Las imágenes de ella se suceden. La expectación no cesa. Durante nueve días, una hora, 32 minutos y 15 segundos, una misión tripulada despega de la Tierra, orbita la Luna y regresa a la Tierra. En ella viaja Christina Koch, la primera mujer en orbitar la Luna. Christina, de 47 años, es norteamericana, posee varias licenciaturas en ingeniería y física y, además, naturalmente y con todo lo que ello comporta, es cosmonauta de la NASA. Su permanente sonrisa encarna la sonrisa de la humanidad que parecía que habíamos perdido ya para siempre.
«Chaika»: de obrera soviética a primera mujer en el espacio
A Valentina Tereshkova también se la solía fotografiar sonriendo. Pero su gesto era más duro, más tenso, más cargado de responsabilidad. Ella, a diferencia de Christina, no tenía estudios: era una obrera no cualificada en una fábrica textil y lo único que sabía del cielo provenía de su afición al paracaidismo. Su padre, un tractorista que había fallecido en la Segunda Guerra Mundial, en los campos de Finlandia siendo sargento de tanques cuando ella apenas contaba dos años de edad, fue decisivo en el destino de Valentina. El 16 de febrero de 1962, con 24 años, fue seleccionada (el carácter de héroe nacional del padre y su ascendencia proletaria influyeron) junto a otras cuatro compañeras para ingresar en el cuerpo femenino de cosmonautas de la Unión soviética. Los únicos requerimientos iniciales del medio millar de aspirantes habían sido no ser muy alta y pesar poco. A partir de ese momento, Valentina empezó un entrenamiento y una formación que, cuando menos, debió ser brutal. Pero la superó. Nombrada subteniente de las fuerzas aéreas soviéticas, apenas año y medio después (el 16 de junio de 1963), fue metida a presión y sellada la cápsula como única tripulante dentro del programa espacial Vostok (su misión fue la Vostok 6). Valentina, a la que apodaron «Chaika» («gaviota»), se iba a convertir, apenas dos años después de Gagarin, en la primera mujer en viajar al espacio.
Orbitó casi tres días alrededor de la Tierra, cuarenta y ocho órbitas en total. Entre insufribles jaquecas, náuseas y problemas cervicales, reprogramó, sin ser piloto, la trayectoria del Vostok 6 que se había desviado gravemente de su curso. Todo eso hace décadas. Con un ordenador de a bordo mil veces menos potente que el procesador de cualquier smartphone actual o sin tener siquiera un dispositivo de aterrizaje (la cosmonauta fue eyectada en paracaídas a unos diez mil metros de altura). Y todo eso bajo la mirada incriminadora de la comunidad internacional que consideraba una estupidez y una temeridad el que la URSS designara a una débil mujer para viajar al espacio. Críticas y hasta burlas que provenían especialmente, no podía ser de otro modo, de los democráticos EE.UU., tal vez porque ella sola iba a estar más del doble de tiempo en el espacio de lo que lo habían hecho todos los componentes varones del pionero «Mercury Seven» juntos. Tendrían que pasar casi veinte años más para que otra mujer volviera a contemplar el espacio. Cuando Chaika recogió su paracaídas tras poner los pies en las proximidades de Karagandá (Kazajistán), se había convertido en un ídolo y en un icono de la maquinaria propagandística soviética. Recibió todas las condecoraciones posibles (entre ellas, la de Héroe de la Unión Soviética y la Orden de Lenin), se licenció como ingeniera espacial seis años después y alcanzó el rango de coronel del ejército soviético y, honoríficamente, el de general de división. Su carrera política fue imparable hasta el desmoronamiento de la URSS, aunque después no cesó su actividad política.
El último sueño espacial de Valentina Tereshkova
Tereshkova tiene en la actualidad 85 años y es diputada de la Duma Estatal por Moscú, integrada en el partido «Rusia Unida». El 16 de junio de 2023 fue condecorada por enésima vez, con la recién instituida Orden de Gagarin. Fue el mismo Putin, líder de su partido, el que le prendió la medalla al pecho. En privado, Chaika le formuló un deseo: quería ir en una expedición rusa a Marte a sabiendas de que sería un viaje sin regreso. Ninguna gaviota ha volado nunca tan alto.
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