señor… —balbuceó Alba, incongruente con las lágrimas que le prendían de las esquinas de los ojos y adelantándose a un mandato no pronunciado; hasta ese punto ambos estaban conectados. Aturdida, y arruinándose la manicura al rasguñar el mármol, jadeó, friccionando el henchido clítoris bajo el calor de la gran mano del Señor. El cuerpo hipersensible se fraguó ante el próximo orgasmo. Tildarse de caja de música quizás fuera un eufemismo que molestaría al silencio, pero el gorgojo que le manaba incontenible de la boca, el clap-clap de sus pechos contra su mismo torso, los afluentes de transpiración que le convergían en el ombligo y el acople de sus pasiones componían una lúbrica melodía.

—Ahora sí, estoy en casa —masculló el Señor, con la camisa a modo de segunda y calada piel transparentándose la oscuridad ensortijada del vello pectoral. Irguió a Alba, sosteniéndola por el cuello, sobre el collar, y mantuvo la mano ahuecando la de ella en su firme afán de dedicarse placer. Indómito, la martilleó, tornándose ella yunque, y él, regocijándose en el vehemente abrazo que le afilaba la verga con cada contracción vaginal que vibraba en el penetrado ano.

Alba babeó su nombre, a borbotones y sin bochorno; de alguna extraña forma, el Señor sacaba la esencia animal que, por costumbre, ella custodiaba en la jaula obrada en su costillar. Consciente de que la sal de sus lágrimas desecaría la costa de la playa que se veía desde las ventanas de la cocina, se aunó al cambio climático, concediendo que manaran. Intensificó las caricias en el clítoris y se desbocó entre los temblorosos muslos; el clímax la asaltó, despiadado, impío en cuanto a solicitar permiso.

Él trasladó la sujeción del cuello a media faz, cubriéndole parte de la boca, escurriéndose por sus dedos el escándalo propalado por los estriados labios de Alba. Alojado en lo abisal del recto, se enderezó y, comprimiendo la mano encima de la de ella, se dejó sacudir por su orgasmo: ilegal, mas, una vez cometido el delito, solo restaba impartir justicia, algo fuera de su alcance siendo abogado, aunque, en términos hogareños, siempre podía intercambiar la toga. Creando un nido en la ribera del delicado cuello, estranguló las palabras, las convirtió en un ronco alboroto y su polla latió, anunciando la llegada del lácteo torrente que se descargó ridiculizando a una tromba veraniega.

El dulce aroma de las cerezas y las semillas de vainilla para el chantilly combinaron con el olor salobre y terroso del sudor y los sexuales fluidos, asesinos de perfumes y ambientador…

Alba jadeó; esa simiente, precursora de un impúdico Edén, arraigó, llegó incluso a desbandarse en la unión de sus cuerpos al resbalar por los vacuos testículos, y le llovió en los pliegues. Cegada y consumida hasta los tuétanos, escuchó la tempestad huracanada en la masculina respiración, la cual, poco a poco, fue apaciguándose… La forzada y no por ello menos placentera postura se desbarató cuando el Señor la retornó al mármol, asegurándose de que no perdiera el equilibrio, y se retiró de su relleno interior.

—Feliz cumpleaños, ducci —resolló él, acogiéndose a la hora marcada por el reloj colgado de la pared: medianoche del 26 de abril.

Y, en alegoría a la próxima y cumpleañera tarta de cereza, allí estaba el femenino culo enrojecido como las descorazonadas cerezas y acompañado de la nívea y láctea chantilly, goteando de los interiores.

[1] (SIC) Dulce.