Géminis (II): Reflejo – Relato lésbico

Hay veces que, cuando la excitación sexual llega a su punto álgido y por mucho que se disfrute de la sumisión, las órdenes dejan de acatarse. Aunque eso también es parte del juego.

NOTA: si te perdiste la primera parte, puedes leerla aquí.

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Relatos lésbicos

Géminis (II): Reflejo

Lo siguiente que noto es cómo tus dedos deshacen el nudo del pañuelo que cubre mis ojos y, tras unos parpadeos para recuperar mi visión, te descubro en la semioscuridad. ¿Sabes cuánto he esperado este momento? Y a pesar de ello, siento que es demasiado pronto. Quiero disfrutar más del juego porque cuanto más me alejo más te acercas tú y esto no puede terminar así de rápido. Sin embargo, por mucho que lo niegue, sí que conozco a Géminis y por eso me sorprende y, a la vez no, tu siguiente movimiento. En el fondo sabía que tenías un as bajo la manga: tu reflejo.

Cuando al fin puedo verte, no te tengo delante. Lo que hay enfrente es un enorme espejo que replica cada uno de tus movimientos desde el respaldo de la silla. Sigues bailando al ritmo de la canción que ahora se reproduce en bucle, el mismo en el que me encuentro yo desde hace unos segundos. Y no es que no me quiera mover, que no muera por tocarte, es que la imagen que me devuelve el espejo es demasiado poderosa y todavía no puedo reaccionar.

En algún momento, mientras solo veía oscuridad, has aprovechado para deshacerte de tu ropa. El look casual de tejano y camiseta básica se ha transformado en un conjunto negro de lencería. Aunque solo nos ilumina un haz rojo que me recuerda al neón de los clubes nocturnos, soy capaz de reconocer la textura de tu ropa interior. El polipiel se adhiere a tu cuerpo como si hubiera sido confeccionado solo para ti, y unas tachuelas brillantes enmarcan los bordes de ambas prendas. El sujetador encorseta tus senos y las bragas altas potencian tu pronunciada cintura.

Cuando al fin recuerdo dónde estoy, alargo la mano en un amago por atraerte hacia mí, pero la interceptas a medio camino.

—¿Cuáles eran las normas?

—No voy a ver, no me voy a mover, no me voy a correr. Como la primera ha prescrito pensaba que también las otras dos —murmuro en un ronroneo tratando de convencerte.

—Muy astuta —dices en mi oído entre risa y risa—. Las normas irán desapareciendo… en orden y a su debido tiempo.

Entonces te pones frente a mí y al fin puedo verte sin artificios de por medio. Pero el espejo me ofrece una panorámica de tu trasero que no quiero rechazar. Nunca había pensado que el blues daría para tanto, y lo cierto es que tu cuerpo no deja de contonearse con cada nueva nota. Mi cuerpo también responde a la música, a ti. La ropa, el traje con el que he ido a trabajar, se siente como si me retuviera, y noto la camisa blanca adherida a mi piel anhelante de contacto. Pero me mantengo aquí, inmóvil, porque sé que harás que la espera valga la pena.

—¿Puedo desnudarme?  ¿Va en contra de las normas? —pregunto con un atisbo de esperanza.

—No —lo gruñes contra mi boca acortando la distancia que nos separa y luego vuelves a tu posición.

A falta de alivio, me concentro en la imagen que me ofreces. Pienso en las clases de historia del arte que tuve en el instituto y recuerdo un concepto que me fascinó: escultura multifacética. Es así como se conoce a las obras escultóricas que pueden observarse desde cualquier ángulo y tú, ahora, pareces una de esas. Desde todas las perspectivas cualquiera podría darse cuenta de que fuiste cincelada a conciencia.

Te sueltas la coleta y una cascada de color obsidiana cae lacia hasta la mitad de tu espalda. Daría lo que fuera por tocar tu pelo, olerlo, sentirlo contra mi piel. No obstante, todo lo que obtengo es que cada vez te alejas de mí y te acercas al espejo. La frustración me recorre por dentro y, sin saberlo, alimenta todavía más mi deseo.

La enésima reproducción de Dirty Blues llega a su fin y aprovechas el fade out para rendirte. Te sientas a horcajadas en mis piernas y, a pesar de toda la tela que nos separa, noto lo caliente que estás. Tomas mis manos y las llevas a tus caderas para que sea yo quien te guíe ahora, como si quisieras darme todo el control que me habías arrebatado. La segunda norma acaba de caer.

Acompaño tus suaves embestidas sin poder evitar clavar las uñas en tus nalgas. Te voy atrayendo un poco más hacia mí con cada sacudida hasta que, al fin, te estás moviendo justo en el punto exacto. Al igual que si hubieras dado con las coordenadas precisas del lugar, profundizas. Tus movimientos son más lentos y se alargan todo lo que las caderas les permiten.

Echo la cabeza hacia atrás en un intento por aliviar, aunque sea un poco el ansia por dominar más que el ritmo de tu cuerpo y descubro algo en lo que no había reparado hasta ese preciso momento. Un segundo reflejo. Un espejo tan grande como la cama de matrimonio imita nuestros vaivenes desde el techo y el baile que danzan es tan hipnótico que, por más que trato, me resulta imposible dejar de mirar.

En pleno ensimismamiento me tomas de la barbilla y me obligas a mirarte. Encuentro ternura en tus ojos y cariño en tu expresión, pero cuando vuelvo a ver arriba tu reflejo grita anhelo, poder, brusquedad. Esa dualidad me recuerda cómo te has presentado, Géminis. Y pienso que tu signo no podría ser más acertado. De algún modo que no logro comprender, tu versión real y la del espejo son distintas, como si estimulándome externa e internamente hubiera dos personas diferentes.

Sigues jugando con mi cordura, y mis gemidos, que se escapan sin permiso, revelan que ya no puedo más. Aprieto los muslos para controlarme, pero llega el punto de no retorno. Ya no puedo echar marcha atrás y siento cómo la excitación se acumula, escala y se concentra entre mis piernas. Había leído alguna vez que se podía alcanzar el orgasmo con el mismo roce de los muslos, pero nunca lo creí. Hasta ahora, que el placer explota desde mi clítoris y se expande por mi cuerpo como si no le hubiera permitido hacerlo durante décadas. Por mucho que haya intentado ocultar la tensión y la posterior relajación de mis músculos, además del grito que se me ha escapado, tú también te has dado cuenta. Me miras con rostro indescifrable y me mantengo quieta y callada mientras mi corazón recupera su ritmo habitual con parsimonia.

—Te has saltado la tercera regla —dices seriamente. Ni siquiera entonces dejas de interpretar tu papel como Géminis—. Eso te va a costar un buen castigo.

Nunca antes «un buen castigo» ha sonado tan dulce como en tu boca y, aunque el pronóstico de lo que va a suceder a continuación no es el más favorable, la excitación renace.