Sigo sin encontrar mejor análisis de lo que es un «gatillazo» que el relato que hace Ovidio en el poema VII del libro III de Amores. Es literariamente bello, emocionalmente sobrecogedor, y conceptualmente una auténtica filigrana de una riqueza asombrosa. Es tanta su potencia que, hasta en las traducciones menos agraciadas, sus aproximadamente 84 versos son una lección magistral de lo que se produce y de la interpretación de lo producido.
El desconcierto
Primero, está el desconcierto («¿Cómo puede pasar esto?»). Ovidio se explaya en lo inexplicable: «¿Y no es hermosa? ¿Y no es una amante bien ataviada y a menudo, pienso, buscada por mis ansias?» o «y ansiándola, igual que mi amante me ansiaba».
Después, para recalcar el desconcierto y por si el lector pudiera no creer en lo óptimo de las condiciones, describe a su amante como si de una diosa carnal de la concupiscencia se tratara. Pero no basta con eso, tiene que mostrarla además de hermosa, como una amante avezada que sabe lo que hace («y besos me estampó, en que ansiosamente luchaban las lenguas, y su lascivo muslo bajo mi muslo puso; y me dijo ternezas y me ha llamado su dueño, y además populares palabras, que aprovechan»).
Lo pone como el pico de una plancha, le dice aquello de «Dámelo, papito», y hasta le da a la coprolalia. A partir de ahí lo inexplicable, lo asombroso: pese a todo, la cosa no funciona: «Yací, tronco inerte, fantasma y fardo inservible, y sin concluir si era cuerpo o alguna sombra».
La explicación
Hay que encontrar una explicación al humillante fracaso, a la inconcebible reacción de ese estilete que soy yo, pero tiene una insultante autonomía propia («Tú a tu dueño engañaste»). Que si lo han envenenado («con helada cicuta»), que si lo han embrujado (con un «tesálico filtro»), que si le han echado un mal de ojo («¿o una hechicera grabó en rojiza cera mi nombre y delgadas agujas clavó en mitad de mi hígado?») … que si patatín que si patatán.
La culpa
El horror no hace más que incrementarse cuando, pese a la esforzada actuación de su querida con el miembro («Tampoco mi amante ha desdeñado agitarla suavemente con su acercada mano»), la cosa sigue sin arrancar.
Recuerda sus prodigiosas andanzas amatorias precedentes con otras amantes («Me acuerdo que Corina me exigió en noche muy corta que yo las veces de nueve resistiera»… como vemos, la exageración tampoco es un invento nuevo). Todo ello para que la insoportable angustia vea reforzada su desconcierto con el tradicional y prosaico «nunca me había pasado esto». Y desde la primera línea, la infinita culpa que supura de cada palabra que escribe.
La vergüenza
Finalmente, la humillación. La plasmación de la más aplastante vergüenza, el reproche de su amante («¿por qué me burlas? ¿Quién te mandaba, demente, que en mi cama tus miembros sin voluntad pusieras?») y un final apoteósico: el fingir, el que la dama dé por concluido el fracaso, levantándose y lavándose para que sus sirvientas no vieran que había resultado intacta del semen.
La deshonra
Ovidio ha vivido un cataclismo semejante al de los troyanos cuando perdieron Ilión. Y, si bien en ese apresurado resumen, le hemos dado una secuencialidad, Ovidio sabe relatarlo como sucediendo todo a la vez: desconcierto, culpa, explicación, vergüenza y deshonra están pasando simultáneamente. Una lección magistral. Extraordinaria concepción del apocalipsis; extraordinario considerar que lo sucedido es el apocalipsis.
El gatillazo: una caída del natural fluir del relato deseante
Lo único que a nuestra fecha ha cambiado, es que nadie sabe ya relatar como Ovidio. Eso, y que ahora las mujeres no es que tengamos también gatillazos (los hemos tenido siempre), sino que ahora no tenemos la imposición de fingir no tenerlos. El resto es lo mismo.
Entender el gatillazo como algo inexplicable, experimentarlo como una falta y como un agravio del que solo cabe ser castigado con la más honda de las culpas y generar (Ovidio no lo cuenta, pero así lo debió sentir) un miedo anticipativo que roza la superstición (Si me ha pasado una vez, ¿por qué no me va a volver a suceder siempre?). La misma presión hoy por rendir (por cornear con el asta firme), la misma angustia por no lograrlo.
Y esa presión no hace más que incrementarse en nuestros días, porque, si bien se mantiene la de ofrecer una performance propia de un atleta olímpico en materia sexual, la exigencia de rendimiento en todos los demás órdenes de acción de lo humano ha devenido un amo cruel, histérico y omnipresente. No extraña, por tanto, que entre nuestros chavales, la disfunción eréctil sea una dificultad cada vez más creciente que lleva al uso recreativo de la farmacología, al desconocimiento o a la más honda apatía. Como no extraña que se dispare en ellos la disipación (la imposibilidad de concentrarse en nada), los pensamientos intrusivos o la melancolía (hija del exceso de expectativa).
Dos son, como anunciamos, las causas comunes del gatillazo: el coito y la obligación de rendimiento dándole una importancia que no tiene.
Uno es el fenómeno: la suspensión del relato deseante (por más que el deseo pueda mantenerse).
Sin coito y sin obligación de mantener el mástil inhiesto hasta después de rendir las tropas, el gatillazo prácticamente desaparecería como dificultad sexual.
¿Qué hacer?
Por eso, en sexología, introducimos una herramienta de extraordinaria eficacia si el terapeuta la maneja con talento: la «focalización sensorial». Esta permite al sujeto entender de manera gradual que ni hay prisa ni obligación ni finalidad, además de ampliarle de manera significativa las posibilidades eróticas del juego de la interacción sexual.
Quedarían los gatillazos que tienen un origen orgánico, pero eso son una mínima parte, fácilmente detectables en su etiología y sencillamente tratables. La «suspensión» propia del gatillazo es, en la inmensa mayoría de casos, una caída del natural fluir del relato deseante, pero decíamos que este no es lo mismo que el deseo. El deseo puede estar (como en el caso que narra Ovidio) pero no tiene dónde sujetarse, pierde su apoyo, se desfonda. Se distrae, aplica demasiada presión sobre el gatillo por pensar demasiado lo que está haciendo.
El gatillazo es construir lo que se teme: el fracaso
¿Qué le pasó a Ovidio? Algo muy común. Algo que él no dice pero que muestra: que estaba más preocupado por lo que hacía que por hacerlo. Más ocupado en la narración del «fracaso» que en la del imaginario erótico. Su obsesión por fallar el tiro le indujo al inevitable fallo.
Hizo de su miedo la metáfora performativa de su propio miedo: construyó lo que temía. Algo extraordinariamente común y que nos sucede no solo en el exigente campo de las eróticas. Aunque, eso sí, gracias a la truncada faena de Ovidio, sabemos más de los seres humanos. Nunca un gatillazo escribió páginas más bellas.
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